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Daniel Capó


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  • 07
    Diciembre
    2015

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    Debate a cuatro

    Rajoy ha rechazado acudir al debate de esta noche en una decisión tan comprensible como polémica pero, sobre todo, inútil para sus intereses. Si las últimas encuestas ofrecen perspectivas de voto similares para los cuatro partidos nacionales, cabe pensar que cualquier decisión de carácter defensivo pueda ser interpretada por el electorado como un acto de cobardía o escapismo. A Rajoy le interesa mantener una narrativa bipartidista, que erosione lo suficiente al PSOE -pero no hasta el punto del colapso- y reunifique el voto útil en torno a los dos partidos centrales. A día de hoy, el riesgo de liquidación por derribo no es equivalente entre ambos partidos. Sabemos que en 2011 el PP contó con mucho voto prestado que ahora podría irse a Ciudadanos; mientras que los socialistas, en cambio, sufren una especie de tormenta perfecta que les hace consumirse por la izquierda –Podemos-, por el centro –Cs- y también por el canal nacionalista en comunidades como Cataluña, Valencia o Baleares. Con su decisión, Rajoy busca mandar el mensaje de que los candidatos reales son dos -él y Pedro Sánchez- y que entre ellos deben elegir los españoles. El problema es que la sociología del país ya no responde al bipartidismo. Al menos no en el momento actual.

    Hay que señalar que, desde un punto de vista programático, los debates a cuatro, a cinco o a seis, sirven para muy poco. Lo pudimos comprobar este domingo por la noche cuando se enfrentaron los portavoces del área económica de los distintos partidos. También lo hemos comprobado legislatura tras legislatura en los debates autonómicos, donde la tradición de debate multipartidista suele ser mayor. Da igual. En este caso, lo importante es la imagen y no el fondo. Al mandar a Soraya Sáenz de Santamaría, los populares buscan no sólo reforzar la marca Soraya, sino sobre todo no consolidar la fortaleza como candidatos de Iglesias y de Rivera. Además de emparentar generacionalmente a los cuatro -todos ellos nacidos en la década de los 70-, subrayando así el mensaje de que será la juventud la que dirima el futuro de esta nación. Y, de paso, muestra que en el PP también hay jóvenes.

    El problema es que Rajoy manda un mensaje equivocado. Su ausencia se interpreta como miedo y cobardía, precisamente en aquel campo –la comunicación- donde más ha flaqueado a lo largo de esta legislatura. Presentarse al debate le habría aportado votos, entre otras razones porque –por edad- es el más bregado de todos los candidatos y el único, además, que puede ofrecer una imagen de experiencia y cierta solidez. La segunda derivada es que Soraya saldrá seguramente airosa del aprieto. Tiene tablas suficientes para ello. De este modo, si el futuro de la nación depende de los jóvenes, el futuro de la derecha española se dirimirá ahora o de aquí cuatro años entre la vicepresidenta y Albert Rivera.

     

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