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Carlos Campos Acero

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Un blog optimista algo chamuscado por la insoslayable realidad


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  • 22
    Junio
    2012

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    Verano del 67: Guerra, amor y libros

     



    La escritoria israelí Yael Dayán




    Lo que los creyentes llaman "divina providencia", los que no lo somos lo  llamamos "azar". De todas maneras, creyentes o no creyentes, no hace falta ser un experto en física cuántica para darse cuenta de que el azar rige todas las facetas de la existencia, de la humana y de la del universo en su conjunto. De ahí la frase que sirve de frontispicio a este blog bajo la imagen de la diosa Minerva.


    El verano de 1967 ha quedado marcado indeleblemente en mi existencia por tres hechos: una guerra, una boda y un libro. No los cito por orden cronológico sino por lo que significaron en mi vida.


    El primero, mi boda, a finales del mes de junio de ese año, con la que aún hoy sigue siendo mi esposa y madre de mis hijas, a los dos meses y veintiún días de conocernos.


    El segundo, dos semanas antes de la fecha anterior, ha pasado a la historia como la "Guerra de los Seis Días". Tuvo lugar entre Israel y una coalición de estados árabes formada por Egipto, Jordania, Iraq y Siria, y se desarrolló entre los días 5 y 10 de junio de ese año. Seguí sus vicisitudes con especial emoción, en parte por que estaba en plena edad de ser movilizado militarmente si hubiera ido a mayores, y más en parte aún porque era decidido partidario de uno de los dos bandos enfrentados.


    El tercero de esos hechos fue la lectura de una novela, en los últimos días del  verano de ese año 1967. Me impactó profundamente, y me crean o no, y de ahí mi apelación inicial al azar, la reencuentro en un rincón perdido de mi casa a los cuarenta y cinco años de haberla leído, el mismo día en que celebramos mi esposa y yo el cuarenta y cinco aniversario de nuestra boda.


    La novela se titulaba "La muerte tenía dos hijos" (Plaza y Janés, Barcelona, 1967), y estaba escrita por la novelista Yael Dayán (n. 1939), hija del mítico militar y Jefe del Estado Mayor del ejército israelí, el general Moshé Dayán (1915-1981). Dayán fue el artífice indiscutible de la victoria de las armas de su país en la Guerra de los Seis Días. Posterior ministro de Defensa y de Asuntos Exteriores de Israel, fue un decidido partidario de la devolución incondicional de los territorios ocupados en esa guerra a Egipto, Jordania y Siria.


    La leímos al unísono mi mujer y yo aún conmocionados por los acontecimientos vividos dos meses antes. Sin duda alguna fue un libro que nos dejó una profunda huella, y del que hemos hablado a menudo a lo largo de todos los años transcurridos desde entonces, y que dábamos por perdido para siempre en alguno de los continuos trasvases de parte de la biblioteca familiar entre Maspalomas y Las Palmas.


    La novela transcurre en el Israel de mediados de los años 60. Está centrada en los momentos, reflexiones y recuerdos que preceden al reencuentro de un joven israelí de origen polaco, evacuado a Israel desde Europa al finalizar la II Guerra Mundial, con su padre, del que no sabía nada desde que fuera separado de él y de su hermano menor en un campo de concentración nazi en la Polonia ocupada. El padre está internado en trance de muerte en un hospital israelí. Y es en ese momento del anhelado y temido reencuentro entre padre e hijo, en el que el protagonista rememora angustiado la horrible herida que le ha atenazado durante todos los años transcurridos desde el momento en que su padre se vio obligado a elegir entre su vida y la de su hermano. No me resisto a reproducir los  párrafos finales del primer capítulo, en el que cobra sentido el título de la novela: 


    "No lloraste cuando vinieron por tí. Cogiste a los muchachos de la mano, y cuando el más pequeño te preguntó como podría saber su madre dónde estaría, le dijiste que ya se enteraría y que no llorara.


    Después llegó aquel día de invierno. Se te apartó de la fila con los dos muchachos y fuisteis llevados a un patio que había detrás de los barracones.


    Llevabas de la mano a tu hijo mayor, el cual, a su vez, daba la suya al más pequeño, y tú seguías vistiendo tu mejor traje, como si fueras a dar un paseo por el parque Lazienki. Los oficiales iban armados y te dijeron que te detuvieras. Todos hablabais "yiddish" en casa, deforma que pudiste entender su alemán cuando te dijeron lo encantadores que eran tus hijos. Tú les devolviste su sonrisa -la sonrisa estaba llena de horror- y acariciaste la cabeza de Shmuel, que era el que tenías más cerca.


    Te dijeron que eran encantadores y que tú deberías hacer la elección.


    ¿Entendiste realmente lo que querían decir? Les dijiste que no. Te replicaron que no había tiempo que perder. Debías elegir el que había de ser fusilado y te quedarías con el otro.


    Tú no podías creerlo. ¿Cómo es posible creer una cosa así? Sin embargo era un cerebro humano el que había inventado tan sencilla tortura y te habían dado una oportunidad. ¿Que pasó en aquel momento por tu corazón? ¿Qué podías hacer? Te separaste de los muchachos, te cubriste la cara con las manos y te pusiste a gritar. Te dijeron que se llevarían a los dos, a menos que te decidieses, y cuando te volviste a mirarlos -fue cuestión de segundos- ya nunca volviste a ser el mismo hombre. Estabas temblando y eras Abraham, y eras Dios. Podías dar o quitar una vida y te agarraste a Shmuel, que estaba llorando y que no podía mirar a su hermano, que no hizo nada por acercarse a ti, o por hablar, o por comprender, mientras tú te volvías de espaldas.


    ¿Por qué no me besaste entonces, padre?


    ¿Creíste que me iban a matar allí inmediatamente? ¿Fue por esto por lo que te apresuraste?


    Aquellos hombres, entre charlas y risas, se me llevaron, y me dieron una barrita de chocolate".


    Como complemente de la entrada les invito a ver los tres vídeos elaborados por el canal de televisión Historia sobre la Guerra de los Seis Días que he incorporado a la misma. Espero que les resulten interesantes.


    Y sean felices, por favor, a pesar del gobierno. Tamaragua, amigos. HArendt






    Portada de la novela






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    Entrada núm. 1665

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    "La historia del mundo no es un suelo en el que florezca la felicidad.

    Los tiempos felices son en ella páginas en blanco" (Hegel)

     

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