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Leemos y recomendamos libros. No somos críticos, pero nos aferramos a nuestra pasión literaria como quien se abraza a un primer amor. Y recordad... todo está en los libros


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  • 08
    Agosto
    2014

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    Quien tiene imaginación tiene un tesoro (o cómo disfrutar de la lectura como un niño)

    Por VICENT IVARS
    (@VicentIvars)

    Título: Memorias de un amigo imaginario
    Autor: Matthew Dicks
    Editorial: Debolsillo
    Año: 2013
    Páginas: 432

    Un adulto no es mucho más que un niño ya criadito por el tiempo. Para abundar en esta afirmación se podría echar mano de la opinión de psicólogos y educadores, pero aquí y ahora nos bastará con una experiencia que nos es conocida porque nos es común.

    Usted y yo hemos asistido a un entretenimiento infantil (una peli, un teatro, unos títeres) que, si ha tenido una cierta calidad, nos ha descubierto pasándolo  bomba. Disfrutando como niños.

    Pues bien. «Memorias de un amigo imaginario» es precisamente eso. Un formidable espectáculo de imaginación y ternura que cautiva tanto al que hoy es un niño como al que lo fue hace ya más o menos tiempo. ¿Se da por aludido? ¿Sí? Pues sigamos.

    La novela de Matthew Dicks aborda una cuestión que muchos otros autores de la literatura infantil y juvenil habrán abordado ya: los miedos y la inseguridad en la niñez. Dicks lo hace también como lo habrán hecho tantos otros libros: a través de la figura del «amigo imaginario», el único fantasma creado por la mente infantil para combatir otros espectros igualmente figurados: los monstruos. Es decir, la soledad y el temor.

    El gran hallazgo de esta obra, el que lo dota de una gran originalidad respecto a otros relatos emparentados, es que narra una historia –entrañable y sorprendente– desde el punto de vista del amigo imaginado.

    Así pues... Érase una vez un lugar llamado infancia donde había unos seres que existían porque los niños los habían imaginado. Eran seres mitad ángeles, mitad mascotas, mitad amigos y mitad niños que acompañaban a sus creadores mientras estos los necesitaban. Eran imaginarios y, por eso, invisibles a quienes no fueran sus creadores.

    «Memorias de un amigo imaginario» es una historia que nos habla de las limitaciones: la que sienten los niños, la que los niños perciben en los adultos... y de las limitaciones que tienen los propios amigos imaginados para poder ayudar a sus amigos reales.

    Max y Budo. Max es el protagonista creado por el escritor. Y Budo es el personaje creado por Max. Y que Budo haya cumplido ya sus cinco añitos –una longevidad impropia de estos seres–  obedece a las singulares características de Max y sus dificultades para comunicarse con el mundo exterior.

    El argumento, claro, no se consume aquí. «Memorias de un amigo imaginario» no es un cuento infantil de unas pocas páginas y profusamente ilustrado. Es una novela con una historia que crece y avanza, con situaciones y personajes se mueven a un lado y a otro de las realidades que viven sus jóvenes protagonistas. Todo ello, para desembarcar en una trepidante aventura, con peligros acechantes, en la que el lector –siempre inocente si es un buen lector y la historia es buena– se habrá dejado atrapar.

    Esta novela fue una de las dos apuestas de la editorial Nube de Tinta para su lanzamiento en 2012. El otro libro fue «Bajo la misma estrella», la cual venía refrendada comercialmente por miles de ventas en otros idiomas. El título goza ahora de una popularidad añadida merced a su reciente versión cinematográfica.

    Sin embargo, aunque leí «Memorias  de un amigo imaginario» en cuanto salió, he preferido sugerir esta maravillosa y emocionante historia. Con lo dicho hasta aquí, el porqué ya se lo podrá usted imaginar.

    Porque después de todo, se trata de eso. De imaginar.
     

     

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