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Marisol Ayala

La periodista Marisol Ayala es una de las firmas más reconocidas y seguidas de la actualidad de Canarias desde hace más 30 años, 25 de ellos en La Provincia. Hace cuatro años se bajó de la vorágine de la prensa diaria y dejó el periódico La Provincia, rotativo al que le unen lazos sentimentales. Hoy...


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  • 19
    Junio
    2016

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    Sociedad Las Palmas

    Venció al demonio

    No recuerdo su cara. Solo sé que era extremadamente delgado, pelo negro y su habitación un fumadero. Torso al aire, cadena con una calavera al cuello y una tonga de tabaco en la mesilla. Y la música de Pink Floyd. Sus padres tenían una tienda y en la parte trasera del comercio estaba su escondrijo. Un día supe que por fin había pedido ayuda para intentar reconducir su vida, inmersa desde hacía años en el pozo de la droga. Tenía pendientes delitos menores de trapicheo pero no hacía caso. Estaba escondido y se alimentaba de lo que le traían los colegas y su madre. Tendría 32 o 33 años pero parecía mayor. No debía ser mal tipo porque eran muchos los que de verdad lo querían. Un día no le dieron a elegir; ingresar en un centro y desalojar la casa dado que era uno de los puntos de trapicheo de la zona. Se resistió. Nunca lo vi de pie, siempre recostado en la cama.

    Por esos años mi trabajo me llevó a conocer bien un submundo donde tantos cayeron víctimas de las drogas y cerca a su vez de las asociaciones vecinales que trataban de ayudar a esos desgraciados. Por entonces conocí casos devastadores que pagaron los excesos con su vida. En más de una ocasión médicos voluntarios se acercaban a la casa para intentar convencerlo de iniciar un tratamiento. Un día aprovecharon su debilidad física, entraron y le pusieron las cosas más complicadas. Vivía en su laberinto, enfermo y débil. Un amigo abogado se sentó a su lado, le explicó que tenía pocas elecciones y que las peores eran la cárcel o el cementerio. Una ambulancia en la puerta, una camilla y un centro donde inició su rehabilitación; allí cuidó perros, gallinas y hasta hizo queso. Lo perdí de vista.

    Hace unos meses en la puerta de un cine un hombre con un niño a cada lado se acercó. Para mí era un desconocido. Fuerte y risueño me dijo “tengo un disco tuyo”, “¿mío?”, le dije sorprendida, “si, de Pink Floyd. Me lo llevaste a casa, pone tu nombre”. Era él. Otra persona.

    “Estos son mis niños”. No hablamos de los años negros. “Creía que habías muerto”, comenté. “Yo mismo me pregunto cómo sobreviví. Los que sí murieron fueron mis padres. No conocieron a sus nietos”. Y se le rayaron los ojos.

    Ellos llevaban muchos años muertos.

     

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