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Daniel Capó


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  • 08
    Diciembre
    2015

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    El catenaccio

    La doctrina Rajoy avanza de acuerdo a una lógica importada del catenaccio. Fútbol, siempre el fútbol, en la España de las innumerables copas. Para los partidarios del cerrojo italiano –no busquen aquí jogo bonito–, la clave de un buen resultado pasa por la defensa: hay que amontonar jugadores detrás –el vasco José María Maguregui hablaba de “colocar un autobús”– hasta convertir la portería local en un bastión inexpugnable y esperar a que los errores de los adversarios faciliten algún contragolpe letal. Para ello hacen falta tres cosas: jugadores leñosos y experimentados, buen fondo físico y dos velocistas delante que sepan aprovechar las oportunidades. En clave política, el catenaccio de Rajoy consiste en permanecer impasible y dejar que los rivales se destruyan entre ellos. No le pidamos imaginación al actual presidente del gobierno, aunque sí consistencia. Anoche tuvo ocasión de demostrarlo de nuevo.


    Para empezar, no se presentó al debate a cuatro organizado por Atresmedia. Visto lo visto, no fue tan mala decisión. Soraya llegó con la lección bien aprendida: dar un paso atrás, defender el espacio conservador –“nosotros somos la experiencia” – y azuzar a sus rivales para que se despedazaran  mutuamente. Le salió a medias, puesto que resultaba imposible salvaguardar todas las parcelas de gobierno; sin embargo resistió con oficio, no como otros.

    En especial, la noche del debate dejó muy tocado a Pedro Sánchez, que evidenció sus debilidades: encorsetado, poco natural, sin chispa y falto de carisma. Al contrario de Pablo Iglesias, que más allá de algunos momentos cómicos –como confundir PricewaterhouseCoopers con House Water Watch Cooper– ofreció una imagen de cercanía y de contundencia. Podemos canibalizó anoche a un PSOE que se despeña a la espera de un nuevo líder. Por la banda derecha, Rivera estuvo sobreexcitado, nervioso, moviéndose constantemente, aunque no cometió ningún error garrafal. Ofreció propuestas interesantes y se creció al hablar de la corrupción –fueron los peores momentos de Soraya, poco convincente–, pero no llegó a ofrecer una imagen de  alternativa real. La duda que crece sobre Rivera es si se trata de un auténtico político de Estado o de un hombre prefabricado, a base de coaching y una acertada mercadotecnia, y que ahora vive un proceso de éxito demasiado acelerado. Quizás le perjudicó la comparación con la vicepresidenta, que también empezó encorsetada y fue ganando terreno a lo largo de la noche. A diferencia de los demás, ella no buscaba noquear a nadie sino que le bastaba con el empate, en aplicación del catenaccio de Rajoy. En cualquier caso, una suplente no puede rematar el partido.


    Las crónicas deportivas van por colores, si bien cabe presumir lo siguiente: anoche Podemos arañó votos por la izquierda, el PP no los perdió, Ciudadanos aportó propuestas interesantes pero nos mostró a un líder nervioso y desigual, y el PSOE terminó desfondado y sin goles. Pero todavía seguimos en la primera mitad de la campaña: queda tiempo para la sorpresa.

     

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