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Blog La montaña rusa - Javier Durán

Javier Durán

Es redactor jefe de LA PROVINCIA/DLP. Licenciado en Ciencias de la Información por la Universidad Complutense de Madrid y estudios de Ciencias Políticas por la UNED, además de tener un máster sobre comunicación por la Universidad de Las Palmas de Gran Canaria (ULPGC).

Sobre este blog de Gran Canaria

Solemne no es lo mismo que serio; ceremonioso es diferente a protocolario; aburrido es lo contrario de explosivo; triste tiene que ver con pesadumbre; precoz es ser un adelantado... ¿Podemos estar un día, a una hora, en semejantes cambios de tono de la agobiante realidad? Vamos a intentarlo.


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  • 04
    Noviembre
    2013

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    En el fragor de los periódicos: centenario de Camus


    Desde el periodismo que embriagó a Camus hasta el de nuestros días los cántaros rebosan de mieles, éxitos, compromisos y dichas, pero también de terribles, asqueantes y demoledoras acciones u omisiones que llenarían al Nobel de Literatura de pavor si su  destino (nunca fue un utópico y sí un realista) estuviese unido a un tiempo mediático tan mortificador. El director de Combat  observaría con estupor a la pelirroja de Murdoch, la chica para todo del magnate de la prensa, acercarse hasta los tribunales como imputada por espiar con esmero a ciudadanos para obtener información. Esta soberbia del periodista o el periódico frente al resto del mundo le provocaba sarpullidos, y contra ella se entregó desde el momento en que empezó a dirigir el clandestino Combat en 1944 junto Pascal Pía, Jean Bloch y otros que se incorporarían a la trinchera del medio de la Resistencia, como fueron los relevantes Raymond Aron, Sartre y Malraux. ¡Menudas serían las mesas de redacción entre tanto ego desbordado! A sus 30 años, con la experiencia de Alger républicain  y  París Soir a sus espaldas, Camus ponía orden con éxito: una tirada de 250.000 ejemplares de “información crítica”, como él decía, estimulada por la militancia comunista, las barricadas contra los nazis y todo un argumentario intelectual sobre el lugar del hombre en la segunda posguerra mundial.

    Todo era muy intenso, hasta el punto de que en el  fragor de la letra impresa cuajaban afinidades eternas  y también rupturas siderales, sin ir más lejos la de Camus y Sartre. El segundo, como director de Les Temps Modernes, lanzó un puñal al primero al autorizar la publicación de una crítica demoledora sobre su libro El hombre rebelde. Fue  sólo el barniz de una diferencia visceral: el autor de La náusea, hijo de una familia burguesa y alumno de la elitista Escuela Superior Normal de París, frente al vástago de una limpiadora de escaleras en las barriadas argelinas. Pero había algo más: Sartre creía en el amane ecer soviético y en otras revoluciones, mientras que Camus aspiraba a la libertad, a la autonomía del ser humano. La pareja de Simone de Beauvoir no vislumbró el gulag, o se calló.

    Eran los días en que la opinión de un filósofo hacía correr ríos de tinta. El periodista argelino Jean Daniel diagnóstica en Camus a contracorriente  el vínculo del autor de El extranjero  con los periódicos. Por cierto, el confundador del semanario Le Nouvel Observatour también se peleó en el fragor de los periódicos con Camus, en esta ocasión por la cuestión argelina, alterada por el Nobel con su llamada a viva voz  a  “una tregua civil” entre el ejército francés y el movimiento independentista para proteger a la población. Combat, en efecto, fue bajo la dirección de Camus el prototipo de prensa ideológica acechada de cerca por “los partidarios de la gran prensa”, que en 1947, momento en que el escritor cesa en el periódico, “se mostraron triunfantes: aguardaban desde hacía tiempo el fracaso de aquel joven que pretendía dar lecciones a los veteranos y que, a pesar de su fórmula insolentemente exigente, parecía haber emprendido, además, el camino del éxito comercial”, escribe Jean Daniel.

    A Albert Camus lo coge por medio una crisis en el orbe periodístico. Los propietarios de las cabeceras de la posguerra europea empiezan a dar cada vez más protagonismo al mercado y a la  influencia publicitario, y el escritor sólo veía en ello el sometimiento a servidumbres. Frente al fenómeno que se desencadenaba entre 1947 y1951, con una clara perdida de lectores para la prensa de la Resistencia en favor de los rotativos comerciales, el  autor de El primer hombre defiende su modelo, en esencia moralista. ¿Podía Camus negarse a sí mismo y seguir la senda de los otros? “Varios amigos se sintieron tranquilizados y declararon que un Combat de éxito no habría sido un verdadero Combat: ‘Cristo no crucificado no es el Cristo auténtico; hay fracasos que santifican. Camus estaba obligado a clamar en el desierto, y por otra parte se debía a su obra”, destaca Contracorriente.

    Siempre se declaró feliz en las redacciones, e invitaba a los que no lo fuesen a abandonar el buque. Su camarote principal se encontraba junto a los tipógrafos, a los que admiraba por la sencillez y ética que empleaban para hacer algo trascendental, histórico, como era que un periódico pudiese estar en la calle al día siguiente. Camus reflexionaba así: “Lejos de reflejar el estado de ánimo del público, la mayor parte de la prensa francesa sólo refleja el de quienes la elaboran. Salvo un par de excepciones, el sarcasmo, la insolencia y el escándalo constituyen el fondo de nuestra prensa”. Y su amigo Jean Daniel le pregunta: ¿Combat  fue en otra dirección y no sobrevivió?  Responde el escritor: “Combat fue un éxito. No desapareció. Es la mala conciencia de algunos periodistas. Y entre el millón de lectores que han abandonado la prensa francesa, algunos lo han hecho porque compartieron durante largo tiempo nuestras exigencias”.

    El tono de Camus resulta altanero, pero jugoso para encontrar vasos comunicantes con lo que se ha llamado en el gremio la decadencia de la credibilidad. “Cuando un periódico, por más innoble que sea, tira seiscientos mil ejemplares, lejos de herir a su director, se le invita a cenar. Sin embargo, nuestra tarea consiste en no caer en esa sucia complicidad. Nuestro honor depende de la energía con que nos neguemos a aceptar el compromiso”, le manifestó a Jean Daniel.  El día de Hiroshima ratificó que la violencia no era un instrumento para el progreso, y todos lo volvieron a mirar  como un ave solitaria, extraña. Con sus opiniones sobre el periodismo ocurría otro tanto de lo mismo, pero muchos de sus vaticinios se han cumplido entre primera  y primera página.
     

     

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