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Blog La montaña rusa - Javier Durán

Javier Durán

Es redactor jefe de LA PROVINCIA/DLP. Licenciado en Ciencias de la Información por la Universidad Complutense de Madrid y estudios de Ciencias Políticas por la UNED, además de tener un máster sobre comunicación por la Universidad de Las Palmas de Gran Canaria (ULPGC).

Sobre este blog de Gran Canaria

Solemne no es lo mismo que serio; ceremonioso es diferente a protocolario; aburrido es lo contrario de explosivo; triste tiene que ver con pesadumbre; precoz es ser un adelantado... ¿Podemos estar un día, a una hora, en semejantes cambios de tono de la agobiante realidad? Vamos a intentarlo.


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  • 14
    Enero
    2013

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    La bomba vírica

    En 2013 toma cuerpo la teoría de que el 90% de los funcionarios engañan al Estado con su salud: los cabezas de huevo del aparato de la Administración divinizan la idea de que el resfriado, la depresión, la migraña o la ciática constituyen un coladero que amenaza con dejar vacíos los negociados. La solución maquiavélica adoptada se materializó en proceder a descuentos progresivos del sueldo de acuerdo con los días de baja por enfermedad. ¿Cómo no triunfar? De inmediato, en ministerios, consejerías, concejalías, direcciones, secretarias  y subsecretarias dedicadas a maltratar a los ciudadanos se pusieron hombreras y sacaron a relucir los logros del plan: menos enfermedad, menos gandulismo, menos ocio, más actividad... Un milagro: aplauso general a la estabilidad de la burocracia, y de paso una aportación inequívoca a la ciencia: la dolencia, el dolor o el resfriado (y hasta el principio de neumonía) puede ser condicionado a través de una somatización de la persona, siendo el elemento influyente una ley, una norma. Los cabezas de huevo, con gran jolgorio, llevaron la buena nueva al consejo de ministros de turno, donde el presidente del Gobierno, Mariano Rajoy, se mostró de acuerdo con la interpretación, e incluso se mostró dispuesto a participar en un experimento: el líder tenía unas décimas de fiebre y De Guindos, meticuloso, se acercó a su estatura, provisto de guantes de látex, y le pidió que tocará con la yema de sus dedos el cartapacio con los fundamentos de derecho de la moderna legislación. A continuación, le solicitó al de Santiago de Compostela permiso para colocarle en su sobaco un termómetro. Tras un tiempo prudencial, los presentes, asombrados, comprobaron como a su hombre se le había acabado el mal que lo tenía indispuesto. Hasta tal punto llegó la euforia que el ministro de Defensa (no me acuerdo de su nombre), ducho en estrategia armamentística y en campañas para alimentar espiritualmente a la tropa, no dudó en ofrecer la organización de un concurso para premiar a los funcionarios que menos enfermedades contrajesen. Ahí quedó la valoración de la reforma.

        El procedimiento expeditivo de aplicar la aspiradora al sueldo del empleado público por enfermedad empezó a caminar. Y lo hizo de manera muy singular: los cabezas de huevo, instalados e n sus confortables despachos y en los mullidos sillones de cuero de sus vehículos oficiales, sólo tenían ojos para los datos que les ponían sobre la mesa sus serviles asesores. Que si los funcionarios no resistían y caían en cama, y por lo tanto la administración se ahorraba dinero a mansalva; que si los marcados por un historial de bajas apoteósico claudicaban y volvían a sus mesas; que si la troika había mandado una felicitación por la fabulosa solución; que si los sindicatos no habían tenido más alternativa que tragársela...

    Pero la realidad era otra. El sistema había desatado consecuencias no previstas, entre ellas proceder con urgencia a la creación de un equipo de funcionarios dedicados a controlar la sala de cuarentena. Allí había un número apabullante de empleados, amoratados por la fiebre, moqueantes y llenos de ojeras que se negaban a abandonar sus puestos, empeñados en soportar la enfermedad en el trabajo antes de perder un pedazo de la nómina. El habitáculo, en el semisótano, era una bomba vírica, y el resto de los compañeros se negaban a tocar cualquier papel o teclado manoseado por ellos. En la puerta principal, junto a la vendedora de los números de la ONCE, un chino instaló un puesto para vender mascarillas para evitar el contagio. En resumen, nadie hablaba con nadie por miedo a contraer alguna dolencia, y los médicos del sistema público de salud no sabían cómo convencer a los funcionarios de que había que quedarse en cama. Ellos, ni caso. Gramos y gramos de paracetamol.

    Expósito Menéndez, un veterano del negociado de licencias para la instalación de cuadros de luz, se hizo famoso por sus hierbas y consejos medicinales. El tipo no paraba de traer de su casa fiambreras llenas de infusiones capaces de reanimar, aunque sólo fuese a ratos, a cualquier cuerpo vencido por los microbios. Nunca había destacado por su prestancia para mover los papeles con rapidez, se le acumulaban los expedientes, y hasta estuvo en una terna para su traslado a un almacén de las afueras, enviado al ostracismo más absoluto. Pero las paradojas de la vida son y vienen, y Expósito se abría ahora camino en el contexto de la nueva legislación laboral. El director general de turno, acojonado ante la posibilidad de que el ministro se enterase del desastre, ascendió al fulano, le subió el sueldo y le dio poderes especiales para disminuir la tensión de la sala de cuarentena, es decir, para que todo volviese a la normalidad. Y para ello sus artes eran imprescindibles. Él iba a ser el responsable de que los efectos colaterales de la normativa, sus arañazos sobre la salud, no llegasen finalmente al ministerio correspondiente, y mucho menos a la reunión de los viernes, donde el agasajo general por la cercanía del final de la crisis convivía con el lanzamiento de dardos envenenados contra cualquiera que pusiese un obstáculo a tal encomienda.

    Llegó el día del consejo de ministros, donde el responsable de turno tenía que informar y pormenorizar sobre la puesta en valor del trabajo sobre la enfermedad. Bonifacio de Valdemorillos, en tono grave, pasó a la lectura de un manantial de cifras cuya síntesis no era otra que la erradicación del absentismo, la enfermedad entre el funcionariado como anécdota, la disminución del gasto para las arcas del Estado, la aplicación de sanciones graves contra los reticentes, un aumento de la actividad laboral de los médicos del sistema público... El presidente lo interrumpió y le preguntó sibilinamente sobre el rumor de la bomba vírica,  y sobre los comportamientos extraños (y hasta incontrolables) que habían llegado a su oídos, vertidos en su cerebro por los chivatos de turno. El ministro estaba preparado: “Hemos detectado entre los sindicatos un movimiento de rechazo, un boicot con asistencia masiva de enfermos a los trabajos. La solución ha sido proceder a salas de aislamiento para evitar contagios”.

     

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