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Blog ¿Hay vida en Marte? - Jorge Fauró

Jorge Fauró

Jorge Fauró nació en Madrid en 1966. Es periodista. Subdirector de INFORMACIÓN

Sobre este blog de Cultura

Acordes y desacuerdos y otros cantos de sirena.



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  • 25
    Octubre
    2012

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    ¿Hacia dónde va el rock and roll?

    ¿Hacia dónde va el rock and roll?

    Muse y su escenario de Encuentros en la tercera fase

     

     

    Hace unos días asistí a dos concepciones absolutamente opuestas del rock and roll. Acudí a la actuación que Wilco ofreció en Murcia como arranque del curso universitario en esa ciudad y al día siguiente viajé a Madrid para ver a Muse. Aunque unidas en la esencia (guitarra, bajo, batería, teclados, voz, melodías, efectos), dos de las bandas más influyentes de la cultura pop de esta década, una británica y otra norteamericana, representan los polos opuestos del camino que ha tomado la música moderna desde que Bill Haley editara su Rock around the clock en 1954, año oficial de nacimiento de la causa rockera.

    El género no ha hecho más que evolucionar desde entonces. De aquel big bang nacieron Elvis y Chuck Berry, que a su vez engendraron a los Beatles y a los Stones en los 60, a Jimi Hendrix, a Led Zeppelin, el rock sinfónico, Bowie, la música electrónica y Kraftwerk, el punk, la nueva ola británica, Michael Jackson, los años 80 con sus cientos de subgéneros, el grunge, Nirvana, el brit pop, el rap y el hip hop... hasta Coldplay, Wilco o Muse. La raíz es la misma. Como cantó Muddy Waters, el blues tuvo un hijo y lo llamó rock and roll, y a partir de aquella música de negros se generó un árbol genealógico que ha estado en continua evolución hasta nuestros días. Si han sido observadores, habrán notado la ausencia en la relación anterior de algún artista o banda que haya dominado claramente el panorama rock entre los años 2000 y 2010, más allá de las Lady Gaga y Justin Bieber de turno que cíclicamente aparecen en este negocio.

    Quizá fui algo duro en mi primera impresión tras ver a Muse en directo. “Espectacular montaje en el 'Tributo a U2', perdón, en el concierto de Muse que acabo de ver en Madrid”, escribí en Twitter nada más salir del Palacio de los Deportes. No se crean, me encanta Muse, pero párense a analizar qué sería de la banda de Matt Bellamy sin el montaje de luces, pantallas y efectos espectaculares que despliega la banda de Devon sobre un escenario en el que no se aprecia ni un solo cable, ni un acelerado técnico correteando para mantener a punto el equipo, ni un pobre amplificador. ¡Si hasta esconden los monitores! Olvídense de los tiempos del Made in Japan. Y olvídense de la operística y de la majestuosa épica de Muse y quédense sólo con las canciones. Y no es que en éstas últimas el espectador iniciado tenga permanentemente presente en la cabeza a U2 o a Queen, es que la primera vez que vi un montaje similar fue con los irlandeses de Bono a principios de los 90 y con los Rolling Stones por la misma época, cuando ya se decía que eran viejos para esto.

    Con este argumento pretendo poner sobre el tapete que lo de Muse no es nuevo, por más que nos guste, y es precisamente el hecho de estar ante una banda de la primera división del rock lo que me hace preguntarme si el género ha llegado finalmente a la meta. Si lo más de lo más en el año 2012 es lo mismo que vimos hacer a U2 hace 20 años, ¿podemos afirmar que el rock and roll ha tocado techo? Ah, sí, que está Lady Gaga. Pero eso ya lo hizo Madonna, ¿no?

    La cita del día anterior con Wilco me abrió las puertas a la reflexión que aquí trato de transmitir. Se presentan seis tíos de Chicago ante un público universitario que aún no ha cumplido la veintena, despliegan un formidable cancionero que, además, introduce notables novedades musicales (la tormenta eléctrica desatada mientras la banda ataca Via Chicago es de lo mejor que he visto en directo), actúan bajo un aguacero sobre un escenario desprovisto de toda alharaca y ni siquiera les reclaman un triste bis.

    El cierre de la fiesta murciana, con Lori Meyers, me confirmó mi sospecha. El público aguantó el chaparrón y coreó hasta el último acorde de los granadinos, que demostraron una profesionalidad poco usual por estos lares. El respetable disfrutó tanto o más con las sencillas canciones de este grupo pop que recuerda a Los Brincos (otro déjà vu) como al día siguiente con la épica apocalíptica de parque temático ofrecida por Muse. Quizá sea verdad que el rock and roll comienza a repetirse a sí mismo y se basa en su propia evolución. El premio, para el que mejor interprete el bucle en que parece haberse metido.

     

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