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Carlos Campos Acero

Maestro de nada y aprendiz de casi todo

Sobre este blog de Nacional

Un blog optimista algo chamuscado por la insoslayable realidad


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  • 12
    Septiembre
    2013

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    Cinco años hablando de crisis, y la casa sin barrer...

     

     

     

     

    Max Weber

     

     

     

     

    Hace cinco años justos el Congreso de los Estados Unidos le dijo no al Plan Bush para refinanciar, con dinero público, a las entidades de crédito en estado terminal... El capitalismo ya no es lo que era; y los capitalistas, menos aún... Cuando en 1903 el sociólogo alemán Max Weber (1864-1920) publicó su monumental obra "La ética protestante y el espíritu del capitalismo" (Alianza, Madrid, 2006), los capitalistas eran de otra ralea: eran gentes duras, éticamente formadas, poco dadas al sentimentalismo, pero que asumían las responsabilidades de sus hechos sin pestañear. Si sus empresas se hundían, ellos se hundían con ellas; como los capitanes antiguos con sus barcos... Hoy, no. Hoy, cuando su mala gestión hunde sus empresas, se marchan tranquilos con indemnizaciones millonarias pactadas y aseguradas de antemano, dejan el embolado a los accionistas después de poner en la calle a la mayor parte de sus empleados, y esperan, tranquilos, que el Estado, ese Estado del que ellos reniegan y se mofan, les saque las castañas del fuego con el dinero de todos...

     

    Ignoro si los huesos de Max Weber se estarán removiendo en su tumba. Espero que no. Pero estoy seguro de que renegaría de esa caterva de indeseables que han dejado el sistema financiero occidental hechos unos zorros... Como decía la escritora Almudena Grandes en un artículo de por aquellas fechas: "Desnudos" (El País, 29/09/08), nuestros jóvenes neo-liberales se quedaron en pelota picada y con sus vergüenzas colgando al viento, como el emperador del cuento, y deberían haber pagado la vajilla destrozada con sus dineros. ¿Qué quieren que les diga?, ¿qué me alegré?... Pues va a ser que no, pero casi desearía decirles que sí... Al final, unos días después, una amplia mayoría del Senado y de la Cámara de Representantes aprobó la inyección de 700.000 millones de dólares (de dinero público) para reflotar el sistema financiero norteamericano.

     

    Hace ya bastantes años asistí a una reunión de representantes sindicales con un alto ejecutivo de la banca española. Recuerdo que explicó con una curiosa metáfora como funcionaba el sistema bursatil mundial. La Bolsa, decía, y todo el sistema económico y financiero en general, funciona en base a algo tan "sutil" como la confianza. Imaginen, nos contaba, que les ofrecen una caja, cerrada, que contiene lo que, según los expertos, son los mejores vinos del mundo. Y todo ello, por "x" euros, o dólares, o la moneda que ustedes quieran. Es seguro, que en base a la "confianza" que despiertan esos vinos, siempre habrá alguien interesado en pagarle a usted "x" más "n" euros o dólares por la caja. Y que conforme la caja aumente de valor por las sucesivas ventas, seguirá habiendo algún otro comprador dispuesto a ofrecer "x" más "n" más "y" euros o dólares por ella... Así, hasta que la compre alguien que decida abrirla y bebérsela sin ponerla a la venta, y descubra que los vinos que estaban dentro de la caja eran unos vulgares tintorros... El negocio de los vinos (de calidad) se hundirá irremisiblemente... Y todo, por que, un borrachín con dinero prefirió beberse la caja de vinos antes que seguir negociando y ganando dinero con su compra-venta sucesiva...

     

    También por aquellos días el profesor Gabriel Tortellá, catedrático emérito de Historia Económica de la Universidad de Alcálá, en un artículo titulado "Crisis, ciclos e historia" (El País, 25/09/08) que todo este asunto de la crisis económica y financiera que aquejaba al mundo occidental le sonaba a historia "deja vu", que estas tremendas fluctuaciones económicas se repiten cíclicamente, y que con un poco más de "memoria histórica" por parte de los responables financieros, económicos y políticos, situaciones críticas como las que estamos viviendo se podían prever, paliar, e incluso, evitar...

