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Marisol Ayala

La periodista Marisol Ayala es una de las firmas más reconocidas y seguidas de la actualidad de Canarias desde hace más 30 años, 25 de ellos en La Provincia. Hace cuatro años se bajó de la vorágine de la prensa diaria y dejó el periódico La Provincia, rotativo al que le unen lazos sentimentales. Hoy...


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  • 23
    Enero
    2014

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    Martín Freire: aquel olor a miseria

    Un anónimo cuelga en la red una foto de lo que fue el poblado de chabolas de Martin Freire, en el Cono Sur de la ciudad de Las Palmas de G.C., al lado del Hospital Insular. La miro, la observo con detenimiento y de pronto la imagen adquiere vida en mi mente. Me llega el olor a chabolas porque las chabolas tienen el aroma que sale de un caldero al fuego, a lejía, tabaco, café, y miseria…escucho carreras, vecinos, llanto de niños y policía, mucha, mucha policía. Martín Freire fue un populoso poblado de chabolistas que llegó a tener medio centenar “censadas” más la población flotante, es decir, los que entraban y salían. La última chabola se derribó en el año 2002 pero la operación derribo se puso en marcha cinco años antes. En su máximo esplendor, finales de los ochenta, Martín Freire albergó historias de supervivencias que le daban la mano a las drogas con el pico más alto de consumo y muerte de las islas. No recuerdo un sitio igual en Gran Canaria.

    Martín Freire era una ciudad sin ley donde las peleas de perros, la prostitución, el tráfico y las reyertas bajaban y subían por sus caminos embarrados como su escenario natural. Y así diariamente. Las conocí bien porque en esas chabolas, como lo fueron las de Altavista, El Rincón, El Confital, la vida era un frenesí de jóvenes que la visitaron con tanta frecuencia que algún avispado llegó a colocar en las afueras, en la salida, furgonetas para la venta de bocadillos, agua, cerveza, refrescos…

    La imagen de las chabolas de Martín Freire me devuelve a una época de mi profesión cuando esas chabolas eran noticia una semana sí y otra también. Años duros. Unos años en los que quienes vivían en ese poblado lo hacían en dos muros cubiertos por planchas de cementos y maderas, donde las ratas, el sol, la lluvia y la miseria se abrían paso. En esas chabolas acabé haciendo amigos, algunos de los cuales “trabajaban” avisando al grito de “¡Agüita!” la presencia policial. El pago que recibían de sus jefes era la dosis diaria para seguir viviendo. Prisioneros eternos. Lástima que las hemerotecas hayan extraviado tantas imágenes y más lástima aún que mi desorden haya impedido guardar algunas de ellas pero ya no vale quejarse.

    Hay una imagen que tengo especialmente grabada.  En Martín Freire el tráfico de droga era el pan nuestro de cada día. Los “jefes” narcos enviaban a sus chicos a vender droga en determinados puntos de la ciudad, pero a las chabolas también iban a comprar jóvenes que se pasaban el día mendigando en los semáforos, ¿los recuerdan?, y, ésa es la imagen que recuerdo, ellos eran los que pagaban con monedas sueltas las dosis que se llevaban; llegué a ver en Martín Freire un bidón de gran tamaño lleno hasta la mitad de monedas sueltas, producto del menudeo, de la venta diaria. Por eso empecé este comentario hablando del recuerdo que me trae la vista aérea de los chabolistas, como a veces una imagen activa de recuerdos que tenías olvidados. Es el caso. En las redes los lectores recuerdan la picaresca que hubo en torno al chabolismo que había y mucha. Como la de una señora que cada vez que el gobierno le daba una vivienda ella lo vendía y volvía a su chabola, en total llegó a tener tres pisos en Las Palmas; un vecino de la zona relata como él tenía que acompañar a sus hijos hasta la puerta misma del colegio porque pasar por las inmediaciones de las chabolas a toda hora era un riesgo. Indignidad y marginación. Incluso alguien se presenta con un “yo fui el cartero de esas chabolas”. Hoy tiene 42 años y deduzco que es poseedor de una habilidad especial para localizar el destinario en unas casetas desvencijadas que dudo que tuvieran número o referencia en la fachada. Misterio. Se agolpan los recuerdos y entre ellos de pronto “veo” a tres chicos en un altillo; entraron en el mundo de la droga, se les abrió el supermercado de la heroína y allí acabaron combatiendo enfermedades que les condujeron a la muerte. El sida. Kiko, Rafa y Miguel. Los recuerdos bien; no tenían ni culo ni casi dientes pero les aseguro que cuando les conocí eran chicos guapos, altos, morenos, brazos delgados y pelo negro pero entraron en la mierda y ellos se convirtieron en eso. En mierda.

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