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Carlos Campos Acero

Maestro de nada y aprendiz de casi todo

Sobre este blog de Nacional

Un blog optimista algo chamuscado por la insoslayable realidad


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  • 27
    Mayo
    2012

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    Sobre lecturas infantiles y canciones adultas

     








    Hace unos días intenté sin demasiado éxito excitar la curiosidad literaria de mi nieto mayor -tiene 7 años- con unos versos de "Las Flores del Mal", de Baudelaire. No le disgustaron pero reconozco que quizá fue excesivo por mi parte, así que me pasé a "La isla del tesoro" y me prestó un poco más de atención. Normal. 


    He recuperado para el blog una antigua entrada, de febrero de 2008, en la que hablaba de mis primeras lecturas. No es un ejercicio de narcisismo; dejémoslo en nostalgia más bien, de un tiempo pasado que nunca volverá. La he reescrito para acomodar los tiempos verbales al momento actual.


     

    Mi primer libro, el primero del que tengo recuerdo, me lo regaló la muchacha que ayudaba a mi madre en las tareas de casa. Se llamaba Cristina. Fue el 8 de febrero de 1954. El día que yo cumplía 8 años. ¿Qué como es posible que recuerde algo que ocurrió hace cincuenta y ocho años? Sencillamente porque el libro iba de un niño llamado Carlos que cumplía ocho años un ocho de febrero… Es difícil de olvidar una cosa así. Fue impactante para mi. Aún hoy, pasado tanto tiempo, me recuerdo con mis pantalones cortos y saltando como un loco al sofá del salón de nuestra casa, en la calle Batalla del Salado de Madrid, para leerlo. Después vinieron más libros y más lecturas, pero ese fue el primero, el inolvidable.

     


     

    El segundo, ya un poco menos infantil, más serio, fue “La Isla del Tesoro”, regalo de mis abuelos maternos. No puedo recordar la fecha pero seguro que no fue mucho después de aquel inolvidable 8 de febrero de 1954. Y luego siguieron muchos más. Algunos de ellos están citados en el blog. Recuerdo con especial cariño "Leyendas heroicas de la antigua Grecia", y el de similar título: "Leyendas heroicas de la antigua Roma". Y otro sobre "Los nibelungos". Y las ediciones juveniles de "El paraíso perdido", y  "La Divina Comedia". Y también "El último mohicano", "La cabaña del tío Tom", "Las aventuras de "Tom Saywer", "Robinso Crusoe",  "Los viajes de Gulliver" o "Tarzán de los Monos. 

     


     

    La primera vez que leí algo sobre la "Odisea" de Homero fue en el citado libro de “Leyendas heroicas de la antigua Grecia”. Recuerdo el título, pero no el autor. Era una versión para niños que me cautivó. Más tarde, en el Colegio Infanta María Teresa de Madrid, donde estudié entre los diez y los dieciseis años, tuve un profesor de Lengua y Literatura que nunca sabrá la conmoción que causó en mi y al qué nunca tuve la ocasión de agradecérselo. Se llamaba Mariano Abánades. Nos dictaba los argumentos de las principales obras de la literatura universal, y la vida de sus autores. Lo hacía de memoria, sin papeles delante. Y yo me quedé subyugado para siempre con sus relatos sobre el “Ramayana”, de Valmiki; el “Mahbarata”, de Vyassa; la “Divina Comedia”, de Dante; la “Iliada” y la “Odisea”, de Homero; la "Eneida" de Virgilio; el poema del "Mio Cid" o de "Los Infantes de Lara", “El Quijote”, de Cervantes; “Fuenteovejuna”, de Lope, o "La vida es sueño", de Calderón… Él despertó una pasión por la buena literatura que aún perdura en mi.

     


     

    He leído varias veces la “Odisea” de Homero. La última, en la magnífica edición de 1996 del Circulo de Lectores para la Colección de Clásicos Griegos de su Biblioteca Universal. Y también me gustaron sobremanera las versiones del universal mito homérico en "La tejedora de sueños”, de Antonio Bueno Vallejo; “La hija de Homero”, de Robert Graves; o el singularísimo “Ulises”, de James Joyce.

     


     

    Aquella entrada de febrero de 2008 me llevó a escribirla un artículo publicado por esas fechas en El País por el historiador José Andrés Rojo, titulado “Ulises, el primer turista sexual”, que mi hija Ruth, siempre atenta con las quisicosas de su padre tuvo la amabilidad de enviarme. Y en esas estaba, en aquella lejana fecha, cuando recuerdo que saltó en el navegador de mi portátil (sigo teniendo el mismo viejo cacharro) un aviso de noticia en El País sobre Jane Birkin, la cantante británica, que actuaba esos días en España, y que los de mi edad recordarán por su canción, suya y de su pareja, Serge Gainsbourg, titulada “Je t’aime… mois non plus” que escandalizó (¡Dios, con qué facilidad se escandaliza la gente aún hoy!) a media Europa a finales de los sesenta.

