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Blog La montaña rusa - Javier Durán

Javier Durán

Es redactor jefe de LA PROVINCIA/DLP. Licenciado en Ciencias de la Información por la Universidad Complutense de Madrid y estudios de Ciencias Políticas por la UNED, además de tener un máster sobre comunicación por la Universidad de Las Palmas de Gran Canaria (ULPGC).

Sobre este blog de Gran Canaria

Solemne no es lo mismo que serio; ceremonioso es diferente a protocolario; aburrido es lo contrario de explosivo; triste tiene que ver con pesadumbre; precoz es ser un adelantado... ¿Podemos estar un día, a una hora, en semejantes cambios de tono de la agobiante realidad? Vamos a intentarlo.


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  • 25
    Marzo
    2014

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    A pesar de la tristeza

    Unas semanas después del alboroto de Évole por su delirio sobre el 23-F, y antes de que Adolfo Suárez entrara en su silencio más profundo, se nos presenta un bodegón digno del eterno rancio de un pasamanos de escalera de una casa emplomada con rugidos y estertores por el  ancien régime: una paella, no sé si de carne o mariscos, o ambos a la vez, preparada por solícitos (o no) agentes de    la Guardia Civil, con el teniente coronel Antonio Tejero Díez de anfitrión, y como estrella invitada su padre, el recalcitrante golpista.

    Engolfados en el acuartelamiento de Valdemoro el pasado 18 de febrero, la comitiva del banquete, entre los que estaba el excapitán Muñecas (“Llegará una autoridad, por supuesto que militar”), se dieron abrazos, arengas y ánimos. En cónclave saturnal por aquel brumario de 1981 que quiso acabar con el alambique que el presidente de Ávila había levantado con chulería, galantería y olfato de perro podenco, decidieron hacerse un desfile a la carta con exhibición de existencias. Carnes de gallina y algún “¡viva España!” Nada menos que un mes tardó el ministro del ramo en enterarse de lo que había ocurrido en la madriguera.

    Situar en la misma coordenada este episodio nacional y el tránsito de Adolfo Suárez posibilita, sobre todo, escuchar el tam-tam de los tambores lejanos a la hora en la que las tribus levantan los aparejos para las exequias. ¡No seamos hipócritas, por favor! Más allá de los botafumeiros, aquí celebramos la vida y obra de un político al que casi todos pusieron en cuarentena tras cometer la  fechoría de legalizar el Partido Comunista tras compartir mesa y mantel (idilio total, por cierto) con Carrillo, con quien pactó (antecedente como ningún otro del pactismo pragmático) la salida a la luz de los herederos de la Pasionaria. De allí surgió el revisionismo monárquico, el propósito de no abusar de la hoz y el martillo y el eurocomunismo, guiños echados como carne de cerdo en los patios de unos cuarteles donde sus mandos maldecían a aquel exfalangista que les había traicionado con la legalización de sus enemigos.

    La osadía de cortar la historia más caníbal de España con un cuchillo afilado acelera dos valoraciones: reconsiderar la afirmación de que sólo estaba ahí en el momento oportuno, nimiedad o simpleza expulsada a diestro y siniestro por la boca de los que se dedicaron a cantar como excelencia única su saber marrullero; y segundo, la pertinencia de que su clarividencia lo convertía en un cadáver político ante los ojos de los que vivían la crisis de la transmutación franquista. Para algunos un tormento ardiente: ¿pasaba este ciclón por el testamento incorrupto de Franco, o se estaba ante un agente tóxico que llevaría de nuevo a España a la ruina, a la colectivización, a la marea roja, al desorden, a la misma anarquía?

    Gregorio Morán, autor de Suárez. Ambición y destino, asimila la Transición con una empresa en las que sus accionistas trabajaron hombro con hombro para mantenerla a flote, y de paso obtener la recompensa de un futuro estable en una perspectiva llena de nubarrones y hasta con la posibilidad, ¡ay!, de la vuelta de los fantasmas guerracivilistas. Esa búsqueda de autoafirmación de una generación curtida en los ministerios del dictador la refrenda, pasadas décadas y décadas, el pedigree de algunos apellidos mantenidos en el trapecio del tiempo.

    Sin embargo, Adolfo Suárez, un advenedizo de provincias, escalador y aspirante a despachos, y por tanto al margen del  séquito asentado que aspiraba a suceder al dictador, emerge frente a los otros revestido por un propósito misional, acrecentado por el fervor civil que despierta en la sociedad española y sostenido por el ventajismo que le da el ser designado por el mismo Rey. ¿Realmente coincidían la confianza que los españoles habían depositado en él y su creencia de que hacía historia con cada una de sus decisiones, más allá de la mayor o menor ambición por el poder naciente? Yo creo que sí, y así lo demostró cuando presenta su dimisión como presidente del Gobierno y de la UCD al considerar que su persona, y ahí aparece su sentido histórico, se había convertido en un obstáculo tanto para el estamento militar como para la oligarquía empresarial y financiera, como para sectores democristianos y socialdemócratas de su partido. Y también para el monarca, que a su vez escuchaba las quejas de todos y observaba de cerca a un Suárez debilitado.

     Pero más relevante aún que todo ello sería, cómo no, esa imagen del Duque petrificado, tenso como una cuerda, cual efigie amortajada, sentado en su banco azul mientras Tejero y compañía disparan sus metralletas. Sólo y alimentando su mito.  El novelista Javier Cercas, en Anatomía de un instante, queda contagiado del aura que transmite esa foto fija del único golpe de estado del mundo televisado. El fogonazo de una soledad opulenta que sufre el rechazo de la mayoría, y que ahora todos quieren arañar para entresacar, trinchar, los secretos del alma de España, que es Suárez y la fascinación que emana.

     

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