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Leemos y recomendamos libros. No somos críticos, pero nos aferramos a nuestra pasión literaria como quien se abraza a un primer amor. Y recordad... todo está en los libros


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  • 09
    Marzo
    2015

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    Las desdichas sexuales de un autónomo para todo

     

    Las desdichas sexuales de un autónomo para todo

    Algo tiene un escritor cuando su obra hace correr caudalosos ríos de tinta en forma de comentarios, reseñas o críticas. Mucha más tinta de la empleada en escribir esos libros (pues, en el caso que nos ocupa, no son –hasta la fecha– lo que se dice muchos).

    Y ese algo que tiene ese escritor ha de ser condenadamente bueno cuando consigue que toooodas esas reacciones sean unánimemente elogiosas.

    Pues bien, estamos hablando de Santiago Lorenzo.

    O estamos hablando de «Las ganas», el nuevo título de una producción que viene a consolidar lo que se antoja ya una «Biblioteca Santiago Lorenzo» dentro de editorial Blackie Books, tal es la personalísima voz del autor y tal es la adhesión que ha logrado entre los lectores.

    Y «Las ganas», su tercera novela, es más de lo mismo. Afortunadamente. Más de ese peculiar idioma y más de esa aguda capacidad para describir las miseries y los tics y las frustraciones de cada quién es cada cual. Un idioma nutrido de vocablos y expresiones que quizá ya no viven en el habla cotidiana pero que habitan en la memoria colectiva y, por ende, en la añoranza común. Vocablos y expresiones tiernos para describir unos protagonistas vulnerables, solitarios, apocados y perdedores en unas circunstancias melancólicas, rutinarias o atascadas en su viaje a ninguna parte. Incluso protagonistas y circunstancias que el lector podrá reconocer agazapados en algún rincón de sí mismo o de su entorno.

    «Benito es feo. Hace tres años que no eso». De esta guisa reza la faja que abraza al libro. La frase, amén de promocional, es rotundamente sinóptica: expone el triste sino del protagonista y su pertinaz sequía venérea. La desgracia del pobre Benito –y el deleite del lector– no se consume aquí, claro. La desdicha del susodicho va a más porque se extiende a una vida profesional –y económica–, que encuentra tantas dificultades para prosperar como su paupérrimo currículum sexual. Y es que Benito es un químico que, al frente de su propia y modesta empresa –o sea, Benito es un triste autónomo– espera –tanto como un buen polvo– la compra de una patente suya por parte de una gran corporación. Pero ni lo uno ni lo otro llega.

    A cambio, lo que sí llega a su gris existencia es una mujer hecha a su imagen y semejanza. Bueno, a semejanza suya no, sino de su ------------, lo que le impide consumar una coyunda que le resultaría terapéutica. (Sigmund, tronco: tu también tienes que leer esta historia. Te va a encantar).

    Pero el desvalimiento del protagonista no sólo logrará despertar la simpatía compasiva del lector. También la de un formidable reparto de personajes secundarios que saldrán en su ayuda. O en su hundimiento. En este sentido, el arriba firmante firmaría cuantos changeorgs fueran precisos para que la personaja Yureni asumiera el protagonismo en una próxima novela de Lorenzo, en una suerte de espinoff literario.

    Esta tercera novela supone un fuerte contrapunto argumental respecto a «Los huerfanitos», el anterior título de Lorenzo –una dislocada y muy coral aventura que tiene lugar en un gran escenario (de hecho, acontece en un teatro). Con «Las ganas», el autor vuelve a los recintos íntimos, domésticos, sencillos y humildes que ya explorara con éxito en «Los millones» su debut literario (rescatada por Blackie Books desde su edición original en Mondo Brutto). Allí, como aquí, su tristón prota, que también sobrevive al margen de todo, encuentra en una vital mujer y en una golpe de suerte, la posibilidad de dar un ídem de timón a su vida.

    Ayayay, que se me acaban ya estas líneas y todavía no he cumplido con el precepto de recalcar que Lorenzo es un digno heredero de Azcona. Lo cual ya es un lugar común porque es una verdad como un templo.

    Dicho lo cual, espero que se interpreten estos últimas párrafadas en su único sentido posible: el de invitar a la lectura de estas novelas. El único problema que tendrán será elegir en qué orden. Pero total, van a acertar seguro.

     

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