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¿Hay vida en Marte?
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Blog ¿Hay vida en Marte? - Jorge Fauró

Jorge Fauró

Jorge Fauró nació en Madrid en 1966. Es periodista. Subdirector de INFORMACIÓN

Sobre este blog de Cultura

Acordes y desacuerdos y otros cantos de sirena.



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  • 16
    Julio
    2014

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    El pagafantas, los meones y el de la camiseta de los Ramones (y II)

    El pagafantas, los meones y el de la camiseta de los Ramones (y II)

    La típica escena de un concierto de rock en que acabas con el cuello asalmonado. FOTO: JOSE NAVARRO

    Siguiendo con la nómina de personajes que nos podemos encontrar en un concierto de verano, no debemos olvidarnos de los siguientes:

    La pareja homosexual. España es un país pionero en el mundo en cuanto a los derechos de los homosexuales, pero si afortunadamente es habitual ver a una pareja del mismo sexo mostrando su amor en la vía pública, en los festivales la inhibición es todavía mayor. Woodstock no acabó de obtener una victoria en eso del amor libre, y hay que reconocer que en nuestro país sí podemos dar lecciones en permisividad al resto del planeta. Y si te molesta ver a dos chic@s besándose mientras escuchas a Band of Horses, sólo tienes una opción: lárgate a casa y contacta con un psicólogo, el enfermo eres tú. Y sí, esta es la herencia que nos dejó Zapatero.

    El que se inventa un idioma. Durante la edición del BBK Live de 2013, daba cosica ver a David Gahan (Depeche Mode) dirigir el micro a 80.000 personas para que le acompañaran a los coros en Enjoy the silence y escuchar a la mitad del recinto cantar «wachi uo wachi uo». La Logse ha hecho mucho daño a este país.

    El entendido. Llega media hora antes de que comience la actuación de su grupo preferido, pilla sitio, se menea poco, si acaso un leve basculamiento de cintura. Canta por lo bajini (wachi uo, wachi uo, que es erudito pero tampoco sabe inglés). En mitad del tema te suelta de qué LP es la canción, el título completo y quién era entonces el ingeniero de sonido. A veces es capaz de pillar a Alex Kapranos ejecutando el acorde equivocado.

    El zombi. Él quería ver a Prodigy, que actuaba a las dos de la mañana, pero entró al recinto con la apertura de puertas y desde las cinco de la tarde acumula en su cuerpo dos litros de kalimotxo, tres cervezas a temperatura ambiente, cuatro tragos calientes de cubata, dos petas de maría y uno de chocolate culero, el bueno. Cuando Prodigy sale al escenario, nuestro amigo ya está en una tercera dimensión de la arcada y el vómito, deambulando como un muerto viviente y balbuceando el estribillo. Al día siguiente, con una resaca nivel 10, dirá aquello de «¡qué conciertazo!»

    El que acaba en la ambulancia. A medio camino entre el anterior y el coma etílico, se encuentra aquél o aquella que a las dos horas de entrar en las instalaciones de un festival sale en ambulancia. Y mira que tu madre te repitió tres veces que te pusieras ropa interior. Ya saben, el calor, la excitación del momento, ese gramito de speed,...

    El que te habla. En todos los conciertos se pega a tu lado el típico brasas que no te ha visto en tu vida pero es como si te conociera desde el jardín de infancia. Al principio lo aguantas. Te comenta la historia del grupo, el último disco, las fechas de la gira. Llega a caerte simpático hasta que te recita el catecismo en mitad de tu canción preferida. En ese momento, lo mejor es tirarle al suelo mediante alguna técnica de jiu jitsu brasileño.

    La guapa. Es ella, esa chica a la que no podemos dejar de mirar ni siquiera en el momento en que AC DC descerraja un himno.

    El mochilero. Bonito personaje. Todo no puede ser. Si Arctic Monkeys tocan Mardy Bum y te pones a dar botes de atrás hacia delante, quítate la mochila porque es la tercera vez que me da en la cara, majete.

    El pesado del móvil. Los móviles acabaron con los mecheros en todo lo alto cuando sonaba la lenta. Ahora, sea una balada sea un tema punk trepidante, el generalizado uso del celular con los brazos arriba te obliga a ver una actuación meneándote constantemente para ver qué ocurre en el escenario. El empeño del respetable en inmortalizar su presencia en conciertos, la fiebre del selfie, intentar hacer mejores fotografías que un profesional, la urgente necesidad de enviar un whatsapp al colega para decirle que estás viendo a Bastille o el empecinamiento en hablar por teléfono cuando el recinto está rodeado de inhibidores de frecuencia para que el sonido no se vea afectado, comienzan a convertirse en la pesadilla de quien va a ver a su banda para disfrutar de la música.

