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Marisol Ayala

La periodista Marisol Ayala es una de las firmas m√°s reconocidas y seguidas de la actualidad de Canarias desde hace m√°s 30 a√Īos, 25 de ellos en La Provincia. Hace cuatro a√Īos se baj√≥ de la vor√°gine de la prensa diaria y dej√≥ el peri√≥dico La Provincia, rotativo al que le unen lazos sentimentales. Hoy...


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  • 03
    Abril
    2015

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    Sociedad Las Palmas

    Tomy, el primer autista de Canarias.

    Tomy ya es grande. Está a punto de cumplir 43 años. Es tan grande en lo físico como su madre, Flory Díaz, en lo moral, en lo honesto, en lo tenaz. Mujer admirable que ha luchado lo indecible por sacarlo adelante y de quien nunca escucho un reproche, un cansancio, una mala cara, un mal gesto. Solo alguna susurra un “y ahora, a descansar un poco…” y se tiende. Apenas puede ya en lo físico con el Tomy corpulento y cariñoso que con uno de sus abrazos la tambalea. Una jabata a la que admira.
    A ver. Para que a Tomy le diagnosticaran su autismo Flory tuvo que viajar a Francia en el años 1974; en España los médicos sólo reconocían que tenía un comportamiento “extraño” por eso su madre recelosa de los centros de la ápoca en la España negra le edificó en casa un mundo tan feliz como disciplinado. Enseñanza, cuidados, besos y abrazos. El cielo.
    El chico tuvo desde entonces una vida llena de actividades propias de su estado que madre Flory ha llevado a rajatabla. Tomy es ya un hombretón feliz que tiene vocación de seguir siéndolo. En casa le han blindó de una sociedad que en los primeros años de vida lo quiso condenar a vivir en centros maltrechos, sin medios ni conocimientos, es decir, tratado como en la ápoca se trataba a estos enfermo incómodos, molestos. Como animales. Despreciados.
    La historia de Tomy es apasionante. Alguien debía escribirla un día porque es una lucha que esconde a la heroína que es mamá Flory a la que nadie ha podido vencer; conozco bien su actividad en el mundo que construyó para mantener su cabeza entretenida cuando Tomy, batallador hasta decir basta, decide descansar. Cuando el niño vino al mundo en 1972 ella era una mujer joven, llena de proyectos. Hoy es una señora jubilada con el agotamiento propio de la edad y las secuelas del esfuerzo físico y psíquico de tantos años. Tomy tocó inesperadamente en la puerta de su vida cuando estudiaba Filología Inglesa y el portal de su vida se abrió de par en par.

    Tomy, el primer autista de Canarias.

    Un matrimonio fugaz le dejó un único recuerdo grato, su bebé. La llegada de Tomy iba a dar un vuelco espectacular a su existencia. Le recuerdo que la historia arranca en los años setenta tiempo en los que España vivía en un atraso brutal. La joven estudiante llevaba al niño al instituto y entre clase y clase lo atendía. No se despegaban pero Flory pronto comenzó a observar en Tomy actitudes extrañas, raras. Por ejemplo cuando lo dejaba en la cuna el pequeño hacía gestos raros, como mirarse las manos durante largo rato o hacerlas girar una y mil veces. Tampoco sabía qué le hacía llorar ni qué le hacía reír. Cuenta que en su desconcierto por saber qué le ocurría llegó a pensar que era sordo, ciego o mudo porque no respondía a los ruidos, no se inmutaba; le llamaba y no contestaba. Flory entró entonces en una carrera de descartes médicos intentando averiguar qué le pasaba, pero no obtenía resultados. Le decían que era un niño saludable pero no era cierto; ella sabía que su niño tenía comportamientos que los galenos no percibían pero que una madre primero sospecha, luego confirma. Escasos errores. En una ocasión un sesudo psiquiatra isleño le sometió a un estudio que concluyó con un impreciso “éste niño puede tener algo…”, pero no pronunció diagnóstico alguno. Con esa angustia añadida alguien le recomendó un psiquiatra de Bilbao y allá fue con su niño en brazos. Tras estudiar someramente al pequeño el médico se sentó frente a la madre y sentenció: “Tú lo que tienes es un hijo loco: Eres una mujer joven. Ingrésalo en un centro y vive la vida”. Ella se enfadó tanto que no le pagó la consulta dio un portazo y desapareció. Precisamente en Bilbao alguien le habló a su vez de Ajulia Guerra, un psiquiatra vasco, exiliado en San Juan de Luz que por aquellos años gozaba de gran prestigio.
    “Cuénteme qué observa en el niño…”, la interrogó. A los pocos minutos le dijo que saliera a dar un paseo y le dejara con el bebé. La mujer no sabía que estaba a punto de escuchar por primera vez una palabra con la que viviría toda la vida. Autismo. “Bien, su hijo es autista y eso no se cura”, le informó sin rodeos. “Debe recibir educación especial; yo tengo un centro en Bruselas, si quiere lo deja allí se vuelve a Canarias y viene a verlo cada poco tiempo”. No sabía la clase de madre que era la mujer. “No pude…”, cuenta emocionada.
    Alguien le dio otro consejo propio de la época teniendo en cuenta la ausencia de información sobre cualquier enfermedad neurológica entre las que estaba el autismo: “Mételo en un colegio con chicos normales y no le digas a nadie que es autista; si lo dices lo expulsarán”. Dicho y hecho hasta que el comportamiento de Tomy puso de manifiesto que precisaba otro tipo de atenciones. De esa época tiene Flory recuerdos dolorosos y alegres; los primeros guardan relación con la indiferencia con la que su hijo la recibía hasta que un día se llevó la alegría de su vida: “Le dediqué los cariños que todas las madres le dedicamos a los hijos y de pronto Tomy llegó corriendo y me abrazó. Fue muy emocionante”.
    Por entonces la situación laboral de Flory era complicada y de no haber sido por su padre que le ayudó a cuidar al chico se le hubiera complicado más aún así que acabó buscando un centro especial para ingresarlo para que recibiera el aprendizaje adecuado. Le hablaron de uno que llevaban sacerdotes en La Palma y allí ingresó a Tomy mientras ella trabajaba en Gran Canaria. Viajaba cada fin de semana. En una de esas visitas Flory observó en el chico, ya un adolescente, huellas de maltrato. Investigó. Cómo sería que casi pierde parte de la cara al golpearse incontroladamente contra una grifería. Lo curas lo encerraban en una habitación y se olvidaban. Cuidados, cero.
    A partir de ese momento la vida de Tomy cambió radicalmente. Flory tomó una sabia y dura decisión. Decidió que todo lo que pagaba en centros de dudoso funcionamiento lo invertiría en contratar ayuda educativa en casa para que atendieran a su chico y tener la seguridad de que el mejor cuidado estaba garantizado. De eso hace ya casi 23 años de manera que ahora, Día Mundial del Autismo, parece de justicia recordar a mujeres anónimas y valientes que no mencionamos nunca pero existen, están ahí.
    Flory es una de ella.

     

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