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Marisol Ayala

La periodista Marisol Ayala es una de las firmas m√°s reconocidas y seguidas de la actualidad de Canarias desde hace m√°s 30 a√Īos, 25 de ellos en La Provincia. Hace cuatro a√Īos se baj√≥ de la vor√°gine de la prensa diaria y dej√≥ el peri√≥dico La Provincia, rotativo al que le unen lazos sentimentales. Hoy...


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  • 08
    Julio
    2017

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    Sociedad Las Palmas

    Conchita, la maestra de La Isleta.

    Ha dedicado 52 años a la docencia. Con 13 años impartía clases a niños pobres en La Puntilla, más tarde montó una escuela en su casa con 200 alumnos sin recursos y finalmente terminó Magisterio y acabo en la Educación Pública.

    Conchita Araña era tan niña que se subía a una silla para llegar a la pizarra, sus alumnos tenían más o menos su edad. “Nací para ser maestra. Es mi pasión”.

    Su primer sueldo alcanzó las 300 pesetas “un dineral con el que mantuve a mis 13 hermanos; que éramos muy pobres”

    Tiene ochenta y cuatro años de los que más de 50 los ha dedicado a la docencia. Sí, 52. Se llama Conchita Araña y es la menor de 13 hermanos. Se la conoce como “la maestra de la Isleta”. Desde 1998 es jubilada pero está como una flor. El lector se preguntará ¿52 años dando clase? imposible”. No, en Conchita todo es posible. Verán. Cuando tenía 12 o 13 años (las fotos avalan su palabras) la chiquilla morena, lista y dispuesta, comenzó a ayudar en la escuela de la que fue otra popular maestra de la Isleta, Mercedes Espinosa Cárdenes. Con los años, ante la posibilidad de que le prohibieran dar clase sin titulación, Conchita acabó Magisterio con cerca de 30 años. Hagan números. Entre ayudar a la escuela de su barrio, más los años que regentó en la casa de su hermana en la calle Alcorac y el añadido de lo que trabajó en el sistema educativo suman más de 50 años. “Eso, 52 años de maestra pero siempre legal”, comenta. Por su edad le encanta la prensa de papel; la digital, lo justo. “Es práctico, bonito, pero con eso no puedo hacer un cuadro con la entrevista que me estás haciendo ¿me comprende?”. Mucho.

    Pasó que un día cuando Conchita tenía poco más de diez años aparecieron en la escuela de Doña Mercedes unos religiosos de la Congregación Padres Palotinos, de origen italiano, dice ella, y al ver el desparpajo de la chiquilla se la llevaron a la Parroquia de San Pedro en La Puntilla para que diera clase “a niños pobres que no podían pagar un colegio, muy pobrecitos. Y asó empezó todo”. Ella estaba contenta porque esos religiosos decidieron pagarle un sueldo y eso, teniendo en cuenta que Conchita y uno de sus hermanos eran los que mantenían la casa por enfermedad de su padre, el primer mes le pagaron 60 pesetas, al mes siguiente 100 pesetas y el tercer mes, 300. En esos años, en los 40 y 50, eso era un dineral.

    Conchita, la maestra de La Isleta.

