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Blog La montaña rusa - Javier Durán

Javier Durán

Es redactor jefe de LA PROVINCIA/DLP. Licenciado en Ciencias de la Información por la Universidad Complutense de Madrid y estudios de Ciencias Políticas por la UNED, además de tener un máster sobre comunicación por la Universidad de Las Palmas de Gran Canaria (ULPGC).

Sobre este blog de Gran Canaria

Solemne no es lo mismo que serio; ceremonioso es diferente a protocolario; aburrido es lo contrario de explosivo; triste tiene que ver con pesadumbre; precoz es ser un adelantado... ¿Podemos estar un día, a una hora, en semejantes cambios de tono de la agobiante realidad? Vamos a intentarlo.


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  • 22
    Octubre
    2012

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    Conspiración mafiosa

    Mientras el juez, la policía y el portavoz del PP no se ponían de acuerdo sobre la verdadera envergadura de la protesta del 25-S, sobre su poder o no para invadir el Congreso de los Diputados y secuestrar a sus señorías, un chino se dedicaba a sacar de España contenedores repletos de dinero negro rumbo a paraísos fiscales opacos a través  de una red mafiosa que cobraba impuestos y que utilizaba sicarios para amedrentar. La sospecha infundada de una conspiración de células extremistas contra el orden democrático, manejada por el Ministerio del Interior, quedaba agónica frente a la laboriosidad de Gao Ping y su banda.

    Un cargo del departamento lo confirmaba un día después de la desarticulación de la organización: la cantidad de dinero negro evadido (millones y millones de euros) pone en peligro la estabilidad del sistema económico; el impago a perpetuidad de impuestos permite un abaratamiento de los productos (todo a cien) contra el que es imposible competir. El razonamiento policial tiene su miga: un tejido productivo controlado por los bazares chinos, con la consiguiente ruina de los empresarios que están al día con el fisco. El modelo, tal cual, no tiene nada que envidiar a cualquier otra conspiración, y a la vista está (dado lo que se conoce ya de Gao y sus secuaces) que su capacidad para subvertir una estructura política venía siendo más eficaz que la de los llamados grupos incontrolados o antisistema. Ante las dos realidades, ¿quién es el verdadero enemigo del Estado? El pálpito ideológico puede acabar en obsesiones al estilo McCarthy, con una búsqueda patética de enemigos hasta debajo de las piedras, mientras la mafia pura y dura se dedica a socavar los principios democráticos. Así ocurrió durante una época en las calles de los Estados Unidos.
     

      Uno de los atractivos de la llamada Operación Emperador  (al menos para el que escribe) es la importancia que tenía para Gao el asunto cultural, su paraíso entre la sordidez de las supuestas palizas y las idas y venidas con depósitos de gasolina trufados de dinero. Quería ser nada más y nada menos que como los Guggenheim, la saga familiar de los mecenas del arte moderno. Esta inclinación le llevó a abrir una galería al lado del Museo de Arte  Reina Sofía de Madrid, a crear lazos con ayuntamientos y a cerrar acuerdos con el IVAM de Valencia. Su ambición cultural le permitió hacer relaciones públicas, sacarse fotos con personalidades relevantes, y sobre todo convertirse en un nombre imprescindible a la hora de obtener dinero para sacar adelante proyectos sin financiación.

    Como Michael Corleone en El Padrino, hay un estadio en la mafia donde es mejor renunciar a una ganancia desorbitada en favor de una acción humanitaria, y todo por una medalla que acalle las voces malolientes de los inspectores y de los jueces. Gao, quién sabe, a lo mejor hubiese acabado en santuarios como el Patronato del Museo del Prado, o sonriente al lado de una pintura del XVIII que gracias a su chequera ha recuperado el brillo original. Sin embargo, ha sucedido todo lo contrario: su engaño ha sido intervenido; estaba en cuarentena desde hace cuatro años; la policía lo había puesto en su objetivo, y sólo trataba de recopilar el máximo posible de pruebas para convencer al exigente juez de turno. En total, casi 80 detenidos y la visibilidad para una descomunal (y agresiva) estrategia con ramificaciones internacionales. De vuelta a la afortunada afirmación del empresario de moda, hay que trabajar como chinos, pero no blanquear como chinos. Y ello sin generalizar, sin recurso xenófobo y sin erosionar el interés que tienen tantos españoles por conocer el idioma del país de Mao, aunque no tanto los retos y oscuridades del capitalismo rojo sin libertades.
     

    Los únicos que no tenían dudas sobre las razones de la capacidad envolvente de Gao y su banda eran los beneficiados por las mañas de su mecenazgo. ¿Puede alguien cuestionar a estas alturas la procedencia de un dinero que contribuye a mantener un museo, un festival de música, un teatro o un equipo de fútbol? ¿Quién es el osado que se atreve a pedir una investigación en una época donde los recortes son el pan de cada día? ¿Quién va a refunfuñar contra el capital de origen oscuro que se ofrece a hacerse cargo de los costes de una ópera? Más o menos es lo que pensaría el presunto mafioso chino, dispuesto a convertirse en un afamado patrón de la cultura española, seca de recursos públicos y con respiración asistida desde la subida del IVA. Y acorde con su pensamiento, ni el gestor ni el político de turno, ni tampoco el comisionista del lugar, iban a preguntarle a él por la transparencia de su fortuna. El resultado es que una institución como el IVAM se ve ahora envuelta en una espinosa circunstancia, ajena a los motivos de sus fundación y a los propósitos morales de la cultura. Nadie quiso ver qué había detrás de la fachada de este individuo, y menos cuando de lo que se trata es de equilibrar las cuentas para evitar un cierre.
     

    Esta conspiración mafiosa que ha dañado a la Hacienda pública en lo más profundo, y que ha hecho uso de la cultura para abrirse camino en la sociedad civil, debe hacernos reflexionar sobre la necesaria dignidad ante la penalidad. Un país no debe abrirse a la voracidad de los especuladores de toda calaña con tal de salir del agujero; la crisis no puede ser argumento para permitir el todo vale ante la desgracia; el trabajo, el empleo, debe huir de la semiesclavitud; la enseñanza debe ser un patrimonio intocable... Hace unos días leí la noticia de un financiero (así se hacen llamar) moscovita, extinto archimillonario, que había tenido que dejar a medias la construcción que, según sus valores, le llevaba al reconocimiento público: nada menos que la reproducción de Versalles. El descalabro de su economía le ha obligado a poner a la venta el tragicómico palacete, cuyo precio incluye cajas y cajas llenas de objetos decorativos que imitan a la que fue residencia de Luis XVI. Está claro, hay una unanimidad sobre la horterada de esta especie de zar del metacrilato, pero ello no hubiese impedido que su fortuna fuese bienvenida como nuevo frontispicio del mecenazgo cultural en España. ¿Origen? Ya se verá, o que lo descubra la eficiente policía.

     

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