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Marisol Ayala

La periodista Marisol Ayala es una de las firmas m√°s reconocidas y seguidas de la actualidad de Canarias desde hace m√°s 30 a√Īos, 25 de ellos en La Provincia. Hace cuatro a√Īos se baj√≥ de la vor√°gine de la prensa diaria y dej√≥ el peri√≥dico La Provincia, rotativo al que le unen lazos sentimentales. Hoy...


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  • 26
    Mayo
    2015

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    Sociedad Las Palmas

    Castigar sin piedra ni palo

    Su padre emigró a Venezuela buscando un futuro mejor para su familia que le esperaba en Lanzarote. Le fue bien. De hecho envió dinero para que su mujer comprara la casa en la que vivía con sus dos hijas, unas adolescentes separadas por seis años. Estaban muy unidas y trataban de hacerle la vida lo más cómoda posible a la mujer del emigrante. La compra tranquilizó a la mamá porque ya tenían “un techo”; estaban amparadas. La mayor de las dos fue siempre una mujer interesada. La menor era todo lo contrario, corazón, generosidad y poco apego al dinero. “De dinero mi hermana entiende más que yo”. Pasaron los años y sin saber bien por qué un día la pequeña se interesó por la casa familiar, una vivienda terrera. Alguien quería comprarla y a la madre se le hacía grande. Fue entonces cuando llegó el primer gran disgusto de su vida. Supo que cuando su hermana realizó la compra la escrituró a su nombre ignorándolas a ella y a la madre. Hablaron y la explicación fue tan peregrina que como su madre ya estaba enferma y a ella la vida le había sonreído, lo saldó con un indignado “¡qué la disfrutes!” La madre jamás conoció lo ocurrido y ellas se distanciaron para siempre. Pasaron los años y la mala mujer vivió en la casa con sus hijos y su madre. Con el paso del tiempo la anciana desarrolló un alzhéimer y la avariciosa la cuidó hasta que se cansó. Utilizó esa convivencia para proclamarse su tutora. Con esa excusa dijo que ya estaba bien de cuidar a esa vieja desmemoriada y la internó en un centro. A nadie daba pistas de su paradero pero un día su hermana comenzó a dar pasos hasta saber de aquella madre coqueta a la que le gustaba que le hicieran la manicura, los vestidos e ir a misa. Cuando lo supo llegó al centro bebiéndose las lágrimas. “No puede entrar”, le dijeron. Rota de dolor, se encaró con el vigilante: “Es mi madre…” El dolor de ver a la mujer presumida que recordaba con una camiseta publicitaria, perdida, deambulando, la devastó. Le compró las mejores prendas, colonia y esmalte de uñas. A escondidas iba cada día. Vivió los últimos meses a su lado.
    Cuando murió la hija desarrolló un alzhéimer. La casa que robó ha servido para que sus hijos la cuiden. Hasta que se cansen.
    Y es que la vida castiga sin piedra ni palo.

     

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