Blog 
El rincón de Suso
RSS - Blog de Eleuterio Jesús Santana Déniz

Archivo

  • 12
    Febrero
    2013

    Comenta

    Comparte

    Twitea

    Recuerdos de nuestra identidad canaria.

     RECUERDOS DE NUESTRA IDENTIDAD CANARIA

    Por: Eleuterio Mª de Jesús Santana Déniz.

             investigador. 

    Cada día que pasa, de nuestra vida, podemos constatar con mayor evidencia como nuestro pueblo canario, va perdiendo su identidad a pasos agigantados. Su forma de ser, su estilo y su peculiaridad, unida a su idiosincrasia, que ha sido admirada y alabada en tantos lugares de nuestra geografía isleña, va siendo absorbida por la avalancha de turistas y emigrantes, que procedentes del exterior, traen otras costumbres. Que menos tenemos que decir de las nuevas tecnologías que se van entronizando en cada hogar, a las que se les presta la máxima devoción, suma reverencia y acatamiento, sumándose a estas la televisión y la informática.

    Palabras, acepciones, dichos populares, comportamientos sociales, tradiciones, personas antiguas, recordadas por sus peculiaridades, vigentes hasta no hace muchas décadas, han desaparecido casi por completo del mundo de las nuevas generaciones.

    De ninguna manera pretendemos defender -como a veces algunos han pretendido-  equivocadamente, que se siga hablando lo que realmente es incorrecto. Ni tampoco promulgar que se mantengan  viejas costumbres que la técnica moderna ha superado felizmente, propiciándonos una vida más confortable, agradable y más humana que entonces.

    Es nuestra intención reflejar, con la mayor felicidad posible aquellos acontecimientos, no muy lejanos que nuestros padres e incluso nosotros mismos en la ya lejana niñez, vivimos y compartimos, para que no quede borrado en el decurso del tiempo. Y, al mismo tiempo,  dar a conocer  algunas de las costumbres de vida personal, de aquel entonces. Lo hacemos en el presente artículo, hablando de  personas que, por sus características, fueron bastante conocidas.

    SILVESTRE

    En todos los pueblos de nuestras islas han existido y existen personas que han calado más hondamente por su buen hacer, por su condición personal o su definición social. Siempre y en todas las épocas hemos conocido, pobres y ricos, y entre estos, diferentes opciones y aptitudes personales, con sus instintos más o menos desarrollados.

    Tenemos que situarnos en la zona de Valleseco, uno de los Municipios más jóvenes de Gran Canaria, para tener referencias de dicha persona, la que pasó por esta vida, como tantas otras, y por la que siento el máximo respeto, sin diferencia de clases. Pero con unas características que marcaron huella en la historia.

    Nos comenta el afamado escritor y investigador, don Domingo Reyes Naranjo, en su publicación titulada “Valleseco tierra adentro”,  que en la zona de Gran Canaria que abarca los pueblos de Firgas, Teror, Valleseco, Tejeda y Artenara, es prácticamente imposible encontrar  una persona que se llame “Silvestre”.

    Y no precisamente por el hecho de que cierto cura de Las Medianías pusiera dicho nombre a todo niño que naciera de padre desconocido, por eso de que en latín “silvestre” significa “de la selva”. A instancias personales tengo que confirmar que solo he encontrado en mi vida a una persona con dicho nombre, y este lo heredó al haber nacido el día 31 de diciembre, fecha en que se celebra la Onomástica de dicho Santo: (S. Silvestre I. Papa). 

    Nos dice el historiador que, era dicha persona, por su figura y su nombre el terror de los chiquillos de aquellos pueblos por donde transcurría su existencia, ya que deambulaba pidiendo limosna. Jorobado desde pequeño, según contaban, debido a una caída de la cuna, sus brazos casi tocaban el suelo. Que nunca se afeitaba y, por eso,  su espesa y rizada barba, negra, llenaba toda su cara, tapándole casi los ojos, que como unos faros de luz deslumbrante se divisaban en su esperpéntico semblante. 

