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Elizabeth López (El lápiz de la luna)
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Elizabeth LC

Elizabeth López Caballero es profesora especialista en Audición y Lenguaje, mediadora e instructora de yoga infantil. También es Presidenta de la Asociación Contra el Acoso Escolar de Las Palmas (ACAELP). Es colaboradora en La Provincia y tiene varios libros publicados, entre ellos podemos destacar:...

Sobre este blog de Canarias

El lápiz de la luna es un rincón en el que poder dar rienda suelta a mis inquietudes, para así, poder entender un poco mejor este mundo loco en el que vivo.


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  • 13
    Marzo
    2017

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    Canarias Las Palmas

    Cabezas de serpiente

    Si alguien me preguntara qué es para mí la felicidad, probablemente no sabría qué contestarle. Puede que hasta pecara de cobarde e intentara eludir la pregunta. De cobarde, sí. Esa cualidad que tanto rechazo, porque, estoy casi segura de que la cobardía es una de las causas de la infelicidad. Que aún, a mis treinta y un años, no tengo muy claro de qué va eso de ser -como dicen los adolescentes- “happy”. No sabría tampoco decir si alguna vez he sido feliz o esos instantes de gloria eran espejismos de mi cerebro cual oasis en el desierto. Supongo que lo habré sido, tal vez incluso mucho y, que la panza de burro y el frío que se ha instalado nuevamente en la ciudad, relegando a un segundo plano al cálido sol que estos días nos avivaba el ánimo, sea la causante de mi melancolía. Ayer alguien me dijo que se consideraba una persona positiva y que tenía fe en la raza humana. Que estaba casi segura de que esto solo puede ir a mejor y no a peor. Yo asentí, por no ser descortés. Desagradable o negativa. Pero en mi fuero interno, además de admirar a esa persona por su fe, también me compadecía por su bondad. Puesto que, muy a mi pesar, cada vez consigo ver menos cualidades positivas en las personas. Y tal vez yo sea el primer deshecho humano. Puede que incluso esté totalmente corrompida por dentro y por eso no alcanzo a ver la luz de los demás. Pero, puede que también el problema sea que la luz ha subido tanto que a la gran mayoría le ha dado por usar bombillas de bajo consumo. De bajos valores. De escasa moral. ¿Qué nos lleva a ser malas personas?, me pregunto constantemente. Después de darle vueltas y vueltas al asunto –mi gran talón de Aquiles, el constante runrún de mi cabeza- he llegado a la conclusión -a mi verdad- que no tiene porque ser la de nadie más, de que lo que lleva a una persona a la maldad es la envidia. Ramón Menéndez Pidal escribió en mil novecientos veinticuatro que la envidia es "una pasión muy humana, pero demasiado española”. El psicólogo Guillermo Fouce defiende que todas las personas son un poco optimistas o pesimistas, altruistas o envidiosas, confiadas o recelosas, según las circunstancias y las vivencias. Pero sé que todos no somos malos y también sé que todos no somos envidiosos. Que hay personas que van por la vida a corazón abierto. Dando de más. Alegrándose por la felicidad ajena. Acumulando dharma. Y que luego están esas otras que van por la vida con un disfraz de bondad que esconde un monstruo ctónico femenino -porque la envidia es muy femenina (a mi juicio)- que convierte en piedra a todos aquellos que la miran a los ojos. Sí, hablo de Medusa. Esa es la imagen que se presenta ante mí cada vez que me topo con una envidiosa –que en los últimos tiempos cada vez son más (debe de haber ofertas)-. Como bien he anunciado, llevo algún tiempo topándome con demasiadas cabezas de serpiente, que lejos de convertirme en piedra, lo que me hicieron fue añicos. Era tanta la envidia –y no porque yo me considere gran cosa- que profesaban hacia mí, hacia la vida que tenía en ese momento, que el veneno les teñía la poca cordura que pudiesen tener. Mentiras y más mentiras. Porque la envidia es muy mentirosa, tanto que hasta ayer me persiguió para venirme con más cuentos. ¿Que qué pretendían? No lo sé, la verdad; porque ya lo han conseguido prácticamente todo, ¡joder! Cualquier manual de psicología te explica que la envidia en un adulto responde a las experiencias de pequeñez y desvalimiento en la infancia. Un sentimiento que los atrapa de mayores y los convierte en personas crueles, insatisfechas, amargadas y sobre todo, infelices. Después de saber todo esto, me pregunto ¿y qué hago? ¿Cómo lo gestiono? Porque para bien o para mal, aquí estamos para aprender y el dolor es el mayor maestro. Lo primero es agradecerles el aprendizaje, he terminado esta etapa de mi vida con un máster en cómo detectar a las personas que se acercan a mí con una amplia sonrisa y un afilado puñal y un doctorado en cómo alejarlas. Ahora estoy en proceso de sacar una cátedra sobre cómo conseguir que no me afecte este tipo de situaciones y, sobre todo, hacerles saber que, les guste o no, yo ya vengo de vuelta. Concluyo, esta mañana de lunes reflexiva, recordándoles a todas esas personas que se dedican a sembrar el mal, que en algún momento deberán recoger la cosecha y, que mientras yo, me lo tomaré con karma.

    Cabezas de serpiente

     

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