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  • 31
    Octubre
    2014

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    Perdedores de una guerra, héroes en otro país (o cómo saber escuchar a nuestros abuelos Cebolleta)

    Por VICENT IVARS

     

    Título: Los surcos del azar

    Autor: Paco Roca

    Género: Drama, Historia, Cómic

    Editorial: Astiberri

    Año: 2013

    Páginas: 328

     

    «Las batallitas del abuelo Cebolleta» o «ser un abuelo Cebolleta» es quizá la locución que mejor representa la gran aportación de la extinta Editorial Bruguera (ex-tinta, que casual juego de palabras) a la cultura popular española.

    «Un abuelo Cebolleta», ya saben, es alguien dado a rememorar, con todo lujo de prolijidades, sus vivencias de juventud. La expresión tiene su origen en el personaje de Vázquez, un vejete siempre presto a dar la tabarra con los avatares bélicos de su mocedad.

    Creo recordar que las batallitas del barbudo abuelito eran las de las guerras de Cuba o Filipinas. Y resulta sorprendente cómo dicha expresión ha perdurado hasta nuestros días, cuando la característica actitud respecto a la Guerra Civil española, por parte de quienes la vivieron, ha sido el silencio. Un mutismo guardado bajo un manto de vergüenza o de miedo o de dolor.

    Uno de los silencios más valiosos es el que ha logrado rescatar el dibujante valenciano Paco Roca en 'Los surcos del azar': el silencio que guardaba, en su exilio francés, un combatiente republicano y componente de la mítica La Nueve (la columna española que irrumpió en el París ocupado por los nazis).

    Y precisamente el silencio, un angustioso silencio, preside las primeras páginas de este magnífico reportaje gráfico. El silencio de 15.000 personas que, arracimadas en el puerto de Alicante, arrinconadas por las tropas franquistas en los estertores de la Guerra Civil, aguardan el exilio con la llegada de unos barcos que no llegarán para salvarles la vida.

    Este arranque está basado en el monográfico que publicó el diario INFORMACIÓN, de la mano de Francisco Moreno y Juan Martínez Leal, y prosigue con la gesta de Archibald Dickson, el capitán del vetusto carbonero inglés Stanbrook, quien –entre los bombardeos enemigos– se convirtió en un precursor de Oskar Schindler, al contravenir las órdenes de su empresa y acoger a bordo a 2.638 de aquellas personas y llevarlas rumbo a Orán. Tanto fue el peso de aquellas almas que llegaron a amenazar la línea de flotación del barco. (A veces las serendipias juegan a los parecidos razonables: los del Schindler cinematográfico y el 'alicantino':).

    La narración prosigue con las penurias de los militares españoles en los campos de concentración del Sahara y el posterior enrolamiento en el Cuerpo Franco de África –con su participación en la campaña de Túnez– y en La Nueve, hasta la toma del Ayuntamiento parisino. Verbigracia, el mismo ayuntamiento que hoy preside una hija de exiliados republicanos, Anne Hidalgo (la cual ha prologado la edición francesa del cómic e impulsado una primera placa en París en honor a esta columna).

     

    La práctica totalidad de la obra de Paco Roca tiene algún punto de conexión con la Guerra Civil. Y en no pocos de sus títulos –como fue «Arrugas», su primer gran éxito–, demuestra su sensibilidad para con los ancianos. Si a ello añadimos su mayor madurez como autor, tendremos como resultado que «Los surcos del azar» constituye su creación más ambiciosa, por compleja y por conseguida. Y la más didáctica.

    En diversas entrevistas recientes, Roca ha confesado su interés por el trabajo que realizan autores como Joe Sacco –quienes más allá de cuestiones de si cómic o galgos, novela gráfica o podencos elaboran formidables trabajos periodísticos en forma de viñetas–. Pues bien, la labor de campo realizada por el valenciano lo acredita ya como un formidable periodista comiquero: la localización de un antiguo combatiente, el viaje hasta Francia para entrevistarlo, la insistencia ante su hosco hermetismo y la adaptación de todo el relato al descubrimiento de su identidad real (Miguel 'Campos' Ruiz) y con ella, de su condición de héroe de guerra. De hecho, «Los surcos del azar» combina dos géneros periodísticos: de una parte, la crónica de la guerra; de otra, la entrevista –que, dibujada a dos tintas– se intercala con aquélla.

    En lo narrativo, cada viñeta de cada página es un hecho en sí misma. No existen largos textos explicativos ni bustos parlantes. Las escenas de las batallas –que de algún modo remiten a aquellas «Hazañas Bélicas» tan leídas en nuestra posguerra–, así como las diversas conversaciones mantenidas, vienen acompañadas de expresividad visual, de acciones y de movimiento. Se entiende entonces que Roca haya tomado parte en la versión cinematográfica de «Arrugas» y se haya embarcado en su propio rodaje con «Memorias de un hombre en pijama»: desde hace ya tiempo, su discurso es tal que cada viñeta constituye también un fotograma.

    En fin, que la lectura de «Los surcos del azar» no se agota aqui. Antes bien, las largas conversaciones de Roca y Ruiz sirven para retratar el penoso exilio interior que han marcado estas vidas. Asimismo, la pericia del narrador permite reservar para las viñetas finales un revés de los que perdura en la memoria de todo lector. Del mismo modo que este libro debe figurar en toda biblioteca.  

     

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