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Marisol Ayala

La periodista Marisol Ayala es una de las firmas más reconocidas y seguidas de la actualidad de Canarias desde hace más 30 años, 25 de ellos en La Provincia. Hace cuatro años se bajó de la vorágine de la prensa diaria y dejó el periódico La Provincia, rotativo al que le unen lazos sentimentales. Hoy...


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  • 21
    Octubre
    2014

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    La intolerancia no tiene límites

    Era un hombre chapado a la antigua, no especialmente crítico con Franco, amante de las botas altas, de los horarios rígidos, de los cinturones anchos y el tipo más feliz del mundo metido en su uniforme de policía local. Era lo que se conoce por un hombre de orden, bronco y autoritario pero le conocí y sé que también era buena persona. Hacía rondas por toda la ciudad. Un verano le tocó vigilar Las Canteras. Conocía todos los vericuetos de la ciudad y presumía de ello “si yo contara”, decía ufano. No tenía hijos y su mujer era su refugio. Trabajar y a casa. Pero la vida le guardada una sorpresa que le marcaría para siempre.

    Una tarde, cuando finalizada su turno, reparó en un niño de seis años que dormitaba en la puerta de un bar de la zona. Le cogió de la mano, preguntó por sus padres, por la persona que estaba a su cargo pero nadie respondió. Lo único que sacó en claro es que “lo trajo un señor y lo dejó donde usted lo ve”. Mi amigo, ya les dije que era bueno, habló con sus superiores y se lo llevó a casa hasta que aparecieran sus padres. Una noche, pensó. Cuando localizaron al padre habían pasado varios días y Menores ya estaba en un caso de manifiesto abandono, mientras el policía había expresado su intención de adoptarle. El papá reconoció que no podía atenderlo, ni él ni la madre del pequeño. Con los medios de comunicación posicionados al lado del policía el niño estrenó padres. Era el rey de la casa. Dulces y helados. Hubo brindis por el hijo que tanto habían anhelado y que ahora, sorpresivamente, tocaba en la puerta. De vez en cuando sabía de ellos pero nos distanciamos. Supe que mi amigo falleció y alguna vez pensé qué habría sido de aquél pequeño, ya un hombre. Hace unos meses me saludaron en las redes. Era él. Vive en Nueva York. Hablamos un rato. Tiene una foto de nosotros partiendo una tarta, me dijo. Ahora se llama Mónica. Habló con emoción de su madre, que sí vive. Ella entendió su opción sexual, mi amigo, no, y lo invitó a dejar la que había sido su hogar. Con 22 años y roto de dolor entregó el llavín y se fue. No ha vuelto jamás. Nadie le espera y esta ciudad le duele.

    La intolerancia destrozó sus vidas.

     

     

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