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Blog La montaña rusa - Javier Durán

Javier Durán

Es redactor jefe de LA PROVINCIA/DLP. Licenciado en Ciencias de la Información por la Universidad Complutense de Madrid y estudios de Ciencias Políticas por la UNED, además de tener un máster sobre comunicación por la Universidad de Las Palmas de Gran Canaria (ULPGC).

Sobre este blog de Gran Canaria

Solemne no es lo mismo que serio; ceremonioso es diferente a protocolario; aburrido es lo contrario de explosivo; triste tiene que ver con pesadumbre; precoz es ser un adelantado... ¿Podemos estar un día, a una hora, en semejantes cambios de tono de la agobiante realidad? Vamos a intentarlo.


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  • 19
    Diciembre
    2013

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    Gambardella y el fin de un ciclo

    La bibliografía sobre las causas de la decadencia del imperio romano se extienden por las bibliotecas como un océano, aunque siempre me ha llamado la atención, sin que ello signifique que sea prevalente  frente a otras, la que encuentra la justificación en la orientalización de la Roma eterna, es decir, su contaminación por la sensualidad, por los placeres venidos desde el confín del Imperio, y por tanto la relajación de la autoridad y la caída en la fantasía de los harenes. Encontrar ahora un motivo para explicar la la putrefacción de las estructuras de un estado (no sólo el democrático) no es tan complejo: desde la corrupción que escala jerarquías y acaba por anidar en la más alta, hasta el director general que convierte en adicto a la cocaína a todo un departamento con el correspondiente daño al erario público.

     Tras ver La gran belleza, de Paolo Sorrentino,  con el periodista y escritor Gep Gambardella, sobrevolar el fin de ciclo de una Roma (¿la de Berlusconi?) tripulada por el vicio, el bunga bunga (en el filme la conga), el nihilismo, el intelectualismo barato, el hastío, la frivolidad... Decía, claro, que no sé si su visión da una explicación aproximada, cercana, a episodios tan reales como la del ejecutivo que vacía las reservas de un banco o el escandaloso amueblamiento de un palacete por un decorador que podría ser amigo de Gambardella, con su chaqueta amarilla y su pantalón blanco, y que no pregunta si sus honorarios proceden o no de una fundación incompatible con el régimen monárquico.

    Ya Sorrentino nos llevó con II Divo, inspirada en Giulio Andreotti, el amo de las sombras, a conocer cómo un hombre-estado  teje la telaraña de las complicidades y de la obediencia debida. Un poder absoluto que compra voluntades, aniquila disidencias y acaba por destruir los mecanismos democráticos en beneficio de sus más oscuros intereses. La gran belleza, sin embargo, se aleja en esta ocasión del mayestático corruptor y sus artimañas,  y se posa sobre la elite que desde su indiferencia, cinismo o hipocresía acepta y contribuye a la vertiginosa gestación del gran desfalco, o bien a la inevitable refundación de la república italiana, cuyo tuétano se derrite bajo el calor intenso del hortera autócrata.

    Gep Gambardella (Toni Servillo) es el narrador de toda esta divina comedia que se cae a pedazos. Llegó a Roma para comerse el mundo y sólo logró sacar a la luz una novela. Consigue fama y liderazgo gracias a que exprime la noche y le saca brillo a las sábanas durante la mañana. Desde la terraza de su casa puede ver el Coliseo. Le acompaña siempre  una troupe de amistades que admiran su pose, su elegancia y que alcanzan el éxtasis al verle emplear su lengua viperina contra las miserias que esconden las apariencias. En esta mundanidad, en sus tertulias, sobresale el sarcasmo intelectual, los códigos de una tribu que se cree superior, y que hace mucho tiempo renunció a cualquier proyecto común para cambiar la situación de las cosas. Sólo les interesa la moda o las inyecciones de botox, aunque también aparece una santa, una monja centenaria que lucha contra la pobreza, a la que sientan en una delirante cena con nobles arruinados que cobran por asistir a estos eventos, y hacerse pasar por otros con un árbol genealógico más florido.  Gep Gambardella está asqueado, pero no puede escapar. Sabe que todo se derrumbará, y como consecuencia de ello adquiere una lucidez de cronista corrosivo.

    Es verdad, el placer, la indolencia, el peloteo... Todo ello vienen a ser los pilotes que soportan estructuras que se balancean de un lado a otro, pero que no acaban de caerse gracias a los instintos básicos: incluyamos el sexo, por favor. Y no es menos cierto que con el paso de las décadas, gracias a la politología y a los cotilleos de las cartas, se descubren las razones ocultas. Pensemos, por ejemplo, en el ascenso de Berlusconi y su duración en el tiempo, o qué ocurriría si el esposo de la infanta Cristina hubiese podido seguir adelante con sus negocios y su compra de voluntades gracias a la heráldica. Sin olvidar tampoco a esa gente como Gambardella o su mejor amigo que vienen del pueblo para triunfar, para no volver jamás. Ahí está, sin ir más lejos, la esposa de Bárcenas, que pide al juez que le deje sacar de las cuentas de su marido una cantidad mensual para afrontar los gastos imprescindibles. La lista es interminable, pero corresponde, claro, al modelo de vida del estropicio, a una dolce vita de una clase social que tiene una dedicación clara puesta en la identificación del buzón: dedicados a arruinarnos a todos.

    Agradecer finalmente a Sorrentino su mirada ácida sobre cómo se encumbra a los artistas, o bien cómo se crean determinado fenómenos del orbe artístico, dígase el tiburón en formol. Todo en La gran belleza nos sitúa en el excéntrico maridaje entre la beldad y el desmoronamiento social que se produce alrededor de la misma. El problema es saber cuándo el seductor empieza a hacer de las suyas y cuándo hay que acabar con él.

     

     

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