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Blog La montaña rusa - Javier Durán

Javier Durán

Es redactor jefe de LA PROVINCIA/DLP. Licenciado en Ciencias de la Información por la Universidad Complutense de Madrid y estudios de Ciencias Políticas por la UNED, además de tener un máster sobre comunicación por la Universidad de Las Palmas de Gran Canaria (ULPGC).

Sobre este blog de Gran Canaria

Solemne no es lo mismo que serio; ceremonioso es diferente a protocolario; aburrido es lo contrario de explosivo; triste tiene que ver con pesadumbre; precoz es ser un adelantado... ¿Podemos estar un día, a una hora, en semejantes cambios de tono de la agobiante realidad? Vamos a intentarlo.


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  • 22
    Mayo
    2014

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    Los huevos de la violencia

     Desde tiempo atrás, a la vez que nos sobresalta el suceso o la declaración intempestiva, se dice que España es sociológicamente franquista, machista o hasta heredera del pícaro más pícaro. Todo ello, claro está, para explicar o justificar comportamientos que aún están ahí pese al esfuerzo por la educación universal o a la promulgación de leyes para prohibir festines medievales con animales atravesados. Pero así y todo, perdura en lo atávico el penitente que se fustiga su propia espalda, la irracionalidad de la venganza guardada, el asesinato por pasión, la discusión con final sangriento  por el lindero de unas tierras y, cómo no, nuestra enormidad desmedida como causantes del maltrato físico y psicológico a la mujer.

    Quisiera ser optimista, llamar a la razón de la evolución humana y despejar con fuerza tanta raíz maloliente, pero primero nos hunde Rouco Varela en el funeral de Adolfo Suárez con la fulgurante antorcha de que estamos a la vera de otra guerra civil, después viene Arias Cañete perdonándole la vida a Valenciano por el hecho de tener tetas, un cerebro femenino y no ser merecedora por tanto de un combate dialéctico de caníbal a caníbal. Y finalmente se me recrudece el compostaje tras el asesinato a tiros de la presidenta de la Diputación y del PP leonés, crimen indeseable y lleno de solapamientos (envidia, amargura, inquina, ascensos, descensos...) que nos desvela (¡viva la retaguardia! ¡viva el silencio de provincias!) que la víctima tenía puesto de mando en nada menos que 15 chiringuitos y que sus ganancias anuales eran más que suculentas. Lo primero que pensé fue en las memorias de Corpus Bargas, periodista republicano (con Machado hasta su final), que desgrana las artimañas del caciquismo y cómo su poderosa familia se las arreglaba para componer y descomponer desde Madrid sobre la seca y analfabeta Andalucía. Y a continuación, una excavación sentimental: a mi padre, que llevaba el servicio público por bandera, le aplicaron los socialistas en los 80 del pasado siglo la ley de incompatibilidades y tuvo que renunciar, de los dos que tenía, a una nómina pública. ¿Existen todavía estas cosas?

    Ahora que celebramos el centenario de la Generación del 14, y que se avecina la votación para elegir a los representantes en la Unión Europea, nunca está de más retornar a uno de los puntos centrales que enardeció el debate alrededor de los egos de Ortega y Unamuno: españolizar Europa o europeizar España. En un momento donde las naciones cierran fronteras para defender sus esencias económicas y sociales, con cesiones a las reivindicaciones populistas, vendría bien hacer inventario sobre qué podemos aportar a Europa y qué deber ser erradicado de nuestros lares. Salvador de Madariaga, Sánchez-Albornoz o el autor de La rebelión de las masas levantaron una obra que metía el dedo en la llaga de una autosuficiencia española que se ha mantenido en el tiempo, y que es permisiva con los alardes verbales, que desea el insulto del distinto, que es condescendiente con el abuso, que tolera el poder en su faceta más indigna, que se acoge a la bravata machista, que recurre al casticismo para justificar el empozoñamiento de vidas y obras... De hecho, a algunos de estos pensadores no se les perdonó su exilio nada más comenzar la guerra civil española, espantados por el grado de violencia que se había alcanzado. Se les exigía ser de uno u otro bando, y ellos nunca entendieron (o se lo preguntaron por los años de los años) qué había sucedido para que un odio tan encarnizado hubiese puesto un huevo tan maligno entre tantos y tantos españoles.

    Tenemos que lamentar a la hora del deslenguado el flaco favor que se le hace a la convivencia social, a la tolerancia de las vidas de unos frente a las de los otros, al echar por la boca invectivas sectarias que alimentan la voluntad irracional de los que golpean a las mujeres, por desgracia muchos adolescentes que creen estar en una actitud normal aconsejados por una superioridad heredada. El candidato tiene una responsabilidad y no puede abstraerse de ella, máxime cuando las redes sociales se han convertido en el balón de oxígeno para verbalizar todo tipo de ultrajes. Los padres vivimos con el corazón en un puño, siempre alerta ante la posibilidad de que cualquier tipo de submundo se haya instalado en los ordenadores. La lotería puede caer en cualquier lugar: nadie está libre de conocer un día cualquiera que el sistema educativo, el ambiente familiar y la afectividad depositada no fueron suficientes para evitar el aplauso en la red del tiro de pistola por la espalda y la macabra llamada a la imitación.

    Ninguna sociedad, ni la noruega, está en posesión de la pócima para salvaguardar su integridad contra los lobos solitarios. Pero sus políticos tienen la obligación, el mandato moral, de ser escrupulosos y no hacer demagogia, aparte de contribuir a que ninguna justificación sociológica de la violencia consiga un espacio de privilegio. Deben saber que el camino no es la provocación ni tampoco exhibir cargos que dan combustión a la hoguera.
     

     

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