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Marisol Ayala

La periodista Marisol Ayala es una de las firmas más reconocidas y seguidas de la actualidad de Canarias desde hace más 30 años, 25 de ellos en La Provincia. Hace cuatro años se bajó de la vorágine de la prensa diaria y dejó el periódico La Provincia, rotativo al que le unen lazos sentimentales. Hoy...


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  • 11
    Febrero
    2014

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    El viejo comunista

    Cuando tropiezo con personajes como Adolfo Santana, histórico del Partido Comunista,  lo disfruto porque aprendo de su entusiasmo, de su nostalgia, de su desorden, de los mil detalles con los que quiere contar en cinco horas 85 años de vida. Siempre tengo la seguridad de que después de esa charla se producirán llamadas de Adolfo para facilitarme “otro detallito para que el reportaje…”. Hace unos meses me senté en su casa de Tafira para darle forma a un reportaje, “La memoria roja”, que se ajusta a su vida, a su militancia. “Tomás”, fue su nombre en la clandestinidad. Para él nada tiene más valor que la documentación del PC que guarda en papel, claro, porque la informática no tiene cabida en su vida.  Le conozco hace 20 años; nos hicimos amigos cuando lo entrevisté para un serial de La Provincia y ya me maravilló su capacidad para implicarte en sus relatos, su educación, su porte. Hace dos o tres años saltó de una carpeta destartalada aquel reportaje por el cual le conocí gracias al entonces director de este periódico, Diego Talavera.

    Desde entonces me propuse localizarlo pero pasó un día y otro y otro hasta aparcarle en mis recuerdos. Pero la vida es puñetera y con mi amigo “Tomás”, me tenía guardada una sorpresa. Un día mientras firmaba junto a Micky Ayala ejemplares de “La Secta del Kárate” alguien llegó con un ejemplar y musitó un “descuide, no tengo prisa, espero…”. Era él; lo recordé desde que reparé en sus gafas de pasta negra y la actitud protectora de siempre. Compró el libro y advirtió: “si me gusta, usted y yo hablaremos para que escriba otro con las historias que yo he vivido. Tengo papeles”, concluyó con aire  misterioso.

    Ese día le prometí que iría a su casa y el resultado de aquella conversación fue el reportaje del que les hablo. ¡Y tanto que tiene papeles! Miles. “Esto tiene un valor Adolfo”,  comenté mientras me abría paso en un mar de documentos. Deuda saldada con un ser admirable que dice orgulloso “yo y otros comunistas nos jugamos la vida en la clandestinidad”.  Ése es mi viejo amigo, el de ideales inalterables. Esta semana observé que tenía en mi poder documentos que no le había devuelto. Subí a verle. Toqué el timbre y nadie contestó.  Los dejé en su buzón. Me entristeció no haber podido mantener con Adolfo una de esas charlas en las que siempre disfruto y aprendo. Vendrán más días. Seguro.  

     

     

     

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