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Blog DESDE MI ESPACIO - Pedro Negrín Fernández

Pedro Negrín Fernández

Economista. Politólogo. Masón. Republicano. Socialista hasta la médula. Libre-pensador. Un poco Jacobino y muy buena gente. Tolerante y esctricto en lo conciernente a la invasión de la intimidad, ataques contra-natura, ecologismo,intolerancia, xenofobia,ultra-derecha y/o ultra-izquierda...Todo lo qu...

Sobre este blog de Sociedad

Este blog pretende contar, desde mi espacio vital (social, cultural,literario,político,analítico.etc), la realidad de los hechos que me hayan impactado en el día. Sólo eso.Que creo no es poco.


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  • 16
    Abril
    2013

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    Honor y Fuerza,sí. Escraches personales, no.

     

    Con mi afecto al amigo y hermano Aitor Igartua Perozans.

    Con esta frase animaban los generales romanos a sus ejércitos antes de comenzar la batalla. El tiempo, ese que nos hizo pertenecer a un presente seguro y bajo control, huye en medio del caos. O ya no existe porque estamos en manos de trileros sin alma. De testaferros narcotizados por un despotismo desprovisto de máscaras. Pareciera que las líneas rojas ya solo están para saltárselas. Como un juego perverso de quien se sabe ganador por decreto y le importa muy poco su descrédito. Se saltan por imperativo legal o ilegal y punto. Qué más da ya. El límite a los despropósitos diarios por parte del gobierno del PP no tiene límite. La sangría ciudadana rocía con su podredumbre trayectorias personales y profesionales inconcebibles hace años. El gobierno, sus ministros, sus camellos ideológicos, sus caraduras mediáticas más ostentosas no guardan ningún pudor al hablar de la crisis y sus respuestas. Al gestionar la inmisericorde ración diaria de recortes sociales y económicos. Quienes tienen el poder político actual han dejado de guiarse por el respeto a la ciudadanía. Más bien parece que jueguen y se diviertan siendo sus verdugos. Incluso hasta el ensañamiento. Han olvidado para qué y por qué fueron votados. Ya todo les da igual en este torbellino de mezquindades acumuladas día a día. Actúan guiados por un estado de ánimo que huye hacia delante. Y al lado queda el abismo del que ellos se saben protegidos. Saben que están jugando con fuego pero solo esperan el gran incendio. El que les salve de tanta trampa, estafa y perversión. Ese fuego que expía incluso los mayores pecados a la puerta del infierno.

    Los dirigentes del PP y sus vicarías autonómicas han entrado en un juego perverso. Saben, por imperativo legal o ilegal, vaya usted a saber, que deben forzar la historia al máximo, que deben tensionar y liquidar el estado social hasta un punto de no retorno. Nadie, todavía, sabe dónde está ese punto de inflexión en el cual el mundo se pone patas arriba y explota. Ellos y ellas, dirigentes del PP y marcas provinciales, ya no tienen vergüenza para ocultar sus intenciones. Tampoco para intentar convencernos de que es de noche cuando en realidad han bajado las persianas. Porque tienen barra libre amparados por un sistema policial y judicial absolutamente entrampado en la rigidez de la perversidad. Para los policías y algunos jueces, solo vale la razón de Estado. Una, grande y libre sostenida por la mentira obligada de la obediencia debida. Las instituciones, la clase política, la justicia, la democracia, el Senado, las Cortes, los parlamentos, todo ha dejado de tener credibilidad en un mar de corrupción, mentira, falsedad y, sobre todo, en un océano de irresponsabilidades y agravios comparativos. ¿Puede usted señor Rajoy sostener que todos los Bárcenas que infectan la vida política española, probados sus delitos, no estén en prisión; y mi vecino, obligado a robar en el súper de al lado para dar de comer a sus hijos, tenga sentencia firme de un año de cárcel? En esto se ha convertido la democracia española. En un sumidero infectado de falsas promesas de ciudadanía revestidas de sujetos de derecho. ¿Derecho a qué y para qué?

    Han convertido esta sociedad de desempleo, precariedad, hambre incipiente, desahucios, de los casi once millones de pobres, en una sociedad al borde de la bancarrota social.

    Ustedes, quienes hoy tienen responsabilidad de gobierno, han convertido esta sociedad, la del desempleo, la de la precariedad, del hambre incipiente, del desengaño, del dolor, de la ruina familiar, de la emigración galopante, de los desahucios inmisericordes, del sangrante desempleo juvenil, de los casi once millones de pobres, en una sociedad al borde de la bancarrota social. Dicen que no queda otra. Que se deben a Europa. Que es inevitable, que no hay salidas más allá de esta salvaje cuchillada a la vida de las gentes normales y corrientes. Que la inevitabilidad del mundo y sus procesos globalizadores es inapelable. Que esto, o la ruina. O como Chipre. No es verdad. Quienes nos gobiernan solo juegan a ocultar esta realidad. O, peor aún, a manipularla, a encubrir la ingente mancha de excrementos que ennegrece al malherido reino de España. Han descubierto que su cinismo es ilimitado. Y además rentable. Y pretenden que el diablo se ahogue en nuestras venas inflamadas de ira.

