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Marisol Ayala

La periodista Marisol Ayala es una de las firmas más reconocidas y seguidas de la actualidad de Canarias desde hace más 30 años, 25 de ellos en La Provincia. Hace cuatro años se bajó de la vorágine de la prensa diaria y dejó el periódico La Provincia, rotativo al que le unen lazos sentimentales. Hoy...


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  • 16
    Junio
    2014

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    La alumna amante y el jefe militar

    Que el lector lo sepa: A partir de aquí, de la primera línea, me inventaré la historia que pienso escribir como si se tratara de un cuento salido de mi mente calenturienta; nada es real, es una fabulación, una ensoñación. Un invento. Si alguien cree que la historia le resulta conocida, que sepa que está en un error. O no. No existe, creo yo. Será casualidad.

    Pongamos que todo pasó en un emblemático edificio sanitario, uno de los más grandes de Canarias. Un edificio construido hace 40 años, en los años en los que la disciplina férrea, la ausencia de libertad y las amenazas eran el pan nuestro de cada día. Hablo, digo, de un centro sanitario cuya autoridad máxima la ostentaron durante años los militares, tan ordeno y mando ellos, tan incapaces ellos de bajar un escalón pero con capacidad y complejos suficientes para imponer al personal normas cuartelarías que incumplirlas suponía un expediente y a la calle.

    Sobra decir que la dura disciplina y las normativas sobre moralidad afectaban especialmente al personal femenino del centro; es decir, recato hasta el ridículo. No faldas cortas, no uñas pintadas, y botones cerrados hasta el mismo cuello. Todo el recato para el personal pero que los jefes bien que se pasaban el citado recato por el arco del triunfo. La máxima autoridad del edificio del que hablo, militar claro, era el encargado de amedrentar, despedir, gritar y vejar a los trabajadores exigiendo a voz en grito ese principio de orden y moralidad del que hablo. Rectitud ante todo. Con el tiempo el personaje que más disciplina imponía, ése del que no recuerdo su nombre, comenzó a cortejar a una estudiante en plantilla a la que engatusó –a ver quién era la guapa de la época que le decía “no” a semejante energúmeno- dándole un manojo de llaves de despachos, de zonas intransitables, de archivos, zonas prohibidas, etc., hasta hacerle sentir su mujer de confianza. Nunca mejor. Les separaba 40 años. Él un viejo, ella una jovencita.

    Continúa leyendo en el blog www.marisolayala.com

     

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