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¿Hay vida en Marte?
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Blog ¿Hay vida en Marte? - Jorge Fauró

Jorge Fauró

Jorge Fauró nació en Madrid en 1966. Es periodista. Subdirector de INFORMACIÓN

Sobre este blog de Cultura

Acordes y desacuerdos y otros cantos de sirena.



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  • 28
    Marzo
    2015

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    Así han acabado las discográficas con su propio negocio

    Así han acabado las discográficas con su propio negocio

     

    Soy propietario de varios miles de discos. Disculpen si no soy más concreto, pero dejé de contarlos cuando la cifra comenzó a ser respetable y mis intentos por volver a hacer el recuento (esas tardes de domingo, cantidades ingentes de vinilo esparcidos por el suelo de toda la casa, ese momento ilusionante que acaba en frustración y hace que te pierdas la cena y maldigas la inminente llegada del lunes) han acabado casi siempre en el aburrimiento y la nada.

     

    Desde 1977, en que un par de buenos amigos me regaló una de esas maravillas a 33 revoluciones por minuto, he cuidado esas joyas con el amor del orfebre, intentando mantenerlos en su funda de plástico original, conservando el precio de compra y la etiqueta de la tienda donde los adquirí. Madrid Rock, Escridiscos, La Metrallleta, Melocotón, lugares donde uno habría querido quedarse a vivir, elevados a la categoría de museo en el imaginario del melómano, parques temáticos de la historia musical del siglo XX, la madalena de Proust de quienes queríamos impedir que el tiempo se perdiera para no tener que buscarlo años después.

     

    Con la salida del cedé, las disqueras acabaron con aquellos akelarres. Al principio estuvo bien porque nos hicieron creer que el nuevo formato reproducía mejor el sonido y descubría nuevos matices en las canciones que la aguja de zafiro no permitía. Poco a poco caímos en la trampa sin darnos cuenta de que al cambiar el vinilo por el compacto, los fabricantes de tocadiscos renunciaban a vender su producto y dejaban al usuario abandonado a su suerte, obligado a buscar en los barrios tiendas de reparación de electrodomésticos que, inexplicablemente, aún trabajaban con los proveedores de agujas. El coleccionismo comenzaba a constituir un problema de espacio y de peligrosa futilidad, con miles de elepés sin tener con qué escucharlos. La bajada de producción de tocadiscos disparó el precio de éstos, si es que alguna gran superficie comercial se aventuraba a exponerlos al público.

     

     

    No tengo coche. No sé conducir ni lo pretendo. Ya no. Cada vez que un amigo cambiaba de vehículo y lo mostraba orgulloso al resto yo hacía siempre la misma estúpida pregunta: ¿Tiene reproductor de cedé? Antes de que mi primera relación se fuera al garete, reservé un cuarto entero de mi antigua casa e hice construir a medida un mueble carísimo que ocupaba toda la habitación y me facilitaba ordenar todo el material discográfico. El cedé me ahorraba espacio y llegué a gritar “¡eureka!, sin caer en el hecho de que las disqueras ya estaban preparándose un traje nuevo. En un primer acto de venganza, los melómanos descubrimos el Napster y la descarga compulsiva. Fue nuestro primer gesto de rebeldía, pero la industria, con la alineación de Metallica, se encargó de romper el sueño. ¿Era permisible aceptar que el precio del Sergeant Pepper's se mantuviera en 20 euros tres décadas después de su publicación y habiendo amortizado ya decenas de veces sus costes de producción? ¡Si resultaba que fabricar un compacto, decían, era mucho más barato que hacer un vinilo! La culpa, como siempre, la tenía Yoko Ono. 

     

    Así han acabado las discográficas con su propio negocio

     

    Con menos futuro que el busca, el láser disc o el blue ray, el cedé también ha acabado muriendo. Nos han vuelto a engañar, porque dado que en una sociedad en la que al menos cambias tres veces de casa a lo largo de tu vida, en mi última mudanza dejé por el camino mi viejo reproductor.

     

    Ahora no tengo ni tocadiscos ni equipo de compact disc. Tengo un hijo adolescente que escucha música a través de YouTube o desde su teléfono móvil. A tomar por culo los matices. Lo mismo da que Muse introduzca a la Filarmónica de Londres en su último trabajo o que Bono se suelte un pedo en mitad de la grabación. Los artistas se gastan una pasta en producciones que nadie puede apreciar, y Samsung y Apple se han convertido, sin pretenderlo, en la última salvación del melómano. Las disqueras han acabado tragándose el barro de su propia ambición y los Pistols tenían razón: no hay futuro.

     

    Mis discos reposan en un sótano cubiertos por un sudario, sin orden, al tuntún, sin nadie que los escuche ni mortal que los admire. Vinilos mezclados con compactos y con cintas de cassette que nadie volverá a escuchar. El vinilo nunca debió desaparecer y el compacto jamás debió haber existido. Lo que ahora se pregona como la vuelta del vinilo no es más que un sueño romántico. Su mantenimiento en el mercado habría sido la salvación de la música y la solución de negocio de las disqueras. Ahora, cada vez que un amigo me enseña su nuevo vehículo, vuelvo a hacer las mismas preguntas estúpidas: ¿Tiene puerto USB? ¿... y aire acondicionado?

     

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    Así han acabado las discográficas con su propio negocio

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