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Carlos Campos Acero

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  • 28
    Julio
    2015

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    Pueblos, países y civilizaciones. Una lección de Historia


    Pueblos, países y civilizaciones. Una lección de Historia

    La Acrópolis de Atenas (Grecia)




    Felipe Fernández-Armesto (1950) es un historiador británico, hijo del escritor y periodista español Augusto Assía (1904-2002) que ejerce como catedrático de Historia en la prestigiosa universidad católica de Notre Dame, en Indiana (Estados Unidos). El pasado mes de junio publicó un interesante artículo en el diario El Mundo, titulado "Un país no se mide sólo por su poder", en el que relataba la reflexión a la que le había obligado la oportuna pregunta de un alumno en clase. No lo dice así expresamente, pero tengo la impresión de que tanto la pregunta que le hizo ese alumno como su respuesta reflexiva venían motivadas por la crisis de Grecia, y generalizando bastante por mi parte, de la de todos los países del norte y el sur del Mediterráneo. «¿Cómo es que, profesor..., si esos pueblos mediterráneos -españoles, italianos, griegos- eran capaces de erigir grandes imperios y civilizaciones han terminado hundidos en el día de hoy y convirtiéndose en casos perdidos?» fue la pregunta de ese alumno.

     

    La interrupción, dice el profesor Fernández-Armesto, me sorprendió, porque yo ni estaba pensando en problemas actuales. Hasta aquel momento, los grandes acontecimientos antiguos y medievales me tenían como embrujado. La prosperidad y la civilización -explicaba yo- nacen de intercambios económicos y culturales. El Mediterráneo, continúa diciendo, fue la cuna de una sucesión de grandes civilizaciones y grandes potencias: la griega clásica en la Antigüedad, seguida por la civilización romana; luego en la Edad Media las de la cristiandad latina y los califatos; y a albores de la Edad Moderna, las de la Italia Renacentista y de la Edad de Oro español. 

     

    Y fue entonces, dice,  cuando ese alumno, Nathaniel, descendiente de una todopoderosa familia de empresas farmaceuticas de Massachussets, interpuso su pregunta. En primer lugar, cuenta que le respondió, no hay que hablar de pueblos, sino de países. Ningún pueblo tiene un genio especial o privilegiado para desarrollar civilizaciones ni erigir imperios -ni los romanos, ni los españoles, ni siquiera los estadounidenses. Tales logros no proceden de dotes naturales, ni de genes, ni de características culturales supuestamente eternas, sino de los entornos medioambientales y de las circunstancias históricas. Y aun cuando aquellas sean relativamente estables, éstas siempre son volátiles e impredecibles. 

     

    Desde luego hay valores que valen más que ser rico y poderoso, continúo diciendo. España es un país infinitamente mejor ahora que cuando teníamos un gran imperio. Hacia finales del siglo XVI y principios del XVII, el mundo mediterráneo experimentó una época de decadencia relativa a las nuevas potencias del norte de Europa. Economías en desarrollo, con mano de obra más barata y productos a mejor precio, aprovecharon la oportunidad de vender en los mercados inflados del sur de Europa y del norte de África. La complacencia de los ya ricos cruzó con la competencia de los relativamente pobres. Los norteños hicieron más esfuerzo, los del mediterráneo menos. Los del norte exploraban rutas e iniciaron comercios por los océanos del mundo, mientras que los de sur quedaban metidos en prácticas ya tradicionales. En el norte abundaban recursos naturales poco explotados, mientras que en la zona mediterránea ya estaban medio agotados.

     

    Después de la batalla de Lepanto, en 1572, según Fernand Braudel, el gran historiador del "mar nuestro" (el entrecomillado es mío) , la preponderancia del Mediterráneo, decayó. Las nuevas potencias del siglo XVII eran Holanda, Suecia e Inglaterra, mientras que España, Venecia, y el imperio otomano cedían su predominancia anterior. Mientras que en el Renacimiento, añade, la mayor parte de las innovaciones estéticas e intelectuales atravesaban a Europa del sur al norte, las iniciativas de la Ilustración partían desde Edinburgo, Londres, París y Uppsala. Poco a poco, el mar que los hebreos antiguos denominaron «Mar Grande» se convirtió en un remanso atrasado.

