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¿Hay vida en Marte?
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Blog ¿Hay vida en Marte? - Jorge Fauró

Jorge Fauró

Jorge Fauró nació en Madrid en 1966. Es periodista. Subdirector de INFORMACIÓN

Sobre este blog de Cultura

Acordes y desacuerdos y otros cantos de sirena.



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  • 14
    Julio
    2014

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    El pagafantas, los meones y el de la camiseta de los Ramones (I)

    El pagafantas, los meones y el de la camiseta de los Ramones (I)

    Panorámica de la campa principal del Bilbao BBK Live

    Llega el verano, y con él, una ardilla puede cruzar España entera de festival en festival. La proliferación de este tipo de acontecimientos culturales para un amplio elenco de gustos y bolsillos, y una popularización sin precedentes que se traduce en llenazos a veces incomprensibles, permiten realizar una radiografía del público que decide pasar tres días en una ciudad con la excusa de ver a sus bandas preferidas. Éstos son, a grandes rasgos, los personajes que uno va encontrando de festival en festival, de concierto en concierto; del experto veterano capaz de captar un do donde debía sonar un fa sostenido, al fan de Rihanna que no se sabe muy bien cómo ha acabado entre 50.000 personas adorando a The Black Keys.

    El pagafantas. Buen tipo, clase media, el típico de chico que busca chica para pasar juntos el resto de sus vidas sin trucos del tipo 'busco amistad y lo que surja'. Es ése que en pleno BBK Live sube a hombros a ese amor platónico que no le corresponde y que sólo acude a él para pedirle los apuntes a final de curso. Sobre los hombros del pagafantas, la chica besa al malo de la pandilla.

    El de la camiseta de los Ramones. Veintitantos. Discutible gusto musical. Le dicen de ir al  SOS Festival y lo primero que hace es comprarse una camiseta de los Ramones para convertirse en malote. Jamás ha oído Blitzkrieg Bop y, por supuesto, no tiene en casa un solo disco de los de Forest Hill.

    La cabra despistada. Estás más despistado que una cabra en un cabaret. O en un garaje, según las versiones. En un sitio o en otro, ¿nadie le dijo a esa chica que a Benicàssim, terreno arenisco, polvoriento y de malas hierbas, en el que un pelirrojo de Cork puede bautizarte con un litro de cerveza, no se debe acudir con tacones de Jimmy Choo y vestido de Valentino? Muchacha, no mereces al chico malo que te invitó al festival.

    El invitado. Ya no cumple los 45. Es cargo público, concejal o director general de algo. Acude al concierto de Los Enemigos con zapato náutico, vaqueros y jersey de pico sobre los hombros por si refresca. Ya es moderno. Al cabo de una hora se larga a casa. A la mañana siguente narra su experiencia en la junta de gobierno y concluye con el ya clásico 'a mí no me ven en otra'.

    La fan-fan. Va con amigos, pero cuando arranca su banda preferida se adelanta dos o tres filas, si es que no lleva en la pole desde que el recinto abrió las puertas. Se desgañita cantando porque se sabe absolutamente todas las canciones, a veces, incluso, mejor que el intérprete, en inglés o en castellano, da igual. Si son varias amigas, llegan fácilmente al éxtasis pegando zapatazos en el piso mientras canturrean a todo volumen. Si las ve un cura les hace un exorcismo. Esta suerte de posesión diabólica se mantiene a gran nivel durante dos o tres canciones. Cuando advierten que están en la tierra y que no han sido abducidas por sus ídolos se van calmando poco a poco y se ponen a hablar entre ellas.

    El hipster talibán. Han surgido como champiñones después de la lluvia en los últimos tres años. Da igual el festival en que te encuentres: acabas harto de verlos. Barba típica de un jefe del fundamentalismo islámico o de cabeza de familia amish, aunque cuidada y estudiada hasta el último pelo. Alguno se despista porque carece de la maña suficiente para evitar que se le quede pegada parte de la paella del mediodía. A veces acompañan la nueva moda con el pelo engominado, pantalones chinos, las inevitables Vans y dos libros de Kant del que han leído la contraportada. Benditos sean.

    Las Azúcar Moreno. Se pasan esperando un buen rato a que salga la banda, por lo general Dorian, Lori Meyers o Love of Lesbian. Cuando despega la actuación, y de forma inexplicable, dejan de apuntar al escenario y se miran entre ellas, cantándose una a la otra, mirándose a los ojos, moviendo los brazos y la cabeza como recién salidas del Actor's Studio o de un vídeo de Pimpinela.

    Las lloronas. Son aquellas que sin venir a cuento se ponen a llorar con su canción preferida. Por lo general, el llanto genera inmediatamente gestos de consuelo entre la pandilla y viene acompañado de una dosis algo elevada de kalimotxo.

    El guiri larguirucho. Es un tipo majo, de Inglaterra o de Centroeuropa. Va a lo suyo, solo o con su chica, no molesta a nadie y parece de atrezzo, pero su metro noventa y cinco te jode el concierto si se te pone delante.

    El tipo pantalla. Una derivación del anterior. Mide dos por dos y se mueve al ritmo de la música. Te genera un dolor de cuello cuando llegas al hotel que no recuerdas cómo nació. Entonces, un flashback te retrotrae al gigantón de delante que te impedía ver el escenario y te obligó a girar el cuello de un lado a otro unas doce veces por canción.



    El ligón. Le importa un huevo la música, él ya la ha oído hasta el hartazgo en su iPod. Va a lo que va. Comienza el jueves su labor depredadora. El fin del festival acaba generalmente el domingo por la mañana... en paja.

    El que va de un lado a otro. Franz Ferdinand descerrajan Take me out. Es el momento culmen del concierto. En ese instante en que la emoción te atraviesa el plexo solar, un tipo se abre paso entre la muchedumbre buscando a sus colegas. Le importa una mierda que te lo estés pasando de fábula. De cada tres que le ceden el paso, uno le suelta una colleja (un codazo en las costillas si se trata de quien esto escribe). Antes de que la canción acabe, el pobre muchacho intenta avanzar entre la masa. Nadie sabe dónde va. Ni siquiera él.

    El que te derrama el cubalitro. Descendiente del anterior nos encontramos a ese ejemplar al que se le ocurre salir a por una cerveza en los bises. Vuelve a toda leche al sitio que ocupaba de origen, pero con un cubalitro en la mano y dando botes cuando Pet Shop Boys corean Go west. Acaba mojando a todo aquel que se encuentra a su paso. A veces es abucheado y empujado. En el mejor de los casos, los afectados dicen cosas acerca de su madre.

    El que te grita la canción al oído. Un clásico. Parece empeñado en que te quede clarísimo que él se sabe la canción y tú no, y para demostrarlo te grita cerquita del oído. Te vuelves a él y le dedicas una sonrisa entre cómplice y de profundo asco. Cuando considera que te ha vencido en su guerra imaginaria busca otra oreja a la que berrear.

    La meona. En mitad de actuación decide que quiere ir a mear. Si hay cola en los servicios, se apaña en cualquier rincón más o menos discreto. Generalmente le ve el culo una amplia variedad de gente que acaba fotografiándolo y subiéndolo a Twitter.

    El meón. Haya o no gente esperando en los aseos, se la saca donde le sale de los cojones, a ser posible frente a una valla, porque esto es un festival y está todo permitido y, qué coño, lleva ocho cervezas en la vejiga.

    (continuará)

     

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