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Blog La montaña rusa - Javier Durán

Javier Durán

Es redactor jefe de LA PROVINCIA/DLP. Licenciado en Ciencias de la Información por la Universidad Complutense de Madrid y estudios de Ciencias Políticas por la UNED, además de tener un máster sobre comunicación por la Universidad de Las Palmas de Gran Canaria (ULPGC).

Sobre este blog de Gran Canaria

Solemne no es lo mismo que serio; ceremonioso es diferente a protocolario; aburrido es lo contrario de explosivo; triste tiene que ver con pesadumbre; precoz es ser un adelantado... ¿Podemos estar un día, a una hora, en semejantes cambios de tono de la agobiante realidad? Vamos a intentarlo.


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  • 20
    Agosto
    2014

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    Cultura de comprar y tirar en el Oasis

    La reptil transformación del caso Oasis  y su Bien de Interés Cultural en un asunto de estrategia empresarial nos ha convertido en ajeno (y hasta en impenetrable) un expediente con fuerte carga social. Digamos que el propósito de liberar este espacio natural de Maspalomas fue expropiado por los intereses compartidos entre políticos e inversores, pues entiendo que los primeros se dedicaron más a contentar las ambiciones del mercado que las de sus ciudadanos. Convertido, pues, en un tema en exclusiva de gallos de pelea de postín, enfrentados por edificabilidades varias, retranqueos, vistas al mar y compensaciones, cabe preguntarse por las razones del envoltorio cultural que eligió el PP en el Cabildo Insular para tratar de sacar adelante el plan especial. Y  ahí, claro está, salivamos y recurrimos a un esotérico paso de Colón por el sitio, abierto a múltiples interpretaciones.

     Pero lo relevante aquí no son los argumentos en contra o a favor sobre la supuesta expedición del almirante, ni si esto importaba mucho o poco a las empresas en litigio, o si realmente era algo que venía como anillo al dedo para crear un tótum revolútum del que saliese un nuevo urbanismo que interesase a las partes. Mi mirada, si me lo permiten, es la del desaliento del que observa cómo las fieras se lanzan sobre la pieza, la destrozan a jirones y se retiran tras el arbusto para cargar pilas y retornar de nuevo a la cacería. Y todo ello dejando por el camino  una ristra de cadáveres: el primero, y más descorazonador, la evidencia de que la sensibilidad general por un espacio territorial poco importa a los que tratan de exprimirlo hasta la saciedad; segundo, ni el tiempo ni los descalabros originados han hecho mella, aunque sea para aspirar a una renuncia de beneficios en favor de la sociedad que los ha encumbrado, y tercero, la insolencia, desfachatez y desprecio con el que ha sido considerado el conocimiento de los especialistas. Quiero pararme sobre esta espinosa cuestión y desbrozar con serenidad sobre el daño que la misma ha provocado.

    En una secuencia de voracidad esquizofrénica hemos visto cómo la opinión arquitectónica, la dedicada a especificar el valor de parte del hotel Oasis, ha sido pasto de las llamas. Hemos sido testigos de una ampulosa campaña en el que el valor de la representación estética, funcional y fundacional del edificio ha sido desplazada de la manera más sibilina: no habrá ningún arquitecto capaz de mantener en el tiempo una tensión discursiva en defensa de un patrimonio, sobre todo cuando no hay encargos y los pocos que hay corren a cuenta de los que litigan en torno al Faro. La consecuencia es que nunca más se supo de los que levantaron la voz a favor de la obra de Corrales, Mozelún y Manuel de la Peña. Evaporación que también alcanzó a los académicos de Bellas Artes. Nadie, y un aplauso para los estrategas, quiso verse alcanzado por los efectos colaterales de una disputa que se desvanecía culturalmente para convertirse en empresarial con la ayuda, claro está, del Cabildo grancanario. En un birlibirloque sin matices se desprendía del debate el motivo del mismo, y se entraba en una etapa sólo apta para abogados, políticos y promotores. Extrañamente, la Corporación de Bravo de Laguna elevaba el tiro de su ambición con un BIC retador, pero a la vez desaparecía el origen.

    Y en esta expansión cabildicia reaparece Colón, una antigua pieza del tablero cultural insular desde la etapa de Matías Vega, que pidió a Néstor Álamo en los años cincuenta del pasado siglo la exaltación del paso colombino por Gran Canaria  con la construcción de la Casa de Colón. Una ficción (no hay pruebas de que estuviese en el casco antiguo de la capital) que ha cosechado su éxito a tenor de los ingresos de taquilla del museo de Vegueta. Pero la Historia no se agota: en el siglo XXI esta digresión de la realidad toma cuerpo una vez más con el empeño político de encajar, en esta ocasión en Maspalomas, al viejo almirante genovés como ordenante de una aguada y recopilación de leña en 1502 allí, en las aun selváticas dunas.

    Si a los arquitectos se los diluyó en una especie de fosa de cal, a los historiadores, sin embargo, se les llamó a rebato para que desde sus prestigiosas tribunas diesen por hecho que Colón había estado en Maspalomas, tal como teóricamente versiona su hijo Hernando Colón en Historia del Almirante. Por desgracia, respetables docentes se entregaron a los cantos de sirena sin importarles su reputación, ni tampoco la chusca labor de un Cabildo Insular dedicado con deleite (y otras variedades pendientes de dirimir) a ensayar con la Historia para dar cobijo a los intereses de unos empresarios a los que, paradójicamente, les importa un rábano qué ocurrió en aquellos lares siglos atrás. Les  venía bien Colón o Fernando Guanarteme.  
     

     

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