    Y, mientras tanto, la gente a pie de obra grita, se exalta, hace huelgas, sale a la calle, roba, trapichea para vivir, se inmola en el altar de la desesperación y sobrevive a costa de la generación anterior e incluso de la anterior a la anterior. No le queda otra. Nos preguntamos dónde está el límite para la revuelta infinita. Y no sabemos. Jugamos, o intentamos, a reventar la calle, esa que se toma por la izquierda. Pero la respuesta de la gente todavía es inmadura. El miedo, el miedo a perder lo que queda, funciona como un freno de mano ante la pálida movilización que nos reclama cada día en cada calle, en cada ciudad de la España en venta y reventa. En la España gobernada por esos vampiros que se nutren de las agonías ajenas.

    Y ellos se ríen, se ríen a carcajadas, como si nada ocurriera, como si esta batalla sangrienta, dolorosa y feroz no fuera con ellos, ni con quien desde los distintos medios de presión política, social, económica y mediática, les apoyan y refuerzan. Ellos flotan a 8.000 metros de altitud por encima de la realidad de la gente. Pero les da igual. Porque siguen protegidos por la ley y el poder pervertido de sus mayorías absolutas. Han perdido el juicio de la historia. Viven y gobiernan ajenos a ella. Y prefieren seguir acumulando tensión y poder. Eso les inmuniza porque han perdido el miedo a todo. Para eso cuentan con el sometimiento de las principales fuerzas que podrían ponerlos contra las cuerdas. Por eso siguen jugando al engaño constante, al póquer acumulativo, al desenfreno verbal y al insulto y humillación de sus gobernados. Se sienten seguros porque sus discursos gozan de buena salud en la Europa de los mercados y mercaderes de los nuevos cautivos del siglo XXI. Y parece que nada se puede hacer. O sí.

    Indudablemente hay casos, cientos, miles, sangrantes. Casos con cara, con nombre y apellidos que diariamente se ven acosados, se les aplica escraches personales y encima son denunciados y culpados. Han empezado a cobrar la libertad. Han empezado a multar la disidencia. El Gobierno estudia un IVA extraordinario por pronunciar la expresión “Sí se puede”. El kilo de palabras indóciles se penaliza ya a 1.500 euros, como si uno hubiese aparcado mal la boca, según las sanciones impuestas a quienes se manifestaron en Madrid cerca del domicilio de la vicepresidenta. No solo es injusto, sino que es una estupidez. “Parece que quieren cobrar a la ciudadanía el alto honor de haberlos elegido”, dice proféticamente Cuerda en uno de sus aforismos (del libro Si amaestras una cabra, llevas mucho adelantado). Otro que viene a cuento: “Pensamos por encima de nuestras posibilidades”. Al paso que vamos, llegará un tiempo en que te multen por eso: por pensar por encima de tus posibilidades. Los que se manifiestan pacíficamente frente a la violencia de los desahucios no solo ejercen un derecho sino también la primera de las obligaciones morales: rebelarse contra la injusticia. Ejercer lo que Orwell llamaba “la decencia cotidiana”. Es el oxígeno necesario para contrarrestar la atmósfera de estupidez institucionalizada. La penúltima (estupidez) de la que tengo noticia es la sentencia condenatoria de un amigo de izquierdas de toda la vida, que en defensa del desahucio de su vivienda se fue a solucionar, varias veces, el asunto con el director de la oficina bancaria que iba a proceder al mismo Liberbank-Caja  Cantabria en Ramales de la Victoria, pues el buen director, que compatibiliza su cargo bancario con la tenencia de alcaldía de Limpias, Cantabria, y concejal de urbanismo, ambas dos cosas. Pues este señor pone denuncia al compañero Aitor Igartua y es condenado por una figura extraña judicialmente en estos casos: vejaciones. Multa y arresto domiciliario por defender su casa y por, imagino que como a cualquiera, a la enésima vez de verse “toreado” por el banco y su director en esa defensa, le diría alguna palabra fuera de tono, explicable para el director que es político también y que cosas peores habrá oído que le han dicho e incluso puede ser que él mismo las haya dicho a sus “contrincantes” políticos.

    No sé explicar porqué la calle todavía no ha asaltado La Moncloa. Pero tampoco sé si lo hará ni cuándo. Ni las ultimas razones para encender la mecha que haga estallar la revuelta. Ellos deberían evitarlo. Para eso les pagamos. Y también nos roban por ello. Si no lo hacen, la batalla está lista para su comienzo. Honor y Fuerza.

     

     

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