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Armando Ojeda

Redactor de La Provincia./ Diario de Las Palmas. Periodista. Social Media. Comunicación.

Sobre este blog de Tecnología

Puntos de vista sobre el cacharrero digital, e incluso asuntos más serios en la red. Eventualmente.


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  • 07
    Noviembre
    2013

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    Un smartphone es mucho más que un smartphone

    Un producto es mucho más de lo que sale de fábrica. Lo saben hasta los detractores de la sociedad de consumo. Karl Marx, por ejemplo, fue de los primeros en atribuir a la mercancía un valor social.

    Pensadores contemporáneos como Slavoj Zizek defienden la vigencia de esta idea, en, por otra parte, un esfuerzo innecesario: legiones de expertos en marketing han dado lo mejor de sí en el último medio siglo para vendernos cosas que son mucho más que cosas.
    Artículos que posicionan a su propietario ante sus semejantes, que le dan lustre, brillo y esplendor. ¿A quién asociamos a un coche caro, a un chalet, a un rolex?
    La carga emotiva del producto, su valor simbólico, es algo inherente al desarrollo de las nuevas tecnologías. ¿A quién asociamos a una Blackberry, a un i-Phone, a una tableta de última generación? Pues eso... La ostentación de los nuevos cacharros conceden a ojos ajenos el rol de un profesional a la última, un ciudadano moderno, un usuario competente y capaz de sacar el partido adecuado a las herramientas más sofisticadas que jamás ha diseñado la especie humana para el consumo de masas. Nos presentan ante el mundo como individuos preparados, al tanto de las tendencias,  habilidosos en el entorno digital. Lo tecnológico viene a ser la nata de la segmentación de los públicos objetivos. Es algo que conocen las empresas, y que explotan a tope las marcas.
    En los últimos años contemplamos una suerte de democratización de la tecnología punta destinada al uso doméstico. Casi todo el mundo puede acceder a un teléfono inteligente. Luego, claro, hay grados: no es lo mismo un producto Apple que una exótica marca china. Pero la industria ha identificado rápidamente que la distribución a gran escala de ingenios como los smartphones o las tablets abren la puerta a suculentos flujos de ingresos presentes y futuros. Ser capaz de enviar un whatsapp no sólo otorga cierta distinción: se ha convertido en un protocolo imprescindible para cultivar amistades y contactos. Nos eleva a un estrato de ciudadano superior, del Siglo XXI. Ahí está el valor intrínseco de un súper Samsung, por ejemplo. No nos engañemos, porque el gran público no es capaz aún de sacar todo el partido posible de semejante despliegue de ingeniería y diseño.  La abuela resumiría que en todo esto lo que hay es mucha bobería. No le falta razón.

     

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