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Blog La montaña rusa - Javier Durán

Javier Durán

Es redactor jefe de LA PROVINCIA/DLP. Licenciado en Ciencias de la Información por la Universidad Complutense de Madrid y estudios de Ciencias Políticas por la UNED, además de tener un máster sobre comunicación por la Universidad de Las Palmas de Gran Canaria (ULPGC).

Sobre este blog de Gran Canaria

Solemne no es lo mismo que serio; ceremonioso es diferente a protocolario; aburrido es lo contrario de explosivo; triste tiene que ver con pesadumbre; precoz es ser un adelantado... ¿Podemos estar un día, a una hora, en semejantes cambios de tono de la agobiante realidad? Vamos a intentarlo.


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  • 13
    Mayo
    2013

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    El 'otro' nacional

    El landismo o los españoles en su fatigada travesía hacia la libertad individual, preñados y atribulados por cientos de represiones. La muerte de Alfredo Landa es la revisión del otro nacional: el olor a col guisada que invade el hueco de escalera y el vecino que se asoma, desbordado de carácter, para gritar  su autosuficiencia frente a Europa. Mientras en Alemania, en la BMW, hombres de mono impoluto controlan la tecnología que diagnostica los motores, aquí el mecánico de la película hace ruidos con la garganta para acordar por teléfono con el cliente qué avería tiene el haiga. “¿Cómo es? Brum… Brum… o Brummmm… Bromm. Pues entonces es el carburador”. Enterramos al actor con el escalofrío del tiempo pasado echando su hálito guerrero sobre el cogote: desde el señorito Juan Diego, estela de la sangría caciquil, que pide a su criada que garabatee unas letras ante sus invitados extranjeros para demostrar que en España no hay analfabetos piojosos, hasta el café que montó Garci con poetas hambrientos, mutilados de guerra y un baño en el que se meaba y se compraban los libros prohibidos por la censura. Igual que la filosofía tiene a Nietzsche para repostar en los abrevaderos del superhombre, la paella patria tiene a Landa y a sus directores para encender la luz del espejo y constatar cómo va el experimento. ¿O me van a decir ustedes que no es landismo el principio del ciudadano Sigfrid Soria? “Si un perroflauta agrede a uno de mis hijas le arranco la cabeza”.

    En los años del plomo mental, con alucinaciones de caderas y senos, con Landa dando lubricante en las salas de cine, se preparaba la peluca de Santiago Carrillo para pactar la transición, pero ya las playas estaban fletadas de suecas, había mucho bikini, se metía mano, se bailaba en las boite,  había mucha marcha nocturna por metro cuadrado, llegaba el primer LSD, las farmacias despachaban anfetaminas sin enterarse para qué se usaban, sonaba la psicodelia… Pero no sólo eso: el escultor Martín Chirino, que era profesor en un colegio de beatas en Madrid, recibía a Rockefeller en su casa-taller de San Sebastián de los Reyes (Fernández Alba le había diseñado un monasterio blanco y sereno) y le abría su nevera Kelvinator del desarrollismo para ofrecerle huevos con beicon mientras Franco rumiaba en El Pardo contra los contubernios. Amanecía en el país el franquismo pop, según denominación de Sergio Vila-Sanjuán, que lo descifra en su novela Estaba en el aire, Premio Nadal 2013. Pero no era sólo una cuestión de electrodomésticos o de Seiscientos. “La desestructuración empezó por arriba, una dolce vita franquista que viajaba al extranjero, en la que había amantes, en la que las hijas se iban a Londres a abortar, donde había separaciones. Todo ello forzaba al cambio”, recordaba el artista. Y sigo con el landismo: ¿No lo es el icono vodevil de la duquesa de Alba, remedo o estupefaciente del noble de La vaquilla, que implora al falangista que las bombas echen de una vez a los republicanos que tienen ocupada la mitad de su finca? Yo me lo pensaría.

    Los críticos se han dedicado estos días a cortar con un machete la filmografía de Alfredo Landa, y han hecho casus belli o cuestión aparte de las películas a las que se abonó el pajillerismo cinéfilo, del que era hagiógrafo máximo el novelista Terenci Moix. Frente a este género menor, de sexo suplicante y minifaldero, sus películas de seso, ensalzadas  por estar atravesadas por la moraleja generacional del descampado de la dictadura y su fiambrera de horrores. ¿Pero era posible una cosa sin la otra? El hijo del guardia civil encarnaba la normalidad: el tapón sexual de la orgía nacionalcatolicista y la histeria disciplinada de Pilar Primo de Rivera con su Sección Femenina fomentaron la reunificación social vía libido. El ectoplasma represivo llevó de la mano a intelectuales, escritores, militares, políticos, funcionarios y fontaneros a las casas de putas, o al estreno de una obra de teatro en la Gran Vía donde Victoria Vera enseñaba por primera vez a España unas tetas. Bigas Lunas diría que el país, enloquecido, buscaba un orgasmo en cada esquina. El landismo convivía con una eclosión editorial de revistas con portadas calientes, donde el reportaje-denuncia sobre las brigadas del amanecer sincronizaba a la perfección con un desnudo, y si era Marisol o Lola Flores, mejor que mejor. ¿Le teníamos que exigir entonces a nuestro protagonista que fuese un existencialista? Ya estaba Pilar Miro para recordarnos que el equilibrio democrático no estaba sólo en lo voluptuoso, y prueba de ello es que su película sobre la Benemérita cayó en las garras de la censura y se convirtió en la única prohibida en España cuando Adolfo Suárez fumaba como un carretero y presumía de comer tortilla francesa.

    ¿Qué hubiese ocurrido si el señorito Iván no mata la milana de Azarías? Quizás en aquel cortijo que retrató Miguel Delibes la vida hubiese seguido igual, entre cacerías, infidelidades matrimoniales, analfabetismo, embrutecimiento… Mario Camus, sin embargo, demostró en Los santos inocentes que, pese a la muerte del cacique colgado del tronco de un árbol, los criados se hundían más en su miseria, que todo se desmoronaba, que el hijo se marchaba para buscar un mejor porvenir, que Azarías acababa en el manicomio… Los españoles de los ochenta constataron que poner fin a la respiración del señorito no iba  a suponer, en modo alguno, que Paco y Régula fuesen felices y tuviesen un mayor bienestar económico; es más, tragaron con la quinina de soportar la evidencia de que el servilismo y la pérdida de la dignidad humana eran parte importante de la paella patria. En su magistral interpretación, Alfredo Landa, el perro de Iván, mantiene una lucha permanente entre negarse a cumplir con las exigencias del dueño para preservar la salud de su pierna fracturada,  o entregarse dócil a sus órdenes de cazador irrefrenable. Opta por quedarse cojo para siempre, aunque su cuñado, con problemas mentales, se vengará, pero no por la explotación a la que estaba siendo sometida su familia, sino por una cuestión distinta: el tiro que había provocado el fin de su querido pájaro.

    El landismo, en su más amplia acepción (sexo y seso), viene a ser el golpe certero del pico en la médula del macizo spain sociológico.

     

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