    El cuñao. Siempre hay un tipo cerca de ti que se parece a tu cuñado. El ya vio a los Rolling Stones en Londres en los años 60; estuvo en Altamont, en Hyde Park, con Mick Taylor, y hasta con Brian Jones. Eso sí, le preguntas por el título de la canción cuando está sonando Angie y pone cara como de tratar de recordarlo, pero sí que lo sabe, pero ahora no cae, pues claro, hombre, si con esta abrieron en Woodstock (donde, por cierto, los Stones no actuaron).

    Los que se sientan en el suelo. Sana costumbre entre actuación y actuación, pero actividad de riesgo en cuanto empieza el concierto y un alud descontrolado amenaza con sepultarte bajo una masa enloquecida que no sabe si lo que está pisando son vasos de cerveza vacíos o los metacarpianos de un hipster.

    Los que se pasan tres días en un festival sin ver una sola actuación. Conozco a tipos que no recuerdan un solo concierto a pesar de acudir cada año al SOS Festival, al FIB y al Low de Benidorm. Llevan en la mochila más química que Walter White, se conocen cada rincón del festival, sobre todo la zona de aseos y las áreas más frecuentadas por los seguratas, e invierten más horas en buscar un lugar discreto donde ponerse hasta el culo que en mantenerse expectantes ante la presentación en directo del último disco de Kasabian.

    Los que se disfrazan. He visto a tipos vestidos de conejo, de pantera rosa, de zapatilla y hasta de carta de ajuste. Se pasan así tres días. Salvo que lleven ropa de recambio idéntica a la que exhiben ante el resto de asistentes, imagino que despojarse del calzoncillo al cabo de 72 horas debe de parecerse a cuando le quitas el envoltorio a la madalena.

    Los de una mano levantada y en la otra un vaso. Si están a tu lado, tu vida entera pasa a toda velocidad dentro de tu cabeza. No hay sabio griego capaz de predecir qué cantidad de cerveza va a acabar sobre tu ropa si estás junto a un tipo con un cubalitro en la mano y el otro brazo jaleando el Lonely boy de los Black Keys. Por lo general, acompaña tal coreografía con zapateados varios y vozarrón de fondo sur de Old Trafford. El chico se lo pasa bomba mientras tu te secas la cara, los brazos, los pantalones, los pies,...

    Público asistente a una de las últimas ediciones del FIB. FOTO: JOSE NAVARRO

    Los que «ven» el concierto de espaldas. Les gusta el grupo y se saben las canciones, pero incomprensiblemente le dan la espalda al escenario para cantarle a sus amigos o para charlar de las cosas importantes de la vida. A menudo son parejas y uno de los dos (incluso los dos) no hacen más que imaginar al otro en pelotas. ¡Marchaos a un hotel!

    La que tiene voz de pito y no se calla en un medio tiempo. Parece fabricada en serie. Suede están en pleno Saturday night y una voz gritona y aflautada no para de hablar de asuntos que en realidad no le importan ni a su mejor amiga, al menos en ese momento. Da igual si la miras con cara de asesino en serie, ella sigue a lo suyo, contando la barbacoa del domingo o explicando cómo se hace un buen pollo al ajillo.

    Los que se drogan en público. Lo habitual era ver al malote de la pandilla liándose un peta a la vista de todo el mundo. Conforme el malote se hace mayor, llega a alcanzar tal pericia que es capaz de utilizar una sola mano y acabar el trabajo en menos de lo que dura un estribillo. La inhibición ya ha subido varios niveles. Colegas compartiendo una bolsa de cristal, tipos trazando rayas de coca sobre la cartera o aseos químicos que parecen el camarote de los hermanos Marx. Ojo.

    El que levanta el alerón y huele a sumidero. El verano es lo que tiene. Calor, multitud, apretones, sudores,... en algunos conciertos deberían repartir mascarillas. Si además utilizas las zonas de acampada y echas el ojo a los cagaderos, a ciertas horas crees estar en Treblinka.

    El que no para de mirarte. Da mucho miedo. Al principio piensas que es casualidad, pero cuando giras la mirada por tercera vez y ves a ese individuo menudo y feo con la retina clavada en tu jeto, de repente te acuerdas de José Bretón y te da como cosica.

    El que lleva una muñeca hinchable. También es habitual ver algún cocodrilo tipo flotador. A la muñeca se la van pasando entre el público y a veces llega al escenario, pero siempre, no se sabe cómo, regresa a su propietario. Entonces uno se pregunta por qué a ti te requisaron en la entrada una barrita energética de cereales y miel y el otro pudo entrar al Primavera Sound acompañado de un flotador de metro y medio con peluca rubia, ojos enormes y un agujero en la boca con la anchura de un vaso de tubo.

    ¿Y tú? ¿Qué personaje eres?

     

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