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M. Vallés

Matías Vallés (Corea, 1958). Licenciado en Ciencias Químicas, con Premio Extraordinario. Profesor de Química-Física en la Universitat. Se formó periodísticamente vendiendo diarios en semáforos –frente a la Catedral–. Pese a sus primeras crónicas de baloncesto en ‘Diario de Mallorca’ (1983), se le pe...

Sobre este blog de Nacional

Una cuenta atrás hacia las elecciones más importantes (y previsibles) de la democracia reciente.


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  • 03
    Agosto
    2012

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    Es más fácil rescatar a España que a Rajoy

    Rajoy no da los “buenos días” si no puede leer la frase en un papel, con tipografía apreciable. Su oratoria con báculo alienta el resquemor de que su discurso ha sido redactado en alguna de las instituciones que más menciona, el Banco Central Europeo y el Fondo Monetario Internacional. Se refiere a ellos con más frecuencia y veneración que a España, un Gurb alienígena tendría dificultades para averiguar el nombre del país presidido por el líder del PP. A falta de concretar la intervención económica, el rescate argumental ya se ha producido. El Gobierno no efectúa una sola declaración que no esté visada por la troika de los hombres de negro.


    Los expertos debaten encendidamente si Europa dispone del fuelle necesario para rescatar a España. Si al peso muerto del país en cuestión se le añade el lastre de su presidente del Gobierno, la salvación adquiere el rango de utópica. Es más fácil acometer el socorro íntegro español que empeñarse en el rescate de Rajoy. El gobernante en cuestión empeora la operación desde la abulia. No quiere demostrar que la situación es difícil y que su ejecutivo puede solventarla, sino que no pasa nada. Con el país en bancarrota, efectúa un recorrido por su labor que incluye el orgullo por un Plan Nacional de Turismo, donde hasta la denominación posee tintes franquistas.


    Rajoy no aclara si tendrá que leer “Guten Morgen” en vez de “buenos días” pero, ante la desesperante ausencia de ideas propias, descarga cada párrafo en “todo el mundo sabe” y “todo el mundo dice”. Así escamotea su responsabilidad, se esconde detrás de la humanidad entera para descargar sobre lomos ajenos la responsabilidad de su Gobierno en la zozobra de Europa. No despertó entusiasmo desde la humildad pretérita, y mucho menos desde el engreimiento actual. Le adorna la virtud de hablar de todo aquello que no interesa a los ciudadanos, desde una falta de empatía robótica o clasista según la inclinación del analista. Ningún gobernante occidental asociaría el padecimiento de “muchas familias y muchas empresas”, además de obviar a los trabajadores con prima de riesgo de paro.


    El gesto de estupor que esboza Rajoy –”qué necesidad tengo yo de hablarle a esta gente”– se contagia al espectador, convencido de hallarse ante un personaje que describiría un caballo a partir de un automóvil, con patas en vez de ruedas. De hecho, el presidente no entiende la mayoría de cosas que pretende estar explicando, como el cambio en los signos de los EREs. Resulta curioso que el gobernante más opaco de la democracia presuma de la ley de Transparencia. Máxime cuando la citada norma ni siquiera le obliga a explicar su agenda como presidente del Gobierno. Bromear con “la famosa prima de riesgo” refleja la ausencia de la realidad de quien está dispuesto a sacrificar la vida para que florezca un sarcasmo.


    “Buena parte de las cosas que pasan aquí dependen de las decisiones que se adoptan en otros sitios”. Y a partir del entreguismo, se echa a dormir. Se siente satisfecho por que “hoy no es posible atender las peticiones que hacen los ciudadanos”, lo cual elimina buena parte de su cometido profesional. Después del consejo de ministros se limita a ofrecer un popurrí de sus escasas intervenciones previas, olvidando de nuevo que no es un espectador de desastres ajenos, sino el foco de una hoguera que amenaza con la combustión planetaria. Hablar de “los problemas que tienen algunas economías, entre ellas la nuestra”, oscila entre la inconsciencia  y la pereza antropológica.


    Ha incumplido todas sus promesas electorales, con “medidas que no son populares”. En efecto, porque ninguna de ellas figuraban en el programa del PP. Rajoy se refugia ahora en que “no prometimos milagros”, cuando su sola presencia en?La Moncloa es probablemente el mayor prodigio obrado por la política contemporánea. Su despedida final –”el que pueda, feliz verano”– delata a un gobernante que dejó de tener gracia sin haber sido nunca gracioso.

     

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