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Marisol Ayala

La periodista Marisol Ayala es una de las firmas más reconocidas y seguidas de la actualidad de Canarias desde hace más 30 años, 25 de ellos en La Provincia. Hace cuatro años se bajó de la vorágine de la prensa diaria y dejó el periódico La Provincia, rotativo al que le unen lazos sentimentales. Hoy...


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  • 19
    Febrero
    2015

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    Sociedad Las Palmas

    Cosas que jamás se olvidan

    Ya era madre pero quería aumentar la familia. La parejita, claro. Ilusión lógica, embarazo sin complicaciones y todo preparado para recibir lo que tenía pinta de ser una niña. Pero llegó agosto, mes de fiestas en muchos pueblos de la Isla. Una madrugada se presentó el parto. Desconocía que su ginecólogo era un amante de esas fiestas, especialmente de las de su pueblo. Cada año, saliera el sol por donde saliera, allá acudía el hombre a vivirla con vocación. Quiso la mala suerte que el parto se complicara justo cuando el galeno estaba más divertido. La parturienta en Las Palmas y él en la fiesta. Trató de dirigir el parto desde la lejanía dictándole pautas a una enfermera pero algo falló, no hubo suerte. El bebé nació con tantos problemas que no sobrevivió. La madre tenía mil motivos para sentarlo en el banquillo pero decidió que con combatir su dolor tenía de sobra. Lloró su pena y echó a andar. La vida seguía su camino y a trompicones superó la dolorosa perdida. La familia la animó pero ella no tenía fuerzas para meterse en un enredo judicial. Una de las cosas que más le dolió fue la incapacidad del ginecólogo para asumir su error; ni una explicación, ni una excusa, nada. El dolor lo guardó en esa caja en la que guardamos las fotos que dañan, las notas que hieren, lo que nunca deseas recordar.
    Pero la vida es puñetera y un día la prensa se hizo eco de una noticia que no le era ajena. "Una mujer muere durante el parto". El nombre del médico le era conocido. Indagó y supo que alguien había vuelto a cometer un error. Otro. Esa vez el médico acabó sentado en el banquillo acusado de negligencia médica con resultado de muete. El juicio fue un espectáculo y mi amiga lo siguió con interés. Vio al ginecólogo, al que tanto le gustaban las fiestas, y se acercó. “Esto tenía que ocurrir un día”, le dijo. Acabó siendo uno de los primeros ginecólogos condenados de España. Seis años de cárcel. De pronto la rabia de tantos años saltó a borbotones y la mujer entendió que la vida le ponía en bandeja lo que ella no tuvo el coraje de hacer; pidió la sentencia, habló con una periodista y días después el diario de mayor tirada del país le dedicó honores de primera página.
    Había segado dos vidas y finalmente la justicia le apartó de la medicina. Ya podía acudir a todas las fiestas.

    A todas.

     

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