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Blog De Grastronomía - Antonio Jesús  Gras

Antonio Jesús Gras

Cocinero y profesor de cocina. Antiguo pirata, con deseos de encontrar tiempo suficiente para poder escribir y leer todo lo que quisiera. Veneciano de adopción. Canario de orígen. Sueña con retirarse en la isla de El Hierro.

Sobre este blog de Gastronomía

Noticias, recetas, libros, acontecimientos, catas varias, vinos, comentarios personales sobre el bien y el mal de algunos aspectos de la gastronomía que me preocupan. Siempre desde un óptica muy mía. Sin pelos en la lengua.


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  • 23
    Julio
    2011

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    LLÁMALO SOUVLAKI

     

     

     

    Tiendo a confundir realidad con ficción, más cuando el tiempo ha pasado. Aunque sé que en aquellos días griegos no estaba presente aún Petros Márkaris ni en mi vida ni en mi biblioteca, si presentí la estampa del inspector Kostas Jaristós la noche que de la ciudad turca de Esmirna nos embarcamos hacia Atenas. Cosas que uno nota cuando la retsina y la mousaka se toman en un puerto del que habría disfrutado, sin querer dejarlo, hasta el mismísimo  Alexis Zorba, ese personaje bebedor, vividor y mágico que nos dejó un día el premio Nóbel Nikos Kazantzakis. A veces la juventud nos obliga a ser absolutamente clásicos para luego poder ir más allá.

    Jaristos llegó como llegan las visitas inesperadas. Para quedarse mucho tiempo. Para esperar que regresara cada vez que vuelven los libros de Márkaris a las librerías.

    Para poder pasear con él por las empinadas calles del barrio de Plaka, sentir en la boca los tomates rellenos que le ha preparado su mujer, Adrianí, que con el mismo juego Simenoniano, actúa de guía televisivo y alimenticio de su encriptado marido lector de diccionarios, sobre todo, del diccionario de Dimitrakos. Para maldecir por el trafico de la desordenada Atenas.

    Lo bueno de exponer realidad, como es la que expone Jaristos en sus casos, o en su día a día, es que podemos sentir muy cerca de su cotidianidad nuestra cotidianidad. Aquí nos han invadido de manera pausada los Doner kebab (carne rotando), cuando en realidad deberíamos seer más griegos y sentir que ese paquetito relleno de carne, verduras y otros aderezos, en un pan de pita o como si fuera una brocheta, sobre patatas fritas o arroz pilaf, deberíamos llamarlo Souvlaki, lo más cercano a la cocina basura que ha inventado la cocina mediterránea, y que el malhumorado inspector ateniense devora una y otra vez, con el consiguiente castigo de su colesterol que aumenta y aumenta, como una crisis que parece no tener fin, pese a los cantos de sirena huecos de nuestros dirigentes políticos.

    En “muerte en Estambul” aparece uno de los pequeños placeres que más me llamaron la atención en el puesto de Esmirna. Los vendedores de mejillones rellenos voceaban sus mercancías, y siempre he sido fácil de engatusar por la comida callejera. Sentado en uno de los bares del puertos probé esa deliciosa manera de preparar una paella al revés que me dejó asombrado no sólo durante el resto del viaje, sino que llega hasta hoy la admiración para aquél invento. De postre ese budín de pan servido con nata llamado ekmek kaday?f?, que también degusta Jaristos en su Atenas.

    Comidas similares para pueblos que por cercanías, por invasiones, por tránsitos, han intercalado sus más rancias culturas gastronómicas.

    ¿O acaso lo que aquí llamamos empanada no es una versión de la que allí llaman Tirópita? Aunque allí utilizan la pasta filo para rellenarla de queso feta, meta y orégano.

    “—Pero, bueno, ¿es que los turcos no se hartan nunca de comer? —pregunta Adrianí a la señora Murátoglu, sorprendida.
    —No lo crea. No comen mucho. Nosotros, los griegos, comemos el doble —suena a nuestras espaldas la voz del restaurador imbrio, a quien la señora Murátoglu nos presentó como Sotiris.
    —Pero ¿qué me está diciendo? —protesta Adrianí—. Vayas donde vayas, la mitad de los establecimientos son restaurantes.
    —Los turcos no son esclavos de la comida, son esclavos de los sabores, madam —la instruye el imbrio—. A los turcos les gusta rodearse de una decena de platos, para pasar horas enteras picando. Yo, la verdad, prefiero a los griegos.
    —¿Por qué? —quiero saber.
    —Porque son insaciables y, por lo tanto, más fáciles de satisfacer. Les echas una zapatilla asada sobre la mesa, quizás una musaka, y en menos de una hora han terminado y te dejan en paz. Con los turcos pasas horas yendo y viniendo con los platos y las bandejas.”

     

     

     

     

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