     

    En similar sentido, el también ex profesor de la Universidad Libre de Berlín, Ignacio Sotelo, en "Una crisis anunciada" (El País, 03/09/08), señalaba que todos sabíamos que antes o después llegaría esta crisis, anunciada por economistas ilustres, causada por una desregularización generalizada, que las crisis de los noventa en Asia y América Latina ya pusieron de relieve, y que como no se percibía una alternativa al sistema de producción existente, su desplome se consideraría una catástrofe que habría que impedir a cualquier precio, aunque todos los indicios apuntaban, concluye, a que esta crisis podría conducir al fin de la supremacía económica norteamericana.

     

    Y los de siempre, como siempre, a verlas venir y capear el temporal como podamos... Cinco años hablando de crisis, los responsables de rositas, y la casa sin barrer...

     

    Sean felices, por favor. Y como decía Sócrates: "Ιωμεν", vámonos. Tamaragua, amigos. HArendt

     
     

     

     

     

     

    http://www.elpais.com/recorte/20080929elpepivin_2/XLCO/Ges/20080929elpepivin_2.jpg

    Romeu (El País, 29/09/08)

     

     

     

     

     

    "¡Desnudos!", por Almudena Grandes

    El País, 29/09/08

     

    Ahora, mientras los apóstoles del libre mercado descubren la importancia de un Estado fuerte, capaz de intervenir para proteger su economía nacional, cuando Sarkozy pretende refundar el capitalismo y escucho por doquier que nunca nada volverá a ser como antes, evoco una historia muy antigua. Charlie Dickens era un niño, pero su padre le habló como a un adulto ante la puerta de la cárcel a la que sus deudas le habían llevado. La diferencia entre un hombre feliz y uno desgraciado, le dijo, es que, si ambos ganan diez libras, el primero gasta nueve, y el segundo gasta once.

     

    La economía mundial entra en una etapa distinta y todo a nuestro alrededor es nuevo, desconocido. Eso dicen los expertos y, sin embargo, las noticias de hoy mismo son tan viejas que apenas parecen noticias. ¿A alguien le sorprende que Gallardón se endeudara de tal manera con la M-30 que haya tenido que paralizar las obras que tenía previstas? ¿Nos sorprende que la burbuja inmobiliaria haya explotado, que la gente a la que los bancos concedieron hipotecas que representaban un 70% de sus ingresos no pueda pagarlas, que la desaforada especulación que hizo circular una inmensa cantidad de dinero teórico, virtual, inexistente, no haya podido soportar la constatación de que, en la realidad de los billetes impresos, nunca existió tanto dinero? ¿O es que acaso las crisis especulativas de los ricos no las ha pagado siempre el hambre de los pobres?

     

     

    Para entender eso, no hace falta ningún máster en economía, y eso es lo único verdaderamente nuevo de esta situación. Los magos de las finanzas, los millonarios de 20 años, los grandes gurús de la posmodernidad, a los que nos han enseñado a reverenciar, a admirar, a adorar desde nuestra ignorancia, están hoy tan desnudos como el emperador del cuento de Andersen. Ya va siendo hora de empezar a decirlo. 

     

     

     

     

    http://www.elpais.com/recorte/20080924elpepivin_2/XLCO/Ges/20080924elpepivin_2.jpg

    Romeu (El País, 24/09/08)

     

     

     

     

    "Una crisis anunciada", por Ignacio Sotelo

    El País, 03/09/08

     

    Sabíamos que antes o después llegaría la crisis, pero, como la muerte, nos pilla siempre de improviso. Keynes ya puso en tela de juicio que el mercado por sí pueda conseguir el equilibrio entre oferta y demanda, tal como a principios del siglo XIX había defendido J. B. Say. El fin del laisser faire se vio corroborado por la crisis de los treinta, experiencia que acabada la II Guerra Mundial dominó la política económica en un largo período de crecimiento y pleno empleo hasta que en 1973 la guerra árabe-israelí cuadriplicó el precio del petróleo. La conjunción de recesión, inflación y desempleo significó el fin del keynesianismo y la inauguración de una nueva época, que bien cabría poner bajo la advocación de Milton Friedman.

     

    Se volvió a creer a machamartillo en el mercado, limitando al máximo, no ya la intervención del Estado para recuperar un equilibrio siempre precario, sino que se renunció incluso a la regulación estatal que la mundialización hacía por lo demás impracticable. Justo ahora que la crisis financiera ha puesto punto final a toda una época, importa dejar constancia del enorme crecimiento de estos últimos 30 años, alcanzado gracias a una economía desregularizada y globalizada, pero también el alto precio que han pagado los países más pobres y menos competitivos, así como amplios sectores sociales de los países piloto, con salarios reales en descenso que han visto tambalearse su principal baluarte, el Estado social.