    Vestía con un viejísimo sombrero, con las alas cortas y caídas, rancias hasta el extremo, tapando su larga cabellera. Sus pies jamás habían tocado calzado alguno: eran casi tan anchos como largos y más duros que la misma suela. Por su voz, apenas se le entendían las palabras, ya que había sufrido una lesión en la “campanilla”, y que nadie sabía cuando. 

    La higiene y el aseo personal eran cualidades desconocidas para él. La suciedad severa, le era muy común. Y sus ropas, llenas de brea, caían al suelo a jirones. Sólo en ciertas ocasiones se renovaban, y eso, cuando el Señor Alcalde da Valleseco daba órdenes de conducirlo al cuartelillo, para proceder en este alojamiento a bañarlo, cortarle el pelo y afeitarlo, aprovechando la ocasión para sustituirle las ropas por otras limpias. 

    Comentaban quienes le conocieron a fondo que, por el mal olor que despedía, se percibía desde muy lejos su acercamiento. Siempre llevaba a hombros un saco en el que iba echando las limosnas que en especies, las gentes le daban. Era como el carroñero de todas las “matás de cochino”, llegado el rigor del invierno. Allá por los meses de noviembre y diciembre, apenas se enteraba del hecho, ya estaba a la puerta del patio, reclamando lo suyo: una pata o una oreja del cerdo; decía: “por una patita de cochino, camino yo muy lejos”. 

    Según versiones manifestadas por quienes le conocieron, la gente menuda de los barrios por donde solía pasar, tenían miedo de tropezarse con él, en los caminos, sobretodo si iban solos. Pero como estuvieran reunidos en grupo, tenían diversión al canto, por las tendencias exhibicionistas de aquel personaje, que provocaban el repudio de los pequeñazos.

     

    PERICO EL DEL CESTO

    Fue este hombre uno de tantos, entre los que por su época de juventud, años cincuenta, comenzaron a forjarse su propia subsistencia y la familiar, ejerciendo como vendedores ambulantes, de puerta en puerta, sin dejar de tener la dificultad de no poseer automóviles para el traslado; ni incluso permitirse el lujo, en muchos de los casos, de poseer en propiedad, un jumento que les aliviara en sus largos recorridos.

    Puedo dar fe de ello dado que, mi propio padre, comenzó su vida familiar, gracias a este jobbi, con el que adquirió los primeros cuartos para comprar una vaca, y dedicarse luego a la profesión de agricultor. Incluso conocí personalmente a varios comerciantes de gran prestigio, que en el pasado, consolidaron fortuna, tras enfrentarse al comienzo con estos duros y rudimentarios artes.


             Su procedencia y dedicación:

    Perico: Pedro Rodríguez Sánchez, era natural de Teror y vecino de Los Arbejales, hijo de Vicente Rodríguez y de doña María Juliana Sánchez. Unido en Matrimonio: civil y eclesiástico, con doña Clara Nuez Sánchez, crearon una gran familia numerosa, llegando a perder varios hijos pequeños, por las dificultades sanitarias tan deficientes que se sufrieron hasta muchos años después de la Guerra Civil española.

    Se conoce como desde la edad de diez años, ya había iniciado su mercadería doméstica, dedicándose de martes a sábado a recorrer las casas, una por una, desde su domicilio habitual hasta lo más recóndito de Valleseco y parte de la Vega de San Mateo. Portaba a hombros un palo, del que pendían dos cestos a ambos extremos; en uno llevaba lo que vendía y en el otro iba echando lo que compraba.

    Las mujeres de la época le conocían como: “el ángel bueno”, ya que eran muchas las veces en que les sacaba de apuros y les ahorraba el tener que hacer un largo desplazamiento, para adquirir pequeñas cosas imprescindibles en cualquier hogar. Solía llevar en sus cestos, hilos de coser, agujas, trabas para el pelo y para la ropa, azafrán, cominos, pimentón, elásticos, fósforos, polvos para la cara o, cualquier cosa que la clientela le encargase.