    “Ese día yo llegué a casa loca de contenta y le dije a mi madre “¡mamá, me han pagado tres sábanas!, que era como le decíamos a los billetes de 100 pesetas”. Su padre estaba tan enfermo que moriría cuando su hija tenía 14 años. Su madre tuvo entonces que salir a trabajar de manera que la situación económica de la familia mejoró.  Conchita tiene una hermana religiosa que en aquellos años decidió poner en su casa de La Isleta, en la calle Alcorac, una escuelita para enseñar a los niños del barrio. Unos pagaban, otros no. “Lo que podía, claro. Los que no podían, no pasaba nada”. Sería bueno recordar cómo fueron aquellos años de penuria en Las Palmas de Gran Canaria y especialmente en la zona del Puerto; cómo era La Puntilla y cómo era en general La Isleta para que hacernos una idea de la importancia del trabajo que realizaron, primero su hermana la religiosa y luego nuestra Conchita. “Mi hermana tenía muchos niños en la escuela, un par de docenas o así, pero le salió un trabajo de enfermera y tuvo que dejar el colegio así que para no cerrarla y dejar a los niños en la calle yo me hice cargo de todo. Tendría 16 años o así”. La “escuela de Conchita” tuvo tanta demanda que llegó a tener 200 alumnos, niños y niñas, que a pesar de la corta edad de Conchita le tenían mucho respeto. Conste que Conchita y su hermana, desbordadas, contrataron a dos o tres maestras para que les ayudaran en las clases “todas aseguradas, ponlo, ponlo”. Ella ganaba un buen sueldo pero no cotizaba. Aprovecha Conchita la ocasión para reclamar a quien corresponda que “al jubilarme hace 18 años me robaron un trienio. Yo trabajé 24 años para el Estado y estoy cobrando una pensión como si hubiera trabajado 21. Nunca lo he reclamado pero es hora de que me paguen por lo que trabajé y me robaron”.

    Siendo una adolescente Conchita daba clases en la parroquia pero no tenía ni estudios ni problemas administrativos para hacerlo hasta que pensó que debía prepararse para obtener la titulación que si bien hasta ese momento no se exigía, en un futuro no se sabía.  “La casa/escuela era grande y estábamos muy cómodos. Todo lleno de chiquillos. De esa ápoca hay una imagen que tengo grabada; verme subida en una silla para llegar a la pizarra y mirar abajo y ver la clade todo lleno de alumnos, niños como yo”.

    Enamorada de las Matemáticas. “Usted sabe que las matemáticas son atravesadas pues como a mí me gustaron siempre mis niños aprendían pronto”. Conchita es maestra desde que nació. Lo argumenta así: “Yo he nacido para dar clases. Cuando tenía siete añitos ya me ponía en el portal de casa y jugaba a la escuelita con mis amiguitos así que yo tuve claro lo que estudiaría para eso y así lo hice”.

    No hace falta decir que a Conchita, una jiribilla, sus alumnos la adoran. Hoy recibe en la calle detalles de cariño que relata emocionada.”Por ejemplo, hace poco paré un taxi y cuando el coche se acercaba a la acera para recogerme vino otro y le dijo “déjamela a mí que esa señora ha sido mi maestra”, argumentó el taxista. Y otra vez en el hospital le hicieron un scanner y cuando terminó la prueba un enfermero se puso a su lado y le cogió la mano: “Hola, Conchita. ¿No me conoces?”, le dijo que no y resultó que había sido alumno suyo. Esos son los mejores regalos de su vida, la buena siembra. “La verdad es que en la docencia he vivido años maravillosos, les he dado mucho cariño a mis niños pero ellos me lo han devuelto con creces. Si volviera a nacer haría exactamente lo mismo”.

    Los años fueron pasando y Conchita se “apuró” porque tenía miedo de que un día le exigieran una titulación y entonces comenzó a estudiar Magisterio por libre, estudiaba en casa y se examinaba por libre. Trabajaba y estudiaba a la vez. “Fue un esfuerzo grande pero valió la pena porque ya se estaban abriendo los colegios nacionales, las cosas en Educación se formalizaban y yo no quería quedarme atrás, no quería perder el colegio, ni estaba dispuesta a que los niños fueran los perjudicados”.  Viendo la situación un día se fue a un recién inaugurado al Colegio Galicia que estaba en la Nueva Isleta: “Nada, conté mi preocupación a la directora y me aconsejó que trasladara a todos los alumnos de la escuela familiar a su centro, casi 200. Y lo que es mejor, el Inspector de Zona me dio la plaza como maestra en ese centro y eso fue una gran alegría. Entonces era otra forma de dar clase, más cómoda, con medios. Yo lo que no quería es que mis alumnos, que eran de La Isleta, Puntilla, en fin desea zona, se fueran unos para acá otro para allá. Fue una gran alegría”.