     

    Economistas ilustres y asociaciones progresistas anunciaron a bombo y platillo los peligros que se ciernen con una desregularización generalizada, que las crisis de los noventa en Asia y América Latina ya pusieron de relieve. Pero, mientras que en una actividad se obtengan pingües beneficios, nadie bien colocado está dispuesto a retirarse a causa de los riesgos. Ningún pronóstico se toma en consideración, por bien fundamentado que esté, si se opone a los intereses de los poderosos. Se desecha toda teoría económica que los ponga en entredicho, por lo menos hasta que la crisis haya adquirido tal tamaño que no quepa ignorarla por más tiempo.

     

    Sabemos que acaba una época, pero nadie está en condiciones de vaticinar los nuevos rasgos de la que está empezando. Cada crisis presenta caracteres propios y conlleva consecuencias distintas de las que tuvieron las anteriores. Sirve de poco subrayar coincidencias con la de los años treinta, aunque aquella también empezase en Estados Unidos, arrastrando consigo a la economía mundial. La principal diferencia que hemos de tener muy en cuenta es que al estallar aquélla existía un modelo alternativo, el comunismo soviético, y en Europa la opinión estaba dividida entre los que creían que el capitalismo había llegado a su fin y los que estaban dispuestos a defenderlo, aunque para ello fuese imprescindible demoler el Estado democrático.

     

    Si la crisis de los treinta polarizó la lucha social entre comunismo y fascismo, después del fracaso rotundo del socialismo real, pocos se atreven hoy a vincular la crisis con el capitalismo, ni mucho menos a prever su pronta desaparición. Los mismos que postularon que el mercado se bastaba a sí mismo son los encargados ahora de poner en marcha políticas estatales, es decir, a cargo del erario, volviendo al viejo principio, consustancial con el sistema, de que las ganancias son privilegio de unos pocos, pero las pérdidas hay que cargarlas sobre las espaldas de todos.

     

    Como no se percibe alternativa al sistema de producción existente, su desplome se considera una catástrofe que habría que impedir a cualquier precio. Cierto que el capitalismo se distingue por una enorme capacidad de producir riqueza, pero también por depredar el planeta y, sobre todo, por una desigualdad creciente que desmantela las estructuras sociales establecidas. El mundo que resulte traerá consigo vencedores y vencidos, pero no cambios sustanciales en el modo de producir y sobre todo de repartir la riqueza. En todo caso, la peor secuela de la crisis de los treinta, la II Guerra Mundial, estuvo en el origen de la hegemonía mundial de EE UU. Tal vez sea prematuro identificar la crisis actual con el fin de la supremacía estadounidense, pero son muchos los indicios en esta dirección.

     

    Tampoco es verosímil que la actual crisis financiera sirva para que nos movilicemos a tiempo ante otras amenazas a la vista, como una nueva catástrofe en una central nuclear, o un enfrentamiento bélico con armas atómicas, debido a la proliferación creciente de estas armas, cuando el único remedio, por utópico que parezca, es la desnuclearización de las grandes potencias atómicas. Thomas Hobbes ya advirtió de que se prohibirían los libros de geometría, para el filósofo el único saber seguro, modelo de todos los demás, si sus proposiciones resultasen contrarias a los intereses de los potentados. 

     

     

     

     

     

     

    http://www.elpais.com/recorte/20080927elpepivin_4/XLCO/Ges/20080927elpepivin_4.jpg

    El Roto (El País, 27/09/08)

     

     

     

     

    "Crisis, ciclos e historia", por Gabriel Tortellá

    El País, 25/09/08

     

    Para una persona con unos cuantos años encima y alguna lectura de Historia, la presente crisis tiene algo de monótono, de repetitivo, de déjà vu. Las crisis y los ciclos son, su nombre lo indica, recurrentes: aparecen periódicamente, cada cierto número de años.

     

    Hay muchas teorías de por qué la economía crece de manera cíclica y no de manera continua; es decir, por qué, aunque la tendencia sea creciente, se producen altibajos periódicos.

     

    Yo voy a proponer aquí una variante de las que se llaman "teorías psicológicas del ciclo". Yo afirmo que las fluctuaciones económicas se deben a que la gente no sabe Historia; se trata de una variante del conocido aforismo de George Santayana, no por manido menos atinado: "Los que no recuerdan el pasado están condenados a repetirlo".

