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Carlos Campos Acero

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  • 22
    Enero
    2013

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    "Resetear" la democracia

     

     

     

     

    Viñeta de Forges en "El País"

     

     

    Dice el sociológo aleman Max Weber (1864-1920) en El político y el científico (Alianza, Madrid, 1967) que hay dos formas de hacer política: una, la de los que viven para la política; otra, la de los que viven de la política. Paradójicamente, Weber piensa que son mucho más importantes los segundos que los primeros. Sobre todo en una democracia representativa como la nuestra, la de la tradición liberal occidental.

     

    El escritor Javier Marías no se corta un pelo en su crítica a la clase política ("Más idiotas de lo que parecen", El País Semanal, 20/1/2013), crítica que centra en el presidente del gobierno, aunque también meta en la misma cesta al del Tribunal Supremo y uno de los portavoces del PP. ¿Se pasa? No lo creo, aunque la crítica resulta más sarcástica de lo que es habitual en él.

     

    Otro al que se le ve bastante harto es al también escritor Manuel Vicent ("Descarga", El País, 20/1/2013) Pienso, como él, que el gobierno, el partido que lo sustenta, y la clase política en general, están jugando con fuego y que esto puede estallar en cualquier momento. El problema no es que se quemen ellos -la pandilla de sirvergüenzas que han engolfado el país, la democracia y la política- en la explosión, el problema es que podemos arder todos.

     

    Mal, muy mal está la situación cuando un profesor tan prestigioso como Fernando Vallespín ("Sin palabras", El País, 17/1/2013) se ve empujado a escribir tan durísimo alegato y solicitar el "reseteo" o reinicio de la democracia española, y la necesidad imperiosa de un nuevo pacto constitucional.

     

    Jesús Ferreiro, otro escritor, le canta las cuarenta ("¿Liberalismo o barbarie?", El País, 18/01/2013) a la "casta financiera" y se pregunta que tiene o le queda de "liberal" y si veremos alguna vez a algún banquero en la cárcel. Tengo la impresión de que no. Y no me pregunten la razón de mi escepticismo por hoy no tengo excesiva predisposición al chiste fácil.

     

    Y sobre el sentido de la palabra "liberal" en política y en economía, palabra -por cierto- de origen español, escribe también Álvaro Delgado-Gal ("Neoliberalismo y corrupción", Revista de Libros, enero/febrero 2013) un largo y documentado artículo que dada la nula predisposición del autor hacia la "izquierda" resulta doblemente esclarecedor para comprender, en parte, las falacias del neoliberalismo rampante que nos está axfisiando.

     

    Termino haciendo mención, rápida, al vídeo con el acompaño la entrada. Un reportaje del grupo "Democracia 4.0" sobre las virtudes de la democracia participativa a través de las redes sociales e Internet.

     

    Personalmente no tengo excesiva confianza en esas presuntas virtudes de la democracia en red como medio de participación política si es que con ello se pretende sustituir la democracia representativa y parlamentaria. Hace ya un tiempo, en un libro que ha merecido la consideración de convertirse en un clásico de la ciencia política (La democracia y sus críticos, Paidós, Barcelona, 1993) el profesor Robert A. Dahl (1915), quizá el mayor estudioso de la democracia del siglo XX dedicó el último capítulo del mismo a formular un bosquejo de iniciativas sobre como podría ser la democracia del mañana en un país democráticamente avanzado.

     

    En base a lo expuesto por Dahl en el libro citado, pienso que una fórmula mucho más factible de democracia participativa que la defendida por los partidarios de la democracia "directa" en red podría ser la de la constitución de "consejos populares" de entre cincuenta y cien personas, elegidos por sorteo entre los ciudadanos mediante un procedimiento similar al de los jurados,  a los que el gobierno debería someter obligatoriamente antes de su envío al parlamento las bases de cualquier proyecto legislativo, para que en audiencias públicas y con participación de representantes de todos los grupos políticos dichos consejos dictaminaran exclusivamente, aunque los dictámenes no fueran vinculantes para el parlamento, sobre su oportunidad y conveniencia.   

     

    Sean felices, por favor. Y como decía Sócrates, "Ιωμεν". Tamaragua, amigos. HArendt



     

     

     

     

     

     

     

    Entrada núm. 1778

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