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Carlos Campos Acero

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  • 04
    Enero
    2017

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    Poesía y pintura. Hoy, con Francisco de Rioja y Diego Velázquez



    Poesía y pintura. Hoy, con Francisco de Rioja y Diego Velázquez

     


    Durante las próxima semanas voy a intentar unir en una misma entrada algunos de los más bellos sonetos en lengua española y de mis pinturas clásicas favoritas. Espero que sean de su agrado. Hoy dedico la entrada al poeta Francisco de Rioja y su soneto Pasa, Tirsis, cual sombra incierta y vana, y al pintor Diego Velázquez y su cuadro Las hilanderas (1660). Disfruten de ambos.



     

    Poesía y pintura. Hoy, con Francisco de Rioja y Diego Velázquez

    Francisco de Rioja 

     

     

    Francisco de Rioja (Sevilla, 1583- Madrid, 1659), fue un poeta y erudito español del Barroco.  Licenciado en leyes, se ordenó y fue canónigo de la catedral de Sevilla; fue renombrado teólogo y jurista, y amigo y protegido del Conde de Sanlúcar y Duque de Olivares, don Gaspar de Guzmán, a cuyo servicio entró desde 1624; a su caída le acompañó al destierro en Loeches primero, y después en Toro. Fallecido el Conde-Duque, se retiró a Sevilla cansado y desengañado de las fortunas de la Corte. El Cabildo sevillano le designó entonces agente suyo en Madrid (1654), con cuyo cometido tuvo que volver a residir en la capital, y allí murió el 28 de agosto de 1659. Mantuvo relación literaria con Lope de Vega, Juan Pérez de Montalbán, Cervantes y muchos personajes de la aristocracia; fue bibliotecario de Felipe IV y cronista de Castilla. Les dejo con su soneto Pasa, Tirsis, cual sombra incierta y vana, dedicado a su amigo Francisco de Medrano.

     

     

    Pasa, Tirsis, cual sombra incierta y vana

    este nuestro vivir, y como nieve

     

    al tibio rayo, desmerece en breve

    todo aplacible bien y gloria humana.

     

     

    ¡Mira cuánto en color, cuánto en lozana

     

    juventud confiar el hombre debe

     

    si así acabó Medrano! ¡Oh en vuelo leve

    subido haya a la estancia soberana!

     

     

    Siento su fin veloz, aunque no incierto;

     

    triste imagino aquel que nos aguarda

     

    solo; por no avenirte en pena, en lloro,

     

     

    Tirsis, deja este mar; vuelve ya al puerto

     

    la nave y busca el celestial tesoro;

     

    que a nos, quizá, tan triste fin no tarda.

     

     

     

    Poesía y pintura. Hoy, con Francisco de Rioja y Diego Velázquez

    Diego Velázquez 

     

     

    Diego Rodríguez de Silva y Velázquez (Sevilla, 1599-Madrid, 1660), conocido como Diego Velázquez, fue un pintor barroco, considerado uno de los máximos exponentes de la pintura española y maestro de la pintura universal. Pasó sus primeros años en Sevilla, donde desarrolló un estilo naturalista de iluminación tenebrista, por influencia de Caravaggio y sus seguidores. A los 24 años se trasladó a Madrid, donde fue nombrado pintor del rey Felipe IV y cuatro años después fue ascendido a pintor de cámara, el cargo más importante entre los pintores de la corte. A esta labor dedicó el resto de su vida. Su trabajo consistía en pintar retratos del rey y de su familia, así como otros cuadros destinados a decorar las mansiones reales. Su presencia en la corte le permitió estudiar la colección real de pintura que, junto con las enseñanzas de su primer viaje a Italia, donde conoció tanto la pintura antigua como la que se hacía en su tiempo, fueron influencias determinantes para evolucionar a un estilo de gran luminosidad, con pinceladas rápidas y sueltas. En su madurez, a partir de 1631, pintó de esta forma grandes obras como La rendición de Breda. En su última década su estilo se hizo más esquemático y abocetado, alcanzando un dominio extraordinario de la luz. Este período se inauguró con el Retrato del papa Inocencio X, pintado en su segundo viaje a Italia, y a él pertenecen sus dos últimas obras maestras: Las meninas y Las hilanderasSu catálogo consta de unas 130 obras. La parte fundamental de sus cuadros, que integraban la colección real, se conserva en el Museo del Prado en Madrid.




