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Blog ¿Hay vida en Marte? - Jorge Fauró

Jorge Fauró

Jorge Fauró nació en Madrid en 1966. Es periodista. Subdirector de INFORMACIÓN

Sobre este blog de Cultura

Acordes y desacuerdos y otros cantos de sirena.



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  • 07
    Junio
    2014

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    ¿De dónde ha salido tanto experto en festivales?

    ¿De dónde ha salido tanto experto en festivales?

    El Low Festival, un ejemplo exitoso de acontecimiento musical y de captación de nuevos mercados turísticos

    España es un país de expertos. Expertos en fútbol, en política, en cine, en música, en moda, en informática. “El Apple no se cuelga”, enfatiza el español cubata en mano. “El PC es mucho más versátil”, refuta el otro especialista al fondo de la barra. Qué coño sabrán Steve Jobs o Bill Gates. España es un país donde la auténtica sabiduría se encuentra en las barras de los bares, en la cola del autobús, en las gradas de los estadios, y ahora, también, en los salones de plenos de los ayuntamientos.

    A John Lennon le preguntaron una vez si consideraba a Ringo uno de los grandes baterías de la historia de la música. “Ni siquiera es el mejor batería de los Beatles”, contestó el de Imagine. Nuestras instituciones públicas están atiborradas de diputados, senadores, alcaldes y concejales que no sólo no dominan las áreas que dirigen o sobre las que hacen oposición, sino que ni siquiera se toman la molestia de aprender de los errores y aciertos de otros, con el añadido (peligroso, irresponsable) de trasladar al foro público de decisión los mismos argumentos que el experto defiende con vehemencia de sabio en la barra del bar, en la cola del autobús, en la grada del estadio. Ahora ha nacido el experto en festivales, bendito sea.

    El Low Festival de Benidorm es uno de esos eventos musicales de clase media que nació de forma modesta hasta escalar posiciones en el ránking nacional. Según sea el medio de comunicación que lo analice, y en función de varios factores, que van desde la nómina de bandas que lo componen a la ubicación, pasando por el entorno, se trata del festival más completo de España (Witty Music), uno de los de cartel más redondo, que lo coloca entre los diez mejores del país, el quinto del panorama nacional (Rolling Stone) o el cuarto de la clase si queremos creernos la opinión de Rock de Lux, una publicación prestigiosa con varias décadas de trabajo a sus espaldas y que no destaca, precisamente, por regalar los oídos del artista y mucho menos de un promotor.

    No importa si no se ha pisado el césped de Foietes (enclave del Low) en las cuatro ediciones que se ha celebrado el festival. Da igual si se confunde a Portishead con una marca de televisores o a Kasabian con un conjuro de Harry Potter. Los expertos de la cosa pública y algunos destacados miembros de la sociedad local que no han vuelto a escuchar un disco desde que Julio Iglesias ganó el Festival de Benidorm tratan de sembrar la duda sobre un evento que acoge más de 70.000 personas durante tres días, deja nueve millones de euros en la ciudad y trata (con éxito) de cambiar la imagen de un destino turístico sobre el que pesan como una losa las viejas películas de Ozores, Landa y López Vázquez que escogieron a Benidorm como plató.

     

    Enmerdar lo bello

    La política alberga la insana costumbre de enmerdar lo bello. Si preguntas a un niño por su palabra preferida es muy probable que balbucee “mamá”. Si a madre le añades política se convierte en suegra. Mala cosa. Pues bien, los nuevos expertos en festivales, anteponiendo, eso sí, la tramposa frase de “yo no estoy en contra del Low, sino completamente a favor”, proponen ahora que se saque a concurso y que su organización se ofrezca a empresas. O lo que es lo mismo: robémosle la idea al primero que la tuvo y que la llevó a efecto con éxito. Y que otro pueda llevársela. Por la jeta. En Benicássim todavía se deben de estar riendo. Por fortuna, la noticia no ha llegado a Glastonbury y no existe el riesgo de que tomen por idiotas a todos los habitantes de esta ciudad.

    Para información de estos expertos, una institución que facilite a un promotor la organización de un evento como el Low Festival, nunca contrata a la empresa. Contrata el festival. Aunque cambie el promotor, aunque cambien los socios. Al Ayuntamiento de Bilbao le da lo mismo que el BBK Live lo organice Last Tour: quiere el BBK. No me imagino a la oposición bilbaína planteando que el segundo festival de España y primero por calidad del cartel se saque a concurso entre todas las cajas de ahorros de Euskadi.

    El ejemplo es Benicàssim, donde cada verano desde hace 20 se monta el festival más veterano de España. Fundado por los hermanos Morán, en 2006 entró en su accionariado la multinacional Maraworld, con sede en Irlanda, qué escándalo. Los Morán se desvincularon por completo del evento en 2009. En la actualidad, Maraworld acaba de dar entrada a dos nuevos socios, Denis Desmond y SJM Concerts. Entre los tres controlan el 66% del FIB. Ningún político ha cometido la estupidez de reclamar que el evento se saque a concurso, a pesar de que cuenta con aportaciones económicas del Ayuntamiento de Benicàssim, la Diputación de Castellón y la Generalitat Valenciana. No quiero imaginar la de barricadas que levantaría frente al Ayuntamiento  el Consejo Vecinal de Benidorm, algún iluminado de la oposición o empresarios desfaenados sobrados de ego si los promotores del Low Festival vinieran de países lejanos y viajaran a Benidorm sellando el pasaporte.

    El SOS 4.8 de Murcia, otro de los grandes festivales españoles, cuenta con apoyos del Ayuntamiento de la capital, el Gobierno de la Región y hasta de la Universidad. Lo organiza Legal Music, que da entrada o salida a su accionariado según la capitalización de la empresa. Lo mismo ocurre con Primavera Sound SL, la compañía encargada de la organización del festival barcelonés, que ha llegado a contar hasta con 120.000 euros de subvención de la Generalitat de Catalunya. 

    El daño que le están haciendo a la imagen del festival benidormense los hijos de la ignorancia y el tiempo perdido ha estado a punto de ser irreparable porque, como el resto de montajes de idénticas características que decoran el mapa de España en verano, el Low Festival, a falta de inversión pública, se hace posible gracias a patrocinadores de relumbrón, marcas de cerveza, de automoción o de telecomunicaciones que huyen de la mala prensa como de la peste. Estos títeres de la nada y quienes a diario les jalean desde páginas de internet de legalidad dudosa, estos sempiternos amantes del conflicto social y el cacareo, resulta que se ponen a hablar de festivales como quien tiene la osadía de reflexionar frente a un pincho de tortilla sobre el acelerador de partículas. Lo mismo cuestionan el peinado de Ronaldo que el sistema de montaje y contratación del FIB, el Arenal Sound y hasta el uniforme de los guardias de seguridad del Coachella. Y todo esto sin tener ni puta idea. Para todos aquellos que se quedaron en aquel festival del 68 que ganó Julio Iglesias, la vida sigue igual. Y lo peor es que no tienen intención de que cambie. Me pregunto si las enciclopedias hablarían hoy de Woodstock, Altamont o Monterrey si hubieran dependido de la opinión de esta caterva de entendidos que no pasaron del Grandes éxitos de José Luis Perales y de alguna cassette de Juan Pardo.

     

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