     

    Desde luego hay valores que valen más que ser rico y poderoso. España es un país infinitamente mejor ahora que cuando teníamos un gran imperio, dice con énfasis. Ya no se nos mueren millones de ciudadanos indígenas americanos por falta de medios para controlar las pestes. Ya no oprimimos a pueblos súbditos. Hemos sustituido el Absolutismo por el Estado de Derecho. Las únicas tiranías a las que tenemos que enfrentarmos son las de terroristas, separatistas irracionales y políticos egoístas. Podemos prescindir de guerras continuas. En lugar de luchar contra imperios rivales, dedicamos recursos al Estado de Bienestar, a la investigación, a la educación. No expulsamos a las minorías. No nos hace falta la Santa Inquisición: tenemos nuestros problemas económicos y constitucionales, pero procuramos encontrar soluciones por medio de acuerdos sociales en lugar de imponer conformismo. Ya no disponemos de la plata de Potosí, pero hemos vencido a la pobreza en casa. No tenemos universidades de la fama de la salmantina de la Edad de Oro, pero hemos eliminado el analfabetismo. Falta la espiritualidad de una Santa Teresa, pero somos más tolerantes y respetuosos frente a culturas ajenas. En cambio, añade, seguimos viendo nacer a grandes genios. España en los siglos veinte y veintiuno, a pesar de su papel modesto en las arenas mundiales, ha seguido produciendo a escritores, artistas, arquitectos y científicos de fama mundial. Si tenemos en cuenta nuevas formas de lo que ha venido a ser alta cultura, tales como cinematografía, cocina, deportes, diseño y moda, la aportación española ha sido desproporcionadamente fértil. Hemos dejado a pagar las batallas y los imperios, pero seguimos financiando la civilización.

     

    No creas, Nathaniel, sigue diciendo que respondió a su alumno, que el nuestro sea un caso perdido. El concepto mismo de la grandeza, como todas las circunstancias históricas, se cambia con el tiempo, y ya nos está permitido otro tipo de grandeza que la de la época de los conquistadores. Ni creas tú ni ningún conciudadano tuyo de EEUU que la grandeza está garantizada. El mediterráneo no volverá a recuperar su historia antigua ni medieval, pero hoy en día compartimos nuestro propio mare nostrum: el Atlántico del Norte, alrededor del cual los norteamericanos y los europeos occidentales congregamos para defendernos e intercambiar cultura -como lo hacían los griegos clásicos, o los romanos de la Antigüedad, o la civilización latina de la Edad Media, al borde de su mediterráneo. Y ese mundo del Atlántico del norte se halla ahora ante retos muy semejantes a los que desafiaron al mundo mediterráneo a raíz de la Edad Moderna. Hay economías en desarrollo en China, la India, y en otras zonas de Asia, África y Latinoamérica, donde los precios son más bajos, la mano de obra más flexible, los recursos naturales más abundantes y menos explotados, la competencia más aguda y la complacencia desconocida. Ten miedo, Nathaniel, concluye el profesor Fernández-Armesto, de que tus hijos no pregunten a un profesor: «¿Cómo es, profesor, que los estadounidenses que tanto alcanzaron con su imperio y su civilización en el siglo XX han terminado fracasados, y convirtiéndose en un caso perdido?». 


    Como el profesor Fernández-Armesto afirma, yo también creo que España es hoy un país y una sociedad, a pesar de todos los problemas, infinitamente mejor de lo que era en esa edad de oro tan añorada por algunos en que no se ponía el sol. Muchísimo mejor, sin duda alguna.

     

    Y ahora, como decía Sócrates, "Ιωμεν", nos vamos. Sean felices, por favor. Tamaragua, amigos. HArendt




    Pueblos, países y civilizaciones. Una lección de Historia

    Palacio Real de Madrid (España)

     

     

     

     

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    La verdad es una fruta que conviene cogerse muy madura (Voltaire)

     

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