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Marisol Ayala

La periodista Marisol Ayala es una de las firmas más reconocidas y seguidas de la actualidad de Canarias desde hace más 30 años, 25 de ellos en La Provincia. Hace cuatro años se bajó de la vorágine de la prensa diaria y dejó el periódico La Provincia, rotativo al que le unen lazos sentimentales. Hoy...


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  • 25
    Marzo
    2014

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    Se hace tarde

    Se hace tarde. Para tantas cosas de la vida se hace tarde, se agota el tiempo y no nos percatamos de que la persona que espera por una decisión nuestra, la que sea, también se agota, se cansa, se harta. Estos días he vivido dos situaciones en las cuales, casualidades, cinco personas que se conocen entre sí han vivido los resultados de una decisión que era largamente abrigada y que, finalmente, se ha producido con resultado desigual. Alguien a quien sacaste de tu vida después de una larga espera de sentido común, aguardando una conversación que nunca se produjo, pide de nuevo atraque en la vida del amigo. Y mi amigo, que tiende a olvidar o a guardar en un baúl de siete llaves la parte menos grata de la gente que le rodea, ha decidido tirarlas al fondo del mar llave y el baúl. Se hizo tarde.

    Cuando una amistad sólida es capaz de tambalearse por alguien ajeno; cuando ofreces acercamiento y ese no se produce; cuando buscas vericuetos para acceder a la amistad que agoniza y en ningún caso la respuesta es la de la normalidad y sí, en cambio, la de la frialdad y el victimismo, la opción más coherente es no dejar que entre más. Es lo mejor porque cuando transcurre tanto tiempo sin hablar con quién has tenido una amistad intensa, sincera, de mucho cariño, poco hay que decir. Tiene incluso mi amigo temor de sentarte a su lado y regresar a una conversaciones deshilachadas o que salte algún reproche de escasa sinceridad. Se hizo tarde; de esa tardanza hablo.

    El otro caso del que me toca más los sentimientos se interna sin rubor en lo más intenso del ser humano: Una ruptura de pareja situó a los hijos en aceras distintas. Había dolor. Mucho dolor enmascarado porque ambos, los adultos, eran conscientes de que el daño mayor de su separación lo recibían ellos, los hijos. He vivido muy cerca ese dolor postulándome incluso para mediar en un conflicto que a medida que pasaba el tiempo dificultaba un final feliz, distanciando  todavía más a los afectos. Se hacía tarde. Pero de pronto, un día cercano, de manera natural, se produjo el encuentro soñado. La naturalidad y la sabiduría de la vida, y sin duda el cariño de ambos, lograron que el nudo de sentimientos que apelmazaba sus vidas desapareciera.

    Y volvieron a ser los niños que compartieron juegos, ruidos, risas.

     

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