    Cuando habla de los alumnos de hoy y los de ayer dice que sus niños, casi todos con importantes necesidades para salir adelante, eran un poco inquietos pero nada que ver con los de hoy”. Abre los ojos cuando comentamos la agresividad que sufre hoy buena parte del profesorado. “Eso no lo había visto jamás, bueno, siempre han habido niños más traviesos que otros pero levantarle la mano a un profesor, ¡nunca!. Yo no sé qué está pasando, no lo sé, pero es duro. No pensé en la vida ver noticias de un maestro agredido por alumnos aunque ya en los últimos años de mi vida como docente, cómo daba clase a niños de 15 o 16 años, se comenzaba a ver actitudes preocupantes por parte de los que le faltaban el respeto a los maestros. Pero los míos eran buenos”.

    “¿Qué de quien es la culpa?”, se pregunta, “de los padres y de los maestros, del niño, no. Mira, tu antes le decías a un alumno que ibas a llamar a sus padres y se quedaban así, así, como asustados, hoy se lo dices y les importa tres pepinos”. Su experiencia le autoriza para decir que en la docencia que ella vivió y de la que se retiró hace 18 años la clave está en estar unidos maestros, alumnos y familia. Y si eso no es así, las cosas no salen bien”.

    Dice la maestra de La Isleta que “si quieres que el niño te respete tienes que respetarlo y dar ejemplo. Por ejemplo, si a los alumnos les prohíben tener chicle en clase y luego aparece un profesor con uno en la boca ese profesor pierde autoridad. Los niños son muy listos y hacen lo que ven, nada más. Si a un niño le ordenas algo sin una base sólida tarde o temprano te quitará la razón”.

    “No quiero estar sola, me voy al asilo”.

    Un día de hace dos años nuestra Conchita se puso malita, “bueno, fue el corazón”, dice como si el corazón fuera cosa menor. “Y bueno, me operaron en la clínica Santa Catalina y quedé muy bien. El problema es que cuando me dieron el alta comencé a darme cuenta de que ya no podía vivir sola. Ya no me manejaba en mi casa de La Naval. Comencé a darle vueltas a la cabeza porque la paga de jubilado tampoco me daba para contratar a una señora que me acompañara. Le di vueltas a la cabeza y entonces decidí irme voluntariamente al asilo, bueno, al Hogar de los Desamparados, en Tafira. Hablé con las monjitas y les conté mi situación. Yo estaba sola. Tengo hermanos pero algunos han muerto y otros son mayores”. La admitieron en seguida. Ella paga una parte de su pensión. En el hogar verla cómo se maneja Conchita saludando a una y a otra, es ver a una mujer feliz. Y eso que me quise escapar de aquí, pero me cogieron. Adaptarme me costó mucho pero ahora ésta es mi casa donde el trato es maravilloso, todo, todo”.

    “Es más”, recuerda, “estoy enseñando a leer y escribir a una o dos compañeras que están ingresadas. Benditas sean estas monjitas·, comenta. Cada vez baja menos a su casa de Las Palmas y se plantea venderla. En eso está.

    La guinda del pastel de Conchita, cuyo corazón no le cabe en el pecho, es que ha “adoptado” a una amiga de la niñez que se quedó sola, sin familia, y está delicada de las piernas. Un día la maestra se enteró que a su amiguita de pequeña la habían ingresado en un centro que no reunía las mejores condiciones. “Movió cielo y tierra hasta que le dimos una plaza aquí. Con ella está, son como dos hermanas, viven, se cuidan, se acompañan y se proteger”.

    En un pasillo, mientras Conchita entra y sale, su amiga de la niñez comenta: “Por favor, ponga usted que no sé qué habría sido de mi sin ella. No sé…”

    Y se emociona.

     

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