     

    La mayor parte de los seres humanos se comporta como si el presente fuera a durar indefinidamente: más técnicamente, extrapolan el presente hacia el futuro. Las decisiones económicas se toman como si el futuro fuera a ser una simple continuación del presente, lo cual implica pensar que la economía va a evolucionar de manera continua y no cíclica. Y esto es, precisamente, lo que causa los ciclos: que no se cree que vayan a tener lugar. En economía a menudo las expectativas se cumplen por sí mismas. Pero en otros casos, como en éste, se produce el efecto contrario: las expectativas, a la larga, se tornan contra sí mismas. La razón es sencilla, y la historia está llena de ejemplos: si las acciones suben en Bolsa, los ahorradores suponen que las subidas van a continuar, y compran; las compras hacen subir las cotizaciones, por lo que las expectativas se cumplen y aumentan los ahorradores deseosos de comprar. Las cotizaciones siguen subiendo; pero llega un momento en que los dividendos resultan insignificantes ante el precio de las acciones: los ahorradores dejan de comprar y las cotizaciones caen. Los accionistas suponen que van a seguir cayendo, y venden, lo cual hace que, en efecto, sigan cayendo. Ya tenemos aquí un ciclo económico. Este ejemplo simplificadísimo se puede dar igualmente en el mercado inmobiliario, en el de las materias primas y hasta en el de las flores (es famosa la burbuja de los tulipanes en la Holanda del XVII). El fenómeno se viene dando desde tiempo inmemorial; ya en años bíblicos, el casto José interpretó el sueño de las vacas gordas y las vacas flacas del faraón como una premonición del inminente ciclo económico.

     

    Resulta sorprendente, sin embargo, que personas que, si no la Biblia, sí debieran al menos conocer la historia reciente, se sorprendan ante la llegada de una nueva crisis. Cierto es que éstas cada vez revisten una forma algo diferente de la anterior; pero en esencia el mecanismo es siempre el mismo. Sin embargo, los agentes económicos, incluso los especialistas, incurren una vez tras otra en la ilusión de creer que por fin se ha dado con la fórmula mágica del crecimiento continuo. Así ocurrió hace ocho años con la crisis de las empresas tecnológicas (las famosas puntocom), hace 16 con el Sistema Monetario Europeo (que se pensó que era algo milagroso que garantizaba la estabilidad de las equivalencias monetarias aunque divergieran los niveles de inflación), etcétera.

     

    Pero la gran pregunta es: ¿cuánto va a durar esta crisis? ¿Dice algo la Historia sobre eso? Lo único claro es que puede durar 10 años, como duró la "crisis del petróleo" de mediados de los setenta a mediados de los ochenta, o la "Gran Depresión" de los años treinta, o la crisis japonesa de los noventa. Cierto es que las más recientes que antes cité duraron menos, unos dos o tres años. Pero esta crisis lleva visos de ser duradera a nivel internacional porque existen graves incertidumbres acerca de los precios relativos de productos tan importantes como el petróleo y los alimentos, porque esta larga década precedente de bajos tipos de interés ha estimulado inversiones en sectores cuya viabilidad está ahora en entredicho y porque, tras las recientes catástrofes bolsísticas, llevará mucho tiempo reconstruir un sistema internacional de crédito, hoy en ruinas.

     

    En contra de las afirmaciones optimistas de algunos políticos (cada vez menos), la perspectiva para España no puede ser halagüeña, en gran parte porque, incomprensiblemente, el Gobierno del partido socialista no ha sido consecuente con los diagnósticos que sus más distinguidos economistas habían hecho cuando estaban en la oposición, afirmando que el crecimiento económico basado en la construcción inmobiliaria estaba abocado tarde o temprano a una crisis como la que hoy padecemos. Y, sin embargo, una vez en el poder, muy poco se hizo para prevenir una crisis lúcidamente anunciada: ni frenar el gasto para aumentar el superávit en tiempos de bonanza, ni reformar las estructuras distributivas para mejorar la competitividad y moderar los precios, ni modernizar los centros de enseñanza superior e investigación para librarnos de la dependencia tecnológica y mejorar la productividad. El casto José fue más previsor.

     

    Si queremos una recomendación eficaz para paliar futuras crisis, aquí va una: estudiar más Historia. Tiene mucho que enseñarnos.

     

     

     

     

    Mariano Rajoy

     

     

     

     

     

     

    Entrada núm. 1967

    Reelaboración de entradas publicadas con fecha 30/9/2008 y 4/10/2008

    elblogdeharentd@gmail.com

     

    http://harendt.blogspot.com

    Pues tanto como saber me agrada dudar (Dante Alighieri)

     

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