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Blog La montaña rusa - Javier Durán

Javier Durán

Es redactor jefe de LA PROVINCIA/DLP. Licenciado en Ciencias de la Información por la Universidad Complutense de Madrid y estudios de Ciencias Políticas por la UNED, además de tener un máster sobre comunicación por la Universidad de Las Palmas de Gran Canaria (ULPGC).

Sobre este blog de Gran Canaria

Solemne no es lo mismo que serio; ceremonioso es diferente a protocolario; aburrido es lo contrario de explosivo; triste tiene que ver con pesadumbre; precoz es ser un adelantado... ¿Podemos estar un día, a una hora, en semejantes cambios de tono de la agobiante realidad? Vamos a intentarlo.


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  • 28
    Mayo
    2012

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    La cara B de la crisis

    La asfixia permanente de este modelo capitalista, necesitado de la botella de oxígeno de los contribuyentes para mantener su ficción ruinosa, también ha acabado por imponer la cara A del disco: la crisis deja tras de sí un reguero de balances maltrechos, unas entidades bancarias imposibles y un ceremonial de negociaciones transeuropeas que no terminan por encontrar el esparadrapo adecuado. Frente a este escenario donde los instigadores tratan de tapar sus vergüenzas (o delitos) a toda carrera está la cara B, que no es otra que la integrada por una mayoría que espera poder sobrevivir a los hachazos que aplican sobre su bienestar laboral y familiar.

    La organización Unicef difundía la semana pasada un informe que alertaba sobre el empobrecimiento de los niños españoles, que empiezan a vivir los efectos de la crisis sobre su dieta alimentaria o a sufrir recortes en sus actividades extraescolares por falta de presupuesto. Los dramas humanos a remolque del paro, del fin del subsidio o el agotamiento de la pensión no paran de salir a la luz, y a medida que el deterioro se acelera empiezan a ser más absurdas las preocupaciones que priman en el aparato político: la emergencia de la situación convierte en extraños y caprichosos determinados sueldos, contratos de asesores y otros rituales institucionales con sentido preferente en épocas de vacas gordas. La fantasía del conglomerado político-bancario, cuyo reconocimiento puede ser calibrado a través de sus imponentes indemnizaciones, expulsa una y otra vez el egoísmo de sálvese quien pueda, la fechoría del insolidario que se encierra en los cuarteles de invierno o el maquiavelismo del que pretende obtener ganancias en el río revuelto de la  crisis. El desmoche concienzudo para atajar la irresoluble especulación financiera traerá consigo descensos asumibles en el bienestar, pero también indigencia, robos famélicos, enfermedades, la desprotección de sectores vulnerables (ancianos y  pacientes crónicos), desesperanza social, agresividad contra el poder... ¿Piensan en ello nuestros ministros sociales? ¿Hay preparado algún cordón de seguridad? ¿Hay una moral frente a ello o sólo existe la que impera a la hora de acallar los aullidos de los bancos?
     

    Contra el espectáculo de esta crisis monopolizada por el siente y padece de la prima de riesgo existe, sin embargo, una corriente social de auxilio, de pequeños empresarios que resisten y quieren a sus empleados como hijos, de gente que se presta el dinero, de alquileres que se aplazan, de agricultores que tratan de mantenerse a flote con la colaboración entre ellos, de médicos que perdonan la consulta, de almacenes que se llenan de comida para llegar a destinos desesperados, de voluntarios de Cáritas... Otro mundo que, desgraciadamente, no es valorado como debería serlo por los que, una vez más, acabarán siendo devorados por los encantadores de la opulencia y el declive, y vuelta a lo primero para volver a caer en lo segundo. En la película Las nieves del Kilimanjaro, de reciente estreno, el director Robert Guédiguian ofrece de manera estremecedora su versión sobre la solidaridad y el ser humano, y hasta qué punto una persona es capaz de asumir la renuncia a un retiro cómodo, de jubilado indemnizado, para salvar a dos niños de un polígono industrial, carcomido por el paro y sus secuelas, de un horizonte en una cárcel por robos o trapicheos con la droga. Este hermoso filme, que transcurre en la Marsella portuaria, nos habla de la potencialidad de la condición humana frente al descrédito que crece en torno a políticos (y no hablo de la política), entre los que aumenta cruel y despótico el autismo social: el ciudadano es el enemigo.

     

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