Blog 
DESDE MI ESPACIO
RSS - Blog de Pedro Negrín Fernández

El autor

Blog DESDE MI ESPACIO - Pedro Negrín Fernández

Pedro Negrín Fernández

Economista. Politólogo. Masón. Republicano. Socialista hasta la médula. Libre-pensador. Un poco Jacobino y muy buena gente. Tolerante y esctricto en lo conciernente a la invasión de la intimidad, ataques contra-natura, ecologismo,intolerancia, xenofobia,ultra-derecha y/o ultra-izquierda...Todo lo qu...

Sobre este blog de Sociedad

Este blog pretende contar, desde mi espacio vital (social, cultural,literario,político,analítico.etc), la realidad de los hechos que me hayan impactado en el día. Sólo eso.Que creo no es poco.


Archivo

  • 10
    Septiembre
    2011

    Comenta

    Comparte

    Twitea

    EL TRABAJO ES SALUD...DICEN.


    Dicen que el trabajo es salud. También dicen que el trabajo dignifica. Y lo cierto es que desde niños en el entorno flotan mil y una canciones que ensalzan las alabanzas del trabajo. No es de extrañar porque en gran parte es así; quiero decir que, tener trabajo, máxime en tiempos de escasez laboral -o lo que es lo mismo, de elevados índices de desempleo- es más que nunca un preciado bien. A la vez, resulta más fácil encontrar gente que se siente mal, personas que se sienten hasta indignos, por no tener trabajo.

    Eso provoca que el trabajo esté mucho más valorado, por ejemplo, que hace unos diez años. Quizá por ello resulte mucho más difícil que nunca intentar exponer, que ni siempre el trabajo es necesariamente sinónimo de salud, ni mucho menos, se puede afirmar que, en determinados casos, no sea algo nocivo. Sobre todo en aquellos supuestos en los que la dedicación al trabajo excede con mucho los límites, si es que la normalidad existe, de lo conocido como relativamente normal. La sociedad está programada para premiar al muy trabajador, aunque sea con un premio moral que, en la mayoría de ocasiones, jamás se traducirá en ningún rédito tangible o monetario, ni intangible siquiera. Entonces, ¿de dónde surge esa obligación eternamente perpetuada que, en ocasiones, conduce a escenarios que simplemente rozan pero que en otras trascienden con mucho- lo patológico?

    Intuyo que puede proceder de una responsabilidad mal entendida que, normalmente, tiene su origen en el núcleo familiar o en el entorno educativo. Al menos en nuestro país, aunque también ocurre en otras culturas como la japonesa, siempre han tenido una excelente consideración las personas muy trabajadoras. Esto ha provocado que en ocasiones se haya transmitido normalmente de padres a hijos, aunque también el origen puede ser otro- una noción mal entendida de elevada autoexigencia , que arroja a algunos individuos a entregar y consagrar, literalmente, su vida al trabajo. Que nadie piense que esta efímera reflexión es un elogio de la pereza: en absoluto. Tiene más bien un cierto sabor a resquemor que proviene de la facilidad con que es posible tropezarse con gente que devora horas, días, meses y hasta vidas; entre océanos de incertidumbre laboral en los que no hay inicio ni metas, fin ni cabo, valles ni mesetas. No hay nada: nada más allá que satisfacer diariamente esa nueva dosis en la que se ha convertido el hecho de trabajar.

    Al adentrarnos en ese peligroso terreno de las adicciones, para muchos sería bien fácil distinguir, localizar y/o describir algunas: por ejemplo, sería sencillo hallar quórum sobre la heroína o la cocaína. Tampoco sería complicado, pese a ser un hábito social legal y tolerado, detectar quien tiene un problema con la bebida. Igualmente existen comportamientos adictivos que desvelan problemas de fondo en muchos de los visitantes asiduos de las tragaperras, etc. Pero, ¿qué ocurre si aquello que nos desestabiliza personal y emocionalmente no es sólo algo legal, sino que encima está bien visto y es tan habitual como la comida o el trabajo? Entonces, concretar la frontera entre lo normal y lo patológico presenta una dificultad añadida que estriba en vencer una resistencia histórica; ya que, al pensar en actividades como el trabajo, reverberan ecos de normalidad entre rutinas cotidianas, mas ello no impide que puedan ser desorbitadas, como el caso de aquellos que confunden pulsión con compulsión.

    Cada vez más estudios afirman que un mayor número de horas en el centro de trabajo, no implica un mayor rendimiento. De hecho, el presentismo laboral castiga el esquema de eficiencia de algunos de los países donde la crisis muerde con más fiereza. Pero por mucho que algunos expertos opinan que ya se avecina un cambio de tendencia, que cada vez se trabaja más por objetivos y la conciliación familiar es ya una realidad; lo cierto es que las medidas destinadas a intentar racionalizar los horarios tardan en calar en la epidermis del tejido social y empresarial. Y si damos un paso más, para aquellos que sienten que son adictos al trabajo o que puntúan demasiado alto enel test DUWAS (Ducth Work Adicction Scale), puede resultar interesante leer el artículo “Psicothema” del pasado mes de febrero, en el que se resalta “el carácter patológico del comportamiento de esas personas que viven sólo por y para trabajar, ya que, el trabajo les destroza la vida, lo que disminuye tanto su salud como su felicidad”.

     

    Compartir en Twitter
    Compartir en Facebook