     


    Reproduzco de nuevo literalmente el artículo de Rojo y en el vídeo anejo les dejo el  “Je t’aime,… mois non plus” (1), cantada por Serge Gainsbourg y Jane Birkin. Y sean felices, por favor, a pesar del gobierno. Tamaragua, amigos. HArendt





    Ulises y las sirenas





     

    “Ulises, el primer turista sexual”

     

    por José Andrés Rojo

     


     

    Un desmitificador ensayo propone veinte lecturas distintas de la ‘Odisea’. Ulises pudo volver a Ítaca porque Poseidón, su feroz enemigo, no asistió a la asamblea en la que los dioses discutieron si permitían al héroe volver a casa. Faltó su voto, y ganó la facción de Atenea, su benefactora. Así que Ulises regresó a su país y se enfrentó a los pretendientes que acosaban a Penélope, su mujer, y dilapidaban sus riquezas. Es curioso que pudiera regresar a Ítaca sólo porque Poseidón se hubiera corrido una gran juerga con comilona incluida de toros y corderos. Eran alimentos que estaban prohibidos para los dioses. Núria Perpinyà cuenta la historia durante una conversación en Madrid y explica que procede de la lectura que los estructuralistas hicieron de la Odisea, el poema trágico que cuenta las aventuras de Ulises después de la guerra de Troya. Esta es sólo una de las 20 interpretaciones del clásico que la escritora analiza en Las criptas de la crítica (Gredos), donde revela que los posmodernos, por ejemplo, consideran a Ulises el primer turista de la historia y, teniendo en cuenta sus ardientes relaciones con Circe y Calipso y su promiscuidad, se le podría considerar, escribe, “el primer turista sexual que satisface sus deseos eróticos en tierras exóticas”.

     


     

    Veinte interpretaciones que son otros tantos viajes alrededor de una obra inagotable. “Los estructuralistas se acercaron a la Odisea a partir de la comida y desde allí buscaron comprender cuanto allí se narraba”, comenta Perpinyà (Lleida, 1961). Pero hay quienes la han leído atendiendo al ritmo de sus versos, otros lo han hecho para entender la personalidad de Homero y los de más allá han pretendido explicarse la sociedad griega de aquella época.

     


     

    Está la crítica biográfica, la psicológica, la temático-moral, la social, la filológica, la historiográfica. La que hicieron los marxistas y las feministas, la de la escuela formalista y la deconstructiva, la impresionista, la del nuevo historicismo y la del new criticism…

     


     

    Profesora de Teoría de la Literatura en la Universidad de Lleida, Núria Perpinyà ha publicado cuatro novelas en catalán y un ensayo sobre las lecturas críticas de la obra de Gabriel Ferrater. Hay mucha sabiduría e información en su libro sobre la Odisea, pero también hay sentido del humor. Cada capítulo desentraña las claves de las distintas maneras de leer el texto (sus referentes teóricos, sus maestros y logros, sus objetivos y desafíos). Y termina con un pastiche: la autora remeda a la corriente que acaba de analizar y nos cuenta desde sus esquemas su interpretación de la Odisea. Y es ahí donde los posmodernos consideran a Ulises el primer turista sexual.

     


     

    A la crítica feminista no le gusta mucho el papel de Penélope, que es más ama de casa que reina. Pero celebran la variedad de papeles femeninos que hay en la obra: Atenea, la diosa de la inteligencia; Nausica, con su dulzura e inocencia; la apasionada Calipso; Circe y sus malas artes, y las sirenas. “Tanta variedad de caracteres femeninos desaparece de la literatura desde los griegos hasta por lo menos finales del XVIII”, dice Perpinyà. “Las mujeres quedaron durante ese largo periodo reducidas a ser o santas o fulanas”.

     


     

    Entre los marxistas, T. W. Adorno y M. Horkheimer, de la Escuela de Francfort, se centran en el episodio de las sirenas para diagnosticar la lucha de clases. “Ulises puede permitirse no trabajar y escuchar el canto de las sirenas, aunque por estar atado no tenga capacidad de intervenir. A los marineros, la clase trabajadora, se les pone en cambio cera en los oídos para que sigan pringando”. Perpinyà señala que hay que tener en cuenta que la Odisea es anterior a la polis, a la democracia, a la filosofía.

     


     

    En el pastiche que la escritora catalana ha escrito para el capítulo sobre la crítica biográfica, la que pone el acento al interpretar las obras en la vida de sus autores, defiende apasionadamente que Homero existió, cuando se admite desde hace ya tiempo que hubo por lo menos dos autores detrás de la Ilíada y la Odisea y que trabajaron además sobre unos versos que procedían de la tradición oral. “Hay que leer la Odisea en verso”, dice. “Así fue concebida y así se fue recitando en su tiempo, siguiendo la tradición oral. No tendría sentido acercarse hoy sólo a las letras de las canciones de los Beatles. Sin la música no son nada”.

     


     

    Igual que hay corrientes que se acercan al texto clásico con las anteojeras propias de una escuela de pensamiento determinada, y muchas veces sus lecturas chirrían, hay otras interpretaciones que ofrecen una información muy sofisticada (“te pueden dar pistas sobre toda la literatura viajera, por ejemplo”) o invitan a relativizar tópicos que se dan por hechos. Es lo que ocurre con la crítica comparada o con la crítica historiográfica. “La Odisea dejó de interesar al llegar la Edad Media y sólo volvió a levantar pasiones en el siglo XX”, explica. “Hasta entonces la consideraron un poco folclórica y vulgar. Las cosas no son tan estables como imaginamos, hay cambios bruscos y las opiniones y los valores pueden transformarse radicalmente”.

     


     

    No parece ser eso lo que ha ocurrido con esta joven profesora y novelista. Sus pasiones son duraderas. Hace unos quince años leyó la interpretación estructuralista de la Odisea, la que analiza la obra a través de la comida, y le fascinó. Desde entonces lleva trabajando en Las criptas de la crítica, un libro que a la postre es una ardiente defensa del perspectivismo. No hay una verdad única, no existe la lectura definitiva: hay variaciones. No hay por tanto una Odisea: hay muchas. (El País, 18/02/08)

     






    Jane Birkin y Serge Gainsbourg


     



     


     


     


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    Entrada núm. 1471

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    "La historia del mundo no es un suelo en el que florezca la felicidad. Los tiempos felices son en ella páginas en blanco" (Hegel)

     

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