    En muchos de los casos, ante la pobreza y escasez de dinero que existía, cambiaba sus productos, por huevos o por otras mercancías; contándose entre lo que adquiría: queso, mantequilla y hasta cuajos o cueros de baifos. La venta la ejercía siempre de martes a sábado, dado que el lunes era el día escogido para bajar a Las Palmas y rematar lo adquirido.

    Su desplazamiento a la Ciudad lo hacía en la camioneta de Benjamín, un lechero que procedía de la zona de San Isidro de Teror; que partiendo de dicho lugar, pasaba por Los Monteros, cuando empezaba a asomar el sol por la Montaña del Gallego. Alí subía Perico, con su cesta grande, de mimbre y caña, dispuesto a realizar su faena, ubicado en medio de las lecheras y sacos de papas.

    Solían acompañarle otros vecinos, que se dedicaban a los mismos negocios, incluso a la venta de leche en la ciudad, y que recogían a hombros por los caminos y veredas del campo, en los alpendres de los diversos ganaderos, para luego proceder a su distribución entre sus clientes. Tardaban casi dos horas en llegar a Las Palmas, debido a la demora de algunos compañeros, y a las paradas que realizaran en el trayecto. Mientras que en el camino de traslado, compartían opiniones sobre la clientela y los precios de venta.

    Perico, tenía su despacho de queso y mantequilla por los alrededores de San Bernardo y la Calle de Triana; estos eran los clientes fijos, luego se dirigía al Callejón de la Tómbola: hoy continuación de la Calle de La Pelota, muy cerca del Mercado de Vegueta, y ejerciendo una especie de mercado persa, junto a otros vendedores, sin grandes dificultades, colocaba el resto de su mercancía. Por lo que terminado el trabajo, sobre la una de la tarde, se reunían los compañeros en el “Bar Las Tapas”, pegado al antiguo Matadero Municipal, para saciar los apetitos y cambiar impresiones sobre los más variopintos temas de actualidad: precios, la guerra mundial, la escasez, las carreras de caballos, el estraperlo y el cuartel.

    Por la tarde, cosa de las cuatro, se iba a la tienda de don Miguel Lantigua, junto al Teatro, la que abría puntualmente. En este completísimo comercio no faltaba nada  de lo que hacía feliz a cualquier ama de casa. Allí se abastecía de todas las cosas menudas que llevaba de puerta en puerta en su recorrido por: Llano Roque, Las Toscas, San Isidro, La Majadilla, Madrelagua o Utiaca. Y aunque lo que le sobraba de la venta y la compra no era gran cosa, sí lo suficiente para ayudar a sus padres y años más tarde, sacar adelante a su familia.

    Como a las cinco y media de la tarde, tenían que estar en el “Camino Nuevo”: Bravo Murillo, junto a la antigua “Cervecería de la Salud”, dado que era la hora en que la camioneta de Benjamín, pasaba, desandando su recorrido, rumbo hacia el punto de partida, San Isidro, donde hasta la próxima semana tenían que currar de nuevo, para continuar su acometido de subsistencia.


             JUSTIFICACIÓN:

    Con estas anécdotas del pasado, queremos dejar por sentados los sacrificios que pasaron nuestros padres, mientras que en la actualidad, presumimos de ser tan buenos y útiles, ya que ellos lo tuvieron que edificar todo, para que nosotros lo encontráramos más fácil y cómodo. Y aún así caemos en decepción y lo pretendemos todo hecho.  Que bien nos lo presenta el gran filósofo chino, “Confucio” (551: -479 a. Cristo): “Aprender sin pensar es inútil. Pensar sin aprender, peligroso”.

     

    Compartir en Twitter
    Compartir en Facebook