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El rincón de Suso
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  • 13
    Febrero
    2013

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    Las Cañas

        Las cañas:

      -Aquellas especies invasoras. . .

    No nos será difícil recordar las noticias que, a través de la prensa y de los medios de comunicación se dieron hace algún tiempo, sobre las especies consideradas como invasoras en nuestras Islas Canarias. Una de ellas eran: “Las cañas”. De ellas, tenemos gratos recuerdos.

    Fueron estas, uno de los forrajes prestigiosos para la alimentación del ganado. Las que transcurridos muchos años, aún sigue activa su producción, aunque de forma degenerada, por la falta de adecentamiento de los cañaverales y debido a la caída de la ganadería: así como por el abandono de la agricultura en las Islas.

    Se situaron o plantaron en sitios húmedos, con el fin de aprontar su producción. Y más tarde, pasaron a formar parte de las orillas de los terrenos, ya que, además de alimentarse de los riegos de las cosechas y de las lluvias, servían de contra-pared: es decir, su raíz,  ejercía de entrelazado, manteniendo el terreno ante posibles derribos.

     

    Se cuidaban con gran esmero, dándoseles la primera poda, cuando alcanzaban una altura de metro y medio: se les retiraban los hijos más delgados. La segunda, cuando alcanzaban un alto prudencial: se pelaban sus hojas y quitaban las puntas. De esta forma, brotaban por sus nudos, lo que se conoce como carrizos, aprovechando el producto, como pastos de verano. En la recolección del carrizo, se tronchaban éstas, y limpias del forraje, se ponían tendidas sobre el terreno, con el fin de que el sol las secara, haciéndolas más ligeras de peso y más consistentes.

     

    Finalmente, se vendían, siendo adquiridas por los intermediarios, a los que se les conocía como “Cañeros”, quienes las clasificaban y remataban para venderlas en las zonas donde se llevaban a cabo plantaciones de tomateros y hortalizas de enredadera. Existían unas vitolas o tamaños, para su clasificación por altura: “de puntal, larguero y zoco”. Las primeras se utilizaban para los pilares del armazón de las enlatadas. Las segundas para los laterales en su longitud. Y las terceras para hacer las esterillas o zocos de los cultivos, librándolos en parte del viento y de las plagas.

     

    Los manojos estaban formados en varios estilos: “de puntal, 100 cañas: 50 pares; larguero, 100 cañas: 50 pares. Y los de zoco, 200 cañas: 100 pares”. Fue este un gran negocio para los intermediarios, y una ayuda para los agricultores, aunque de bajo rendimiento. En la actualidad, este negocio descansó en paz.

     

    Existía una cierta picaresca en el negocio de las cañas. Los “cañeros”, ejercían de patrones, contrataban jornaleros con el fin de llevar a cabo la recolección del producto, pagándoles un pequeño sueldo establecido de antemano; el mismo que se veía recompensado con una pequeña comisión, en razón de la cantidad de manojos que amarrasen en el día. Asunto que se hacía algo difícil, debido a que se realizaba en la época veraniega, cuándo los calores eran demasiado fuertes.

     

    Para ello establecían unas reglas, de las que luego sacaban rendimientos. Ordenaban a sus trabajadores que, al apartar las cañas, introdujeran en las denominadas “de zoco”, varios pares de las “de puntal”, (porque eran más gruesas): así como media docena de pares de más, en cada uno de los modelos. Luego, cuando las recogían, eso sí, acarreadas por los agricultores hasta las orillas de las carreteras, para ahorrar gastos, las almacenaban en ciertos andenes o solares, donde volvían a ser desamarradas y apartadas.

     

    Era entonces cuando se les sacaba la gran ganancia, ya que, separadas las piezas que introdujeron, denominadas “de puntal” y las que aumentaron en el resto de los manojos, se agrandaba el volumen de la cantidad: incluso quitando algunos pares a los nuevos amarres; los que en vez de, 50 u 100 pares, llevaban menos. Sacando de ello el gasto que habían remunerado en la recolección: pagos a los trabajadores, por quienes no tributaban a la “Seguridad Social”, dado que trabajaban en una economía sumergida que les permitía subsistir y sacar a sus familias adelante. Así como en el aumento de precio de venta a los alparceros.

     

    Existieron muchas personas dedicadas al trapicheo de la caña; de  los que conocimos algunos por las zonas de Teror y  la Vega de San Mateo así como de Tejeda:

     

    Teror: Dn Pedro Reyes Domínguez.

                        Dn. Sebastián Sánchez Déniz.

                        Dn. Francisco Ascanio.

                        Dn. Manuel Baez.

     

    San Mateo:

                       Dn: Hilario Santana Reyes.

                       Dn. Pedro Quesada Marrero.

     

    Tejeda: Los “Hermanos  Suárez”.

     

    También se utilizaron otros medios en la recolección de las cañas: contrataban el personal y a su vez, les encargaban el resto del trabajo, a pie de carretera, con un precio estipulado. Éste, en muchas ocasiones se les remuneraba con una parte del sueldo en metálico y otra en productos de alimentación: plantas u abonos para los terrenos; debido a la escasez que existía y a las necesidades de las familias. Pues los “Cañeros” solían ser personas que se dedicaban al comercio, con carácter general, sin excepción de artículos.

     

     

     

     

     

     

     

     

     

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