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Blog La montaña rusa - Javier Durán

Javier Durán

Es redactor jefe de LA PROVINCIA/DLP. Licenciado en Ciencias de la Información por la Universidad Complutense de Madrid y estudios de Ciencias Políticas por la UNED, además de tener un máster sobre comunicación por la Universidad de Las Palmas de Gran Canaria (ULPGC).

Sobre este blog de Gran Canaria

Solemne no es lo mismo que serio; ceremonioso es diferente a protocolario; aburrido es lo contrario de explosivo; triste tiene que ver con pesadumbre; precoz es ser un adelantado... ¿Podemos estar un día, a una hora, en semejantes cambios de tono de la agobiante realidad? Vamos a intentarlo.


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  • 30
    Abril
    2014

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    El periodismo cambia de esquina


    Hemos de creer que la inmersión por exequias  en la vida y obra de Gabriel García Márquez debe tener su reflejo en aclarar el desvarío que afecta al periodismo, dado que él no sólo lo adoró sino que hasta trató de cuidarlo y abrillantarlo desde su Fundación para un Nuevo Periodismo Iberoamericano, allá en Cartagena de Indias. Envuelto en mariposas amarillas, de cuerpo presente, su fuga de este mundo ha puesto de relieve el forcejeo entre la nostalgia y el inquietante día a día: de las redacciones, de los despachos de los ahora ejecutivos (antes pupilos eternos del maestro) salieron vientos de palabras dedicados a la magia periodística del contador de historias, mientras que alrededor de ellos retumban los tambores que ordenan la síntesis y el lavado en seco de  la imaginación, rendida finalmente bajo la babélica y asfixiante tecnología.

     Fue admirable: durante un breve periodo la energía digital ofreció una tregua y el horizonte se abrió en canal lleno de las claves del de Macondo, sus lecciones de reportero con olfato de perro podenco, con hurón en el corcho para reforzar y con la oreja fina para oír el cascabel. Perdido el amarillo de la suerte entre los lucernarios de la Catedral, vuelta otra vez  a esta empanada (¡ojalá fuese de chipirones!) donde hay de todo, y hasta un poco de periodismo. Y quizás el mal de los males converja en lo que García Márquez deseaba cada vez que se ponía a ello: “En cada línea que escribo trato siempre, con mayor o menor fortuna, de invocar los espíritus esquivos de la poesía”.

    Bajo la niebla espesa de las toneladas de obituarios, los periodistas cambiaron de esquina, aflojaron el cinto de las redes sociales, y conocieron de cerca cómo una firma logra enganchar, transmitir el calor de un estilo, discriminar entre lo superfluo y lo necesario, poner el punto y final en el lugar adecuado, ver más allá que los demás, coger la invasión de datos y amaestrarlos para darles un orden, refinar y refinar las palabras hasta encontrar la adecuada, combinar la prisa con la necesaria serenidad para no errar y provocar el desastre... Hacer de orfebre, de artesano, para que todo fluya delante de la vista sin ningún tropezón, con la ligereza del aceite.

    Entre las lecciones que volvieron a circular los días de la muerte de García Márquez, pretexto, ya digo, para echar hormigón sobre los acosos terrenales que embargan a las redacciones, destaca su discutible rechazo a la entrevista en favor del reportaje. Recomendación del autor de Cien años de soledad: nada de preguntas, pase un día entero con el personaje y haga un reportaje. Evite por todos los medios que el entrevistado imponga su ficción, y acabe dando respuestas que de ninguna manera corresponden a su forma de pensar, sino más bien a lo que le interesa para el momento. Segundo: nada de grabadoras, porque entonces el periodista entra en una especie de somnolencia que incapacita sus reflejos y lo convierte en un barco de papel en un mar sin olas. Y tercero: no hay que dar nada por cerrado, y como prueba ahí está Relato de un náufrago, en apariencia un asunto sin hijuelas que Gabriel García Márquez retoma como segundo plato,  y que acaba convertido en un escándalo nacional de contrabando militar tras su publicación como serial en El Espectador. El trabajo sería trascendental para su incorporación definitiva a la literatura.

    Pero a la hora de dar con el punto exacto en que la rutina pasa a ser algo extraordinario, merecedora de un trabajo obsesivo que va a dar sus frutos, siempre me quedo con la raíz de su libro Del amor y otros demonios. Un Gabriel García Márquez que se inicia en el periodismo recibe el encargo del maestro Clemente Manuel Zabala, jefe de redacción, para que se acerque hasta el antiguo convento de Santa Clara. La mañana estaba seca de noticias, y allí (“a ver si se te ocurre algo”) desalojaban las criptas para la construcción de un hotel. El reportero se sitúo al lado de los obreros y es testigo “del paso arrasador de los años” y también del primitivismo con que el capataz despacha la solemnidad de los siglos. Todo transcurría sin sobresaltos hasta que el azadón,  “en la tercera hornacina del altar mayor, del lado del Evangelio, allí estaba la noticia”, rompió la lápida y se derramó una cabellera viva de un color cobre intenso. Medía veintidós metros con once centímetros y pertenecía a la niña Sierva María de Todos los Ángeles, una supuesta marquesita  que “había muerto del mal de rabia por el mordisco de un perro, y era venerada en los pueblos del Caribe por sus muchos milagros”. Era la noticia del día y el origen Del amor y otros demonios.

    Las mariposas y flores amarillas han desaparecido por completo en México y en Bogotá. ¿Quedará en la tierra algún pretexto más para hablar de estas cuestiones acogotadas por las urgencias del siglo? Vuelve el frío impasible de las maquinaciones tecnológicas, tan dadas a usurpar con sus seducciones orientales lo que Ryszard Kapuscinski llamó “los cinco sentidos del periodista: estar, ver, oír, compartir y pensar”.        

     

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