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Carlos Campos Acero

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  • 29
    Marzo
    2017

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    Pensamiento. Sobre la revolución conservadora en política



    Pensamiento. Sobre la revolución conservadora en política

    La acrópolis de Atenas

     

     

    Álvaro Delgado-Gal (1953), licenciado en Ciencias Físicas y doctor en Filosofía. ha sido profesor de Lógica y de Filosofía del Lenguaje en la Universidad Complutense de Madrid. Lleva más de treinta años escribiendo en medios como Cambio 16, El País o ABC, pero se considera a sí mismo más escritor que periodista. Sus columnas van desde la crítica literaria y cultural hasta la opinión política. Ha publicado varios libros de arte y literatura, como La esencia del arteBuscando el cero o El hombre endiosado. Director de Revista de Libros desde su fundación en 1996, intenta que la publicación tenga un contenido plural. Desde la historia hasta la música, pasando por las matemáticas, la literatura o el arte, para así llegar a la gente que sostiene y a la vez genera el mundo de la cultura. Yo diría que lo ha conseguido con creces, convirtiéndola en una revista de referencia en español.

     

    El pasado mes de febrero publicaba en ella un extenso artículo dedicado a la revolución conservadora en el que reseñaba algunas de las más recientes obras al respecto de autores como Roger Scruton, Ernesto Laclau, Chantal Mouffe o Íñigo Errejón. 

     

    La Revolución Francesa, comenzaba diciendo, ha generado hechos diversos, unos más notorios que otros. La Declaración de los Derechos del Hombre y del Ciudadano, La Marsellesa, la escarapela tricolor o el asalto a la Bastilla forman parte del repertorio que los niños aprenden en las escuelas o el cine escenifica en la pantalla. Pero hay un segundo lado. La Revolución produjo también el conservadurismo: puede decirse que no empieza a haber conservadores, tal como ahora se entiende el concepto, antes de las reacciones y resistencias despertadas en Europa por las novedades del 89 y sus secuelas. Inició la ofensiva un diputado británico, Edmund Burke. La palabra, que no la idea, aparece unos años más tarde, en unos papeles aderezados por Mme de Staël durante los amenes del Directorio. La hija de Necker propone que se contenga a los jacobinos por el lado izquierdo, y a los absolutistas por el derecho, interponiendo entre ambos un «Cuerpo Conservador» de notables designados de por vida. La intención, evidentemente, es conciliadora: se trata de acompasar el tic-tac de la historia, no de volver hacia atrás las manillas del reloj. No se sigue de aquí que el conservadurismo no haya caído muchas veces en la tentación de la violencia. El conde de Maistre o Donoso Cortés, su discípulo español en diferido, propugnaron la extinción del enemigo con una saña y unos modos que en el caso del conde rayan con lo sádico, y en el de Donoso, con lo histérico. No existe, en realidad, una agenda conservadora estable. Afortunadamente, cabría añadir, puesto que el conservadurismo ha solido ser tanto más fructuoso cuanto menos presa hacía en él hacía un sistema rígido de ideas. Chateaubriand nos interesa mucho más como crítico de su tiempo que como vindicador de la raza de los Capetos. Y de Evelyn Waugh nos impresionan las sátiras, no los ataques a la liturgia católica emanada del Concilio Vaticano II. Ni Chateaubriand ni Waugh, ni otros disidentes, tenían un plan B2. Aun con todo, nos han legado visiones con frecuencia más profundas que las de sus rivales progresistas.


    Pueden leerlo completo en el enlace de más arriba. Les aconsejo que no renuncien a la lectura de las notas a pie de página del mismo porque merecen la pena.




    Pensamiento. Sobre la revolución conservadora en política

    Álvaro Delgado-Gal



    Y ahora, como decía Sócrates, Ιωμεν: nos vamos. Sean felices, por favor, a pesar de todo. Tamaragua, amigos. HArendt

     
     
     

     

     
     

     

     

     

    Pensamiento. Sobre la revolución conservadora en política

    HArendt

     

     



    Entrada núm. 3409

    elblogdeharendt@gmail.com

     
     

    La verdad es una fruta que conviene cogerse muy madura (Voltaire)

     

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