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Blog DESDE MI ESPACIO - Pedro Negrín Fernández

Pedro Negrín Fernández

Economista. Politólogo. Masón. Republicano. Socialista hasta la médula. Libre-pensador. Un poco Jacobino y muy buena gente. Tolerante y esctricto en lo conciernente a la invasión de la intimidad, ataques contra-natura, ecologismo,intolerancia, xenofobia,ultra-derecha y/o ultra-izquierda...Todo lo qu...

Sobre este blog de Sociedad

Este blog pretende contar, desde mi espacio vital (social, cultural,literario,político,analítico.etc), la realidad de los hechos que me hayan impactado en el día. Sólo eso.Que creo no es poco.


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  • 15
    Septiembre
    2011

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    Back to the future


     Creo que ayer leía una noticia que me puso un poco triste. Ya sé que muchos pensarán que eso no presenta mayor interés, ya que tal y como están las cosas, podríamos abrir los diarios casi por cualquier página para toparnos de bruces con un sinfín de párrafos que invitan a la tristeza, letras sedientas de lágrimas, que parecen escritas para llamar al drama.

    Pero aunque el menú de opciones por las que entristecerse sea más amplio que el de un buffet libre, mi noticia o lo que es lo mismo, ese instante de nostalgia que me sobrecogió al leerla- no era por algo muy grave o desastroso, sino por un nimio detalle: en breve los clásicos autobuses de dos pisos londinenses serán sucedidos por unos modelos futuristas. Ya sé, ya sé… muchos pensarán que con la que está cayendo reparar en algo así es una tremenda patochada. Y probablemente lo sea, aunque… realmente no sentí preocupación, quizá tampoco tristeza. Probablemente sólo fuera un breve ataque de nostalgia al comprobar cómo cambia uno de los populares iconos que personalmente asociaba tan singular paisaje. En cierto modo, las calles de Londres sin los clásicos buses rojos de dos pisos se me antojaron vacías; probablemente hasta que me acostumbre a los nuevos. Pero al pensar en algunas de las inspiradoras sensaciones que tuve al coger un bus rojo por vez primera y lo fácil que resultaría que desaparecieran del inconsciente colectivo o lo rápido que se adaptarán nuestras rutinas a lo nuevo; me sobrevino a la mente la inquietante imagen de las mil y una cosas que de modo habitual asociamos a otras, bien porque forman parte de nuestros recuerdos o bien de nuestra realidad cotidiana. Entonces, por unos instantes, intenté imaginar lo complicado que resulta a veces deshacerse de esas conexiones o simples connotaciones mentales.

    Intuyo que resultará más fácily probablemente los nuevos sean más sostenibles- llevar los simpáticos autobuses rojos al cementerio de los buses, es decir, al desguace, que mantenerlos circulando por la City. Allí al menos, una vez que pasa el crujido de la chatarra cuando queda reducida a un cubito de hojalata, no hay almas, rostros o semblantes a los que añorar. En cuestión de segundos, como mucho de minutos, todo habrá terminado. Limpio y fácil, como gustan las cosas actualmente: todo cómodo, sencillo, sin complicaciones. Quizá la idea de lo fácil que resulta hoy deshacernos de lo que nos sobra y reponerlo por algo nuevo, haya sido todo un símbolo de estatus, audacia y confort durante las últimas décadas. Pude constatarlo el otro día al ver un afilador por el barrio. Pensé que ya eran una especie en extinción, pues si preguntáramos por ahí, probablemente muchos nos dirían que han requerido poco sus servicios, cada vez menos; pues resulta infinitamente más barato comprar un cuchillo nuevo que afilar uno gastado. Imagino que son modas, o bien leyes de mercado, las que consiguen que el coste de lo nuevo sea tan bajo, que apenas compense reparar nada, pues el sentir popular es que “no merece la pena”. Esta premisa ha arrasado sin resquicios y calado en el horizonte de muchos- al comprobar que se cumplía en los más diversos ámbitos, desde un simple cuchillo a un televisor; del microondas al automóvil y del móvil al ordenador, etc. 

    Los precios de cosas que antes eran caras o consideradas valiosas y difíciles de reponer, por un lado bajaron considerablemente, mientras que por otro, el poder adquisitivo crecía. Todo este entramado ya un modo de sentir colectivo- operaba prácticamente sin cortocircuitar en la mente de muchos, pero… se terminó la bonanza y llegó la crisis. ¿Y qué ha sucedido? No voy a hacer de gurú de maceta y pensar que exactamente lo opuesto, pero una lectora el otro día me comentaba que “había vuelto a ver cola en el zapatero remendón”, quien inusitadamente- ve crecer la demanda de sus servicios, cuando hace ya años que tuvo que dedicarse simultáneamente al negocio de las llaves y otros menesteres apócrifos, a fin de no echar el cierre. La misma suerte corren las tiendas de arreglo de ropa y zurcidos: lo que antes se tiraba o se desechaba a veces incluso sin haberse llegado a estrenar, como si estuviéramos en una versión de Back to the future las cosas vuelven a repararse. Imagino que a medida que el poder adquisitivo de la población siga bajando, la gente se pensará dos veces si tirar algo o repararlo. E incluso hay quien se siente feliz de volver a sacarle a las cosas todo su provecho hasta el final y no tirarlas a medio uso, simplemente por capricho o cansancio.

    ¿Imaginan que sucediera lo mismo con las personas?


     

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