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Carlos Campos Acero

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  • 02
    Noviembre
    2015

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    A vuela pluma. Internet y redes sociales: El fin de la intimida



     

    A vuela pluma. Internet y redes sociales: El fin de la intimida

     

     

    Hace nada menos que ciento veinticinco años, en 1890, dos profesores estadounidenses, Samuel Warren y Louis Brandeis, publicaron en la Harvard Law Review un artículo titulado "El derecho a la intimidad", en el que se decía lo siguiente: "Cada gramo de chismorreo indecente se convierte en simiente de otros, y, en proporción directa a su divulgación es causa del debilitamiento de los valores sociales y de la moralidad. Incluso un chisme aparentemente inicuo, divulgado amplia y persistentemente, es un mal en potencia: empequeñece y pervierte. Empequeñece al invertir la trascendencia relativa de las cosas, minimizando, así, los pensamientos y aspiraciones de la gente. Cuando el chisme referido a un persona alcanza el rango de letra impresa, ocupando el espacio disponible para los temas de verdadero interés para la comunidad, ¿cómo puede extrañarnos que los ignorantes y los inconscientes confundan su importancia relativa? La trivialidad destruye, al mismo tiempo, el vigor del pensamiento y la delicadeza del sentimiento. Bajo su influencia destructiva, no puede florecer el entusiasmo, ni sobrevivir el impulso generoso". La cita es de Plácido Fernández-Viagas, en su libro "Inquisidores 2.0", ya comentado por mí hace unos días en el blog.

     

    Cualquier usuario responsable de internet y las redes sociales seguro que se ve reflejado en el párrafo anterior. Aunque las usemos con entusiasmo y promiscuidad quiero suponer que somos conscientes de la enorme cantidad de morralla que circula y que difundimos, algunas veces a propósito y la mayoría por ignorancia supina, a través de ellas. 

     

    Pero hay peligros mucho mayores en la red que los de la difusión de chismes, teorías esotéricas y gilipolleces al por mayor. En un artículo escrito en El País en diciembre de 2013, titulado "La dialéctica de la digitalización", el profesor Fernando Vallespín,  catedrático de Ciencia Política en la Universidad Autónoma de Madrid, se atrevía a decir que hoy comenzamos a tener la sospecha de que mientras retozamos dichosos en el ciberespacio hemos entrado sin saberlo en una nueva jaula de hierro, bien vigilada y sujeta a un escrutinio anónimo, sin conocer todavía con exactitud la dimensión exacta de esta amenaza o quién se va a ver beneficiado por ella, y mucho menos sus consecuencias a largo plazo. 

     

    Alimentamos con regocijo la Red, continuaba diciendo, y otros toman buena nota de las preferencias que cándidamente les damos. La gran pregunta es si la liberación que promete Internet, añadía, puede acabar convertida en su contrario. Hoy hemos accedido, decía, a una “democracia de enjambre”, una “sumatoria privada de muchedumbres” reactivas, que se mueven a base de flujos de halago o descalificación, y que, como un seísmo, sacuden el espacio público llenándolo de ruido e impiden, la mayoría de las veces, una reflexión serena. Nos podrá gustar o no, seguía diciendo, pero está ahí para quedarse y comienza a reivindicar una nueva política todavía apenas visible. ¿Cuáles serán sus consecuencias; cómo puede afectar la nueva realidad virtual al despliegue de la democracia; facilitará el ejercicio de las virtudes cívicas o las subvertirá? Todo son preguntas, decía. Internet nos ofrece la posibilidad de invertir el panóptico foucaultiano, de ser nosotros quienes observamos y controlamos al poder, y no a la inversa. Esta es la premisa que hasta hace bien poco dábamos por supuesta.

     

    Por eso conviene, concluía diciendo, que abandonemos la situación de encantamiento y embeleso en que nos ha sumido la digitalización y tomemos conciencia de sus ambivalencias. Que, como bien dijeran Adorno y Horkheimer en su día respecto de la Ilustración, todo avance en el proceso de racionalización del mundo tiene también sus costes, genera su propia antítesis. Si reaccionamos rápido, añadía, puede que aún estemos a tiempo de evitar que este espacio de libertad se convierta en una nueva forma de dominación. En la peor de todas, además, porque es silenciosa, encubierta y, por tanto, imbatible. Un nuevo Mundo feliz con soma digitalizado.

