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Carlos Campos Acero

Maestro de nada y aprendiz de casi todo

Sobre este blog de Nacional

Un blog optimista algo chamuscado por la insoslayable realidad


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  • 12
    Junio
    2014

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    El sinsentido de la existencia

     

     

     

     

     

     

     

    A mis amigas Ana C. y Jesús G.

     

    Vivir es tener una historia que contar a quienes vienen después... Me repito, lo sé. Es la misma frase con la comenzaba mi entrada de hace unos días sobre la abdicación del rey Juan Carlos. Solo que esta vez creo que viene más oportuna. Se cuenta que un afamado escritor contemporáneo suyo le preguntó al filósofo británico David Hume (1711-1776) si no tenía miedo a la muerte o preocupación por el más allá. La respuesta de Hume fue que si nunca le había preocupado saber donde había estado antes de nacer, difícilmente iba a preocuparle lo que le ocurriera después de morir.


    Me parece una respuesta inteligente y madura. Hace unos días comentaba con dos buenas amigas la impresión que me había causado el libro "El corazón de las tinieblas", del escritor polaco-británico Josep Conrad (1857-1924), que acababa de terminar de leer, y en la que cobraba sentido esa pregunta sobre el sinsentido de la existencia: "Luchar a brazo partido con la muerte es lo menos estimulante que puede imaginarse. Tiene lugar en un gris implacable, sin nada bajo los pies, sin espectadores, sin clamor, sin gloria, sin un gran deseo de victoria, sin un gran temor a la derrota, en una atmósfera enfermiza de tibio escepticismo, sin demasiada fe en los propios derechos, y aun menos en los del adversario. Si tal es la forma de la última sabiduría, la vida es un enigma mayor de lo que alguno de nosotros piensa. Me hallaba a un paso de aquel trance y sin embargo descubrí, con humillación, que no tenía nada que decir".


    Tremendo y desolador alegato sobre la existencia, sobre el sentido de la vida... Yo, la verdad, no sé si lo tiene. Soy de los que piensa que no. Que estamos aquí por puro azar. Que somos polvo de estrellas, como dice uno de los personajes de "El mundo de Sofía", del escritor noruego Jostein Gaarder (1952). Que al final vamos a desaparecer sin dejar rastro. Que todo lo que ha existido se extinguirá sin dejar recuerdo ninguno de su existencia ni de nuestro paso por el mundo. Y no me refiero al paso personal de cada uno de nosotros, que no tiene mayor importancia, sino al de la humanidad completa. De la que nada quedará, ni siquiera memoria...


    Hay pocas cosas que puedan consolarnos de ese sinsentido de la existencia, Entre ellas, el amor, la amistad y los libros. El amor de las personas más cercanas: esposos, hijos, nietos, padres, hermanos. La amistad, el más noble de los sentimientos humanos, el que nos hace solidarios con los otros: un poco de generosidad y el hombre es un paraíso para el hombre, dejo dicho Jean-Paul Sartre (1905-1980). Y los libros y la historia, claro, porque nos permiten conocer lo que otros han hecho antes que nosotros; y dejar constancia de lo que nosotros hemos hecho antes de que lleguen los siguientes.


    Estoy leyendo ahora mismo una bellísima autobiografía del escritor israelí Amos Oz (1939) titulada "Una historia de amor y oscuridad" (Siruela, Madrid, 2004). Un relato sobre la historia de su familia, que se inicia a mediados del siglo XIX en Europa oriental y continúa hasta el Israel del siglo XXI: "Cuando era pequeño, cuenta Oz en las primeras páginas, quería crecer y ser libro. No escritor, sino libro: a las personas se las puede matar como a hormigas. Tampoco es difícil matar a los escritores. Pero un libro, aunque se lo elimine sistemáticamente, tiene la posibilidad de que un ejemplar se salve y siga viviendo eterna y silenciosamente en una estantería olvidada de cualquier biblioteca perdida de Reikjavik, Valladolid o Vancover".


    Por eso he repetido al inicio lo de que vivir, a fin de cuentas, no es más que tener una historia que contar a los que vienen después...


    Sean felices, por favor, y ahora, como decía Sócrates, "Ιωμεν": nos vamos. Tamaragua, amigos. HArendt




     

     

     

     

     

    Entrada núm. 2075

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    Pues tanto como saber me agrada dudar (Dante Alighieri)

     

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