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David Arráez

Responsable del Cyberdiario, sección de tecnología de este periódico en el que estás, y creador de usuarioarraez.com, este curioso personaje no para de meterse en cualquier lío relacionado con la tecnología. Colaborador de diferentes publicaciones y según dice, "dueño del mejor trabajo del mundo: es...

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Toda la tecnología vista desde un punto de visto diferente y cercano, para todos los públicos y los paladares más exigentes. Es hora de que los tecnicismos se queden a un lado para dar paso a una nueva forma de entender la más moderna electrónica.


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  • 05
    Octubre
    2012

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    PRIMER ANIVERSARIO DE LA MUERTE DE STEVE JOBS

     

     

    Posiblemente, dentro de unos años, muchos conversaremos sobre dónde estabamos cuando nos enteramos de la muerte de Steve Jobs. Y de repente nos daremos cuenta de que estamos hablando con nostalgia sobre cómo fue nuestro primer iPod, o nuestro primer iPhone, en plan abuelo cebolleta...

    Y es que, pese a no haber inventado nada, Steve Jobs lo creó todo. El hombre que siempre se rodeó de los mejores, y que supo tiranizarlos y exprimirlos hasta la última gota de su potencial, tuvo claro desde el principio que él, y solo él, sabía lo que quería hacer.

    La compañía que creó en el garaje de su casa junto a su amigo –si es que lo consideraba como tal– Steve Wozniak fue desde el principio de todo menos una democracia. Jobs tenía las ideas tan claras sobre lo que la gente quería en sus vidas que ni se paraba a escuchar lo que los demás tenían que decir.

    Pero este encantador de serpientes era diferente al resto. Sabía ver lo que los demás no podían ni soñar. Tal y como hiciera Henry Ford con la industria automovilística, Steve Jobs lo hizo con la tecnológica: la democratizó y la puso al alcance de todos. Consiguió hacerla tan sumamente sencilla que cualquiera –siempre y cuando la pudiera pagar– la podía usar de manera eficaz  e intuitiva. Fácil y sin problemas.

    Y los muchos detractores de Jobs tienen razón al afirmar que ni él ni su compañía inventaron nada que no existiera con antelación. Al menos nada relevante. Pero tampoco Henry Ford inventó el coche, aunque sí lo puso al alcance de todo el mundo. Steve Jobs hizo exactamente lo mismo. Puso la tecnología en los hogares de todo el planeta.

    Hasta la llegada del adoptado genio de Cupertino los ordenadores estaban al alcance de expertos programadores que tan solo podían ver líneas de código. Jobs los puso al alcance de las amas de casa y los niños gracias a una interfaz gráfica que hoy en día nos parece lo más normal, pero que no lo era entonces.

    Las múltiples peripecias sufridas en su vida le llevaron a abandonar por la puerta de atrás la compañía que fundó, para regresar tiempo después cual ave fénix, resurgiendo de sus cenizas y convirtiendo una empresa en la ruina en la compañía con mayor valor en bolsa del mundo.

    Pero sus visiones iban mucho más allá del mundo empresarial. Gran aficionado a la música –incluso tuvo una tormentosa relación con Joan Baez– y mitómano de Bob Dylan, fue Jobs quien pensó que podía ser una buena idea vender la música por canciones, y no por álbumes. La oposición de toda la industria discográfica fue feroz al principio, pero la fórmula era perfecta. La genuflexión de las discográficas aceptando su derrota fue histórica cuando iTunes y los iPods se convirtieron en algo más que una moda para ser algo cotidiano en las vidas de millones de personas de todo el mundo.

    El iPhone supuso una nueva revolución –ya iban tres–, pero esta vez en las telecomunicaciones. Y después llegó el iPad, cambiando radicalmente la concepción tecnológica que teníamos.

    Pero el genio de Jobs fue más allá de revolucionar el mundo de la informática, el de la música, las telecomunicaciones o la propia esencia de la tecnología. Su visionaria creatividad –existen más de 3o0 patentes con su nombre– le llevó a levantar un imperio desde un garaje. Un imperio que parecía se tambalearía tras su desaparición, pero que por el contrario se ha fortalecido, gracias también a él. Desde el principio supo inculcar a todos sus colaboradores que la fuerza de su empresa estaba en los productos. Y así ha seguido siendo en estos 365 días sin el genio de Jobs.

    Tras un año de su muerte las cosas han cambiado mucho en la empresa que fundó. Su funcionamiento es distinto, los fallos son más abultados y el perfeccionismo del que hacían gala sus dispositivos parece que no lo es tanto. Afortunadamente la innovación y las revoluciones continúan contra viento y marea, pese al resto de la industria, posiblemente porque los empleados de Jobs se matienen “hambrientos” y se mantienen “insensatos”.

    Una buena forma de recordarlo sea a través de los productos de su compañía y de él mismo.

    Imágenes: Bloomberg, EFE, Reuters

     

     

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