     

    En julio de este año, Revista de Libros se hacía también eco de esta inquietud con un prolijo artículo de Manuel Arias Maldonado, profesor titular de Ciencia Política de la Universidad de Málaga, titulado "La cara oscura de internet"

     

    Mucho antes de que tuviéramos en nuestras manos el primer smartphone, decía al inicio del mismo, su existencia había sido ya conjurada por la literatura. En una novela futurista publicada en 1946, titulada "Heliópolis", el escritor alemán Ernst Jünger habla del Phonophor, un pequeño dispositivo que cada persona lleva en el bolsillo de su camisa –igual que en "Her", la película de Spike Jonze sobre el single transmoderno– mediante el cual es posible telefonear, hacer cálculos, votar en referendos, conocer la propia ubicación, trazar itinerarios, obtener el pronóstico meteorológico, consultar libros o manuscritos. Para un espíritu aristocrático como el de Jünger, una invención así sólo podía dar pábulo a una distopía social. Y no solamente por recelo hacia una extensa participación política ciudadana, sino también porque la posibilidad de la localización permanente se le aparecía, recién derrotado el totalitarismo nazi y victorioso el soviético, como una amenaza mortal para la privacidad individual.

     

    Setenta años después, continúa diciendo, en nuestras agitadas sociedades democráticas, llevamos alegremente nuestros phonophoros a todas partes, sin limitarnos a ofrecer datos sobre el lugar en que nos encontramos: dejamos una huella indeleble de nuestras actividades y preferencias. Hasta hace poco veníamos haciéndolo sin plena conciencia, como si la vida digital estuviese separada de la vida analógica por alguna misteriosa membrana de aislamiento. Pero el descubrimiento de que la Agencia de Seguridad Nacional estadounidense venía realizando un espionaje masivo del tráfico digital, con la colaboración de unas grandes empresas tecnológicas que con ello dejaban de ser cómplices del ciudadano para convertirse en cómplices del sistema, supuso el fin de la inocencia: la red ha dejado de ser un juguete y exhibe abiertamente por vez primera su irremediable ambivalencia. Se ha producido así un cambio en el estado de ánimo colectivo que Michael Saler ha sintetizado con acierto: "Como debutante ante el público general en los años noventa, Internet fue saludado como un genuino paraíso de conocimiento colectivo, comunicación global y libre empresa. Hoy, sin embargo, es en la misma medida denunciado como un chispeante infierno de vigilancia estatal, manipulación corporativa y actividad criminal".

     

    El artículo del profesor Arias Maldonado es una reseña crítica de las más recientes publicaciones académicas en todo el mundo sobre este aspecto negativo para la intimidad y la libertad de las personas y los ciudadanos en que se han convertido internet y las redes sociales. En ese sentido, dice al final del mismo, la sola existencia de obras como las reseñadas sirve para tratar de conjurar los peligros que está trayendo consigo el rápido crecimiento de la Red. A medida que conocemos en toda su magnitud los desafíos de la digitalización, el debate público sobre la misma se hace más rico y sofisticado. De alguna manera, esta toma de conciencia corresponde a una maduración social progresiva, a una ganancia en reflexividad que ilustra la medida en que, hasta ahora, habíamos permanecido en la fase lúdica de la digitalización: una familiarización mediante el juego, la experimentación, el error. ¿Podría entenderse de otra manera que la prensa, por poner un ejemplo, ofreciera inicialmente todos sus contenidos gratis en la Red, poniendo así gravemente en peligro su futura viabilidad comercial? No obstante, como razonan Tobias Hürter y Thomas Vašek, no parece razonable renunciar a una de las más poderosas invenciones humanas sólo porque hayamos descubierto que su potencia no carece de riesgos. Puede que Internet haya nacido ayer, pero la humanidad no: conservemos la calma e iluminemos en lo posible el lado oscuro de nuestro progreso técnico sin renunciar a sus frutos.

     

    Les recomiendo su lectura. Estoy seguro que después de hacerlo mirarán con otros ojos la aparente inocuidad de cuanto dejamos ver de nosotros mismos, y de lo que vemos de los demás, y que cada vez que encendamos nuestro PC lo haremos conscientes de lo que nos estamos jugando: no solo el desvelar nuestra intimidad; también, probablemente, dejar nuestra libertad en manos de otros.

     

    Y ahora, como decía Sócrates, "Ιωμεν", nos vamos. Sean felices, por favor, a pesar de todo. Tamaragua, amigos. HArendt

     

     

     

    A vuela pluma. Internet y redes sociales: El fin de la intimida

     

     

     

    Entrada núm. 2494

    elblogdeharendt@gmail.com

    La verdad es una fruta que conviene cogerse muy madura (Voltaire)

     

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