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Carlos Campos Acero

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Un blog optimista algo chamuscado por la insoslayable realidad


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  • 25
    Abril
    2014

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    Portugal: 40 años de libertad





    Lisboa (Portugal), 25 de abril de 1974




    Visité Portugal por vez primera en octubre de 1970. Había llegado en barco a Algeciras, desde Gran Canaria, junto con mi mujer y nuestra hija, que aun no había cumplido dos años. En Algeciras nos estaban esperando mis padres que habían venido desde Madrid. Pasamos allí la noche y al día siguiente partimos para Portugal, al que entramos, pasaportes en mano, por el puesto fronterizo de Rosal de la Frontera, en la provincia de Huelva. En Lisboa nos alojamos en un pequeño hotel cuyo encargado, español, parecía odiar cordialmente a sus paisanos. Nos encantó la ciudad, aunque la encontramos un tanto triste y como  "decadente", y a la gente, amable pero desconfiada. Por las noches, después de cenar, cuando mis padres ya estaban durmiendo, mi mujer y yo salíamos a pasear por la calles de la ciudad vieja con la niña en su cochecito.


    Desde Lisboa, subimos hacia el norte. Nos gustaron mucho Nazaré, con sus barcos de pesca sobre la orilla de la playa, y Coimbra, un encanto de ciudad. Oporto, no tanto. Pero lo que más nos impresionó del viaje fue la escena que vivimos en Fátima, a la que llegamos un 12 de octubre: decenas y decenas de soldados, con sus uniforme de campaña, recorriendo de rodillas en compañía de esposas, madres, hermanas o hijas la gran explanada que da acceso a la basílica. Supusímos que eran soldados que daban gracias a la Virgen por haberles devuelto con vida de la sangrienta guerra que Portugal, la última potencia colonial de Europa, mantenía en sus posesiones africanas. Impresionaba, de verdad, el espectáculo. Era una sensación desoladora. Unos días más tarde volvíamos a España, con un sabor agridulce, por Ayamonte.


    Tres años y medio después, jóvenes oficiales del ejército portugués, con la llamada "Revolución de los claveles", iniciada tal día como hoy de hace cuarenta años, ponían fin a aquella anacrónica dictadura y a la guerra y devolvían su libertad a los portugueses. Y hacían que el régimen franquista en España pusiera sus barbas a remojar.


    Una canción, "Grândola, Vila Morena", que cuarenta años después aun hace que se me humedezcan los ojos cuando la escucho, se convirtió en icono de una revolución casi incruenta. Las prisas de algunos por realizar la revolución popular antes que restaurar la democracia (como ocurrió en España durante la II República) estuvieron a punto de llevarla al traste. Pero la historia demuestra una y otra vez que las democracias cuando son reales tienen recursos para solventar todas las crisis. La portuguesa lo era y la solventó. Como solventará la que sufre ahora, al igual que lo harán Grecia, Irlanda, Italia, España y otros Estados del sur y de Europa oriental. Con su propio esfuerzo y con la ayuda del resto de los europeos. No tengo la menor duda al respecto. 


    Desde aquel octubre de 1970 hemos vuelto varias veces más a Portugal; lo hemos recorrido de sur a norte y de norte a sur. El país entero y sus gentes han cambiado para bien, para mucho mejor. Y cuando entramos en él, ahora ya sin barreras fronterizas, nos parece encontrarnos como en casa (y no lo digo solo por el huso horario). Es una tierra bellísima y tiene una gente estupenda... ¡Felicidades, Portugal, por esos cuarenta años de libertad!


    Les dejo con Pasión Vega y su sentimental y emotiva canción "Lejos de Lisboa". Sean felices, por favor. Y ahora, como decía Sócrates, "Ιωμεν": nos vamos. Tamaragua, amigos. HArendt




    Lisboa, puente "25 de abril", sobre el rio Tajo




    Entrada núm. 2058

    La versión original y definitiva de esta entrada solo puede verse en:

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    Pues tanto como saber me agrada dudar (Dante Alighieri

     

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