    Poesía y pintura. Hoy, con Francisco de Rioja y Diego Velázquez

    Las hilanderas (Museo del Prado, 1660)

     

     

    La fábula de Aracne, popularmente conocido como Las hilanderas, es un lienzo de Diego Velázquez, conservado en el Museo Nacional del Prado. Esta obra está considerada como uno de los máximos exponentes de la pintura barroca española y de la maestría de Velázquez. Temáticamente es una de sus obras más enigmáticas, pues aún no se conoce el verdadero propósito de la misma. 

    En primer plano se ve una sala con cinco mujeres (hilanderas) que preparan las lanas. La mujer a derecha que viste blusa blanca es «una clara transposición»1 de una de las figuras de la Bóveda de la Capilla Sixtina. Al fondo, detrás de estas mujeres y en una estancia que aparece más elevada, aparecen otras tres mujeres ricamente vestidas que parecen contemplar un tapiz que representa una escena mitológica.


    Durante mucho tiempo se consideró a estas hilanderas como un cuadro de género en el que se mostraba una jornada de trabajo en el taller de la fábrica de tapices de Santa Isabel de Madrid y que este era su único asunto. Sin embargo, a causa de la propia entidad del cuadro y por la «ambigüedad» de significados presente en algunos de los lienzos más significativos de Velázquez, algunas personas, entre ellas Ortega y Gasset o el historiador del arte español, Diego Angulo Íñiguez, apuntaban a un simbolismo mitológico.


    Hoy se admite que el cuadro trata un tema mitológico: La fábula de Atenea y Aracne, en una escena del mito de Aracne que se describe en el libro sexto de Las metamorfosis de Ovidio. Una joven lidia, Aracne, tejía tan bien que las gentes de su ciudad comenzaron a comentar que tejía mejor que la diosa Atenea, inventora de la rueca. La escena del primer término retrataría a la joven a la derecha, vuelta de espaldas, trabajando afanosamente en su tapiz. A la izquierda, la diosa Atenea finge ser una anciana, con falsas canas en las sienes. Sabemos que se trata de la diosa porque, a pesar de su aspecto envejecido, Velázquez muestra su pierna, de tersura adolescente.


    En el fondo, se representa el desenlace de la fábula. El tapiz confeccionado por Aracne está colgado de la pared; su tema constituye una evidente ofensa contra Palas Atenea, ya que Aracne ha representado varios de los engaños que utilizaba su padre, Zeus, para conseguir favores sexuales de mujeres y diosas. Frente al tapiz, se aprecian dos figuras. Son la diosa, ataviada con sus atributos (como el casco), y ante ella la humana rebelde, que viste un atuendo de plegados clásicos. Están colocadas de tal manera que parecen formar parte del tapiz. Otras tres damas contemplan cómo la ofendida diosa, en señal de castigo, va a transformar a la joven Aracne en araña, condenada a tejer eternamente.  


    Las hilanderas es para mí la segunda más bella pintura del Museo del Prado después de La Anunciación de Fra Angélico. Les recomiendo el interactivo realizado por el propio museo sobre este famoso cuadro en el enlace inmediatamente anterior.  


    Y ahora, como decía Sócrates, Ιωμεν: nos vamos. Sean felices, por favor, a pesar de todo. Tamaragua, amigos. HArendt

     

     
     
     
     

     

     

     

    Poesía y pintura. Hoy, con Francisco de Rioja y Diego Velázquez

    HArendt

     

     



    Entrada núm. 3134

    elblogdeharendt@gmail.com

     
     

    La verdad es una fruta que conviene cogerse muy madura (